Cada vez que cruzo la puerta de esta biblioteca lo primero que veo es la cara amable de Irene. Un saludo y, de regalo, un gesto de bienvenida, siempre… Acto seguido y de manera automática, miro hacia el despacho para buscar a Inma. Cuando está ahí, sentada en su mesa, entro con cierto sigilo y pregunto si puedo entrar. Con una enorme sonrisa se levanta del sillón para saludarme por muy ocupada que esté.
Cada vez que he cruzado la puerta de esta biblioteca me he sentido en casa, me he topado con enormes profesionales como Inma, como Irene, que han hecho de este lugar un espacio agradable, acogedor, familiar… y ya no están.
De Inma, ¡qué voy a decir!, aparte de ser una muy buena amiga, un obsequio que me ha regalado el tiempo, las confidencias y los gustos comunes, la considero una persona con un bagaje profesional envidiable. En las presentaciones de libros, nadie como ella para enganchar a futuros lectores; en los talleres de escritura ha sabido con inteligencia y enorme cariño cohesionar a un grupo muy diverso; en la Tertulia, con mayúsculas, como moderadora ha gestionado de manera impecable la actividad. Y me consta que todo lo que se ha propuesto lo ha realizado con el mejor de los criterios. ¡Cuánto ha perdido la biblioteca de la Chana y cuánto ha ganado la del Salón!
Inma, tengo el billete de avión comprado y nos volveremos a ver muy pronto. Mientras tanto, te deseo lo mejor.
Para el Día Internacional de la Mujer, solo pido una cosa: muchas como Inma que va al fondo y no se queda en la superficie.
Podría hablar de toda mi admiración hacia todas aquellas mujeres con títulos universitarios o sin estudios básicos, de procedencia rural o cosmopolita, de origen humilde o privilegiado, con salud de hierro o marcadas por la enfermedad que, con su esfuerzo, su fuerza, su trabajo, su lucha, su entrega incluso de su vida han permitido que muchas de nosotras hayamos sido herederas de unos derechos que en ocasiones estamos a punto de perder y que en lugares aún son remotos e inalcanzables.
Pero hoy quiero hablar de una mujer que ha confiado que las palabras pueden sanar las heridas del corazón ,que las palabras pueden cuidar los afectos, que las palabras pueden secar las lágrimas desordenadas, y que pueden transformar tu mundo, el mundo y da lo mismo que sea palabra hablada, palabra escuchada o palabra escrita , Inma bibliotecaria , compañera y sobre todo amiga ha apostado con todo su tiempo, cariño ,inteligencia y esfuerzo para que este rinconcito del mundo sea una isla ,un refugio de mujeres, de hombres, de niños y niñas , de personas que gracias a la puerta de la cultura, del intercambio de ideas, de vivencias ,experiencias, opiniones, puedes transformar tu mundo, nuestro mundo.
Gracias Inma porque personas como tú son imprescindibles para confiar en que un mundo mejor es posible.
Con estas palabras de Emily Dickinson, me quiero detener en aquellas mujeres humildes de siglos pasados que se pusieron de pie entre las cuatro paredes de sus casas. Se pusieron de pie levantando la voz y muchas veces lo hicieron en silencio.
Ellas dieron pasos que aunque fueran cortos marcaban senderos casi invisibles, hoy todavía abiertos. Me detengo en aquellas mujeres que despertaron admiración en hijos e hijas, nietos y nietas y que de alguna manera siguieron su ejemplo. Percibieron de ellas su constancia, su capacidad para superar obstáculos tomando decisiones muchas veces camufladas pero efectivas, algunas mostraban su espíritu autodidacta con un libro en la mano que abriría puertas o transmitiendo con ternura valores que igualan y unen, ensalzando el esfuerzo de todos sin mirar el sexo.
También quiero detenerme en aquellos hombres que apartándose de la uniformidad de aquellos tiempos percibían su dura labor y en el poco tiempo de que disponían ponían su granito de arena aliviando cargas o enseñándoles a leer, a escribir o a utilizar las cuatro reglas, aunque sólo lo hicieran de puertas adentro.
Era el fin del tiempo de las mujeres y no lo vimos llegar. Aquel último día de aciaga memoria, una escuadra de oscuras naves con hombres armados arribó a nuestra isla y cayó sobre nosotras por sorpresa, como un río de negras y voraces hormigas en verano, con la única intención de profanar en nuestros cuerpos el santuario de la Diosa Blanca, a la que habíamos sido consagradas desde muy niñas. Éramos seis vírgenes sacerdotisas, la más joven de apenas catorce años. Los asaltantes ascendieron desde la playa por el arduo y sinuoso camino flanqueado de laurel y cipreses que muere a los pies de la imponente imagen de alabastro de la diosa. Ocupadas en nuestro quehacer cotidiano de mantener el fuego de la paz del hogar siempre encendido y en nuestros rituales de purificación y alabanza, por la distancia no advertimos en un primer momento las voces roncas y el entrechocar metálico de espadas y escudos. Ya en alerta, cuando el estruendo se hizo casi insoportable, debajo de este violento tapiz sonoro pudimos percibir también los horribles lamentos de agonía de los peregrinos que habían tenido la desgracia de cruzarse con el filo agudo de las armas de aquella turba y estaban siendo degollados en los recodos del camino como terneros cebados. Mientras las vírgenes mayores cuidaban de que no se apagara el fuego que vino con nuestros ancestros desde la lejana patria, algunas de nosotras subimos los cinco escalones de un altar de ofrendas junto al atrio, el lugar más elevado del templo, desde donde nuestra vista dominaba en gran parte los caminos de acceso al recinto. Horrorizadas, pudimos contemplar como una marejada oscura de cabezas hirsutas iba dejando a su paso un revuelo de túnicas, como alas blancas de pájaro cortadas que poco a poco se iban quedando inmóviles para cubrirse a continuación de grandes flores de sangre. Con el corazón oprimido, más por el peligro de que el fuego sagrado se extinguiera que por nuestra propia y funesta suerte, que ya estaba decidida, fuimos bajando despacio hasta reunirnos las seis alrededor del pebetero. Como mujeres consagradas a la Diosa, mantuvimos la calma, pero mi compañera más joven, a mi izquierda, temblaba de miedo. Le rocé la suave piel del dorso de la mano en un gesto tranquilizador y murmuré algunas palabras confortadoras en su oído, procurando que no se me quebrara la voz. La turba no tardó mucho en llegar hasta la columnata del templo. Sudorosos y excitados, nos rodearon murmurando y riendo por lo bajo, un coro de soldados adolescentes que nos triplicaba en número y de la misma edad que nosotras, quizás una partida reclutada en las miseras aldeas del interior del continente con la promesa de escapar de la ingrata labor de la tierra y volver a casa con gloria y un buen botín que ahuyentara el hambre algunos años. Aún no nos habían tocado, pero las miradas oblicuas, los labios húmedos y la lengua entre los dientes de aquellos hombres lo decían todo. Las seis vírgenes éramos como bellos animales enjaulados observados con ojos malévolos por sus captores mientras evalúan si su destino final será el matadero. Fue curioso, y no lo he vuelto a sentir ninguna vez más cómo en el desaparecido templo de la Diosa Blanca, el silencio reverente que precedió al momento final. Todos estaban callados ahora, expectantes, y muchos miraban a la estatua de reojo, como si de repente la diosa hubiera decidido bajar desde su imponente altura para convertirse en la séptima virgen. Comprendí que ellos también temían algo, y que su miedo era más profundo y repulsivo que el nuestro. Quizás temían la ira de los dioses, algo que ahora sé que nunca iba a ocurrir, porque los dioses son, en su mayoría, hombres, y se cubren entre ellos gracias al silencio cómplice y temeroso de las diosas. El que parecía ser el capitán hizo algunos gestos casuales con una de sus manos y los escudos, las espadas y los cintos fueron cayendo al suelo casi sin ruido. De esta forma, en un instante habíamos sido repartidas como ganado destinado al matadero. Del resto del día no recuerdo más que furia, locura y un dolor lacerante en mi mismo centro que, años después, aún no ha remitido. Antes de desmayarme bajo el peso y el olor acre del cuerpo convulso de uno de mis captores, en mi delirio pude ver, extendiéndose hasta el horizonte, una interminable fila de mujeres de todas las edades, con los rostros, aún en las más jóvenes, abotargados por el sufrimiento y la desesperanza, los hombros hundidos por el peso brutal de la vida y los vientres abultados por los incesantes partos. Tendían sus brazos descarnados hacia mi y me esperaban para aliviar mi desconsuelo. Me dejé caer en su cálido abrigo, como una niña que da sus primeros pasos y busca la protección de su madre y desaparecí en la nada…
Había oscurecido y un viento helado lamía como un perro fiel mi vientre roto cuando pude recuperar el uso de mi cuerpo. Estábamos solas. Alcé la vista hacia la estatua de la diosa y en aquella luz incierta ya no la vi blanca. En su último acto de profanación habían embadurnado su rostro puro y níveo de sangre, de nuestra sangre, y su gesto de piedra, congelado en el tiempo, se había vuelto torvo, de una frialdad espantosa. Di algunos pasos hacia el centro del templo. Las cenizas húmedas y malolientes del fuego sagrado decían bien a las claras lo que los asaltantes habían hecho antes de marcharse, quizás por diversión o quizás por cálculo, en un gesto nefasto que no mataba nuestros cuerpos, sino algo más profundo, nuestro propósito, la idea que nos había guiado durante toda nuestra vida y nos había conducido al final hasta aquel lugar y aquella situación. Tambaleantes e inseguras, cubiertas apenas con unos harapos manchados, nos fuimos reuniendo alrededor del pebetero para darnos algo de calor en aquella noche horrenda. La más joven temblaba y sollozaba sin parar y se sujetaba los costados con los brazos cruzados, con los dedos crispados como garras, como si quisiera protegerse de algo maligno que medrase en su interior. Las demás no estábamos mejor, pero al mirarnos a los ojos un fuego nuevo se encendió con fuerza en nuestro interior. Los hombres que nos habían violado sabían que pronto su indigno fruto crecería en nuestro interior y creían que nuestro próximo futuro ya había sido decidido por ellos, los hombres, pero en realidad nuestro destino como mujeres sólo nos pertenecía a nosotras… Ahora entendía qué significaba el gesto en el rostro de la estatua: en lo oculto, seguiríamos siendo hermanas sacerdotisas, dueñas de la vida y de la muerte, en cuyas manos se conservarían los terribles misterios de la hermosa y destructora Diosa Blanca… En nosotras, como con el fuego sagrado, la impiedad había extinguido la benevolencia y la mansedumbre… Volví a ver la misma fila de mujeres de mi delirio, extendida hasta el infinito, pero esta vez todas alzaban su rostro de ojos brillantes y fieros para mirarme con orgullo. Las vi, como, con los hombros erguidos, se unían, abrazadas, en una indestructible cadena de amor y resolución que nos estaba esperando para cerrarse…
Todas las mujeres son tejedoras. Tejedoras de vidas y proyectos.
Con hilos invisibles, de cuidados y esperas, confeccionan un hogar. A veces se mimetizan con esos hilos transparentes, que tan bien manejan y se vuelven etéreas. A veces, un malnacido ve en ellas un fardo donde descargar sus miedos… Pero ellas, mujeres luchadoras, entrelazan sus vidas con otras y forman una red infinita de solidaridad.
Sí, todas las mujeres somos tejedoras, pero este relato está dirigido a una muy especial. Ella es una tejedora de historias. Con las palabras que vuelan entre libros, las que asoman en los relatos y las que atraviesan cariñosas el aire, uniendo edades, elabora un mundo lleno de historias.
Este poema va dedicado a todas vosotras y muy especialmente a Inma López Melguizo, a quien quiero dedicarle estas palabras:
“Si alguna vez Has sostenido gritos, Has recogido lágrimas ajenas Y has dejado olvidadas tus manos sobre los hombros de otros Que ya ni te recuerdan No dudes, Inma querida, que tú, siempre, siempre Estarás con nosotras.
AFRODITAS (diosas de la belleza, la sensualidad y el amor)
¡Mujeres del mundo, Afroditas todas! Mujeres viudas, casadas, solteras… Saludáis al cielo Cuando cae la lluvia, Descansáis de noche Bajo cada luna, Y al amanecer, preparáis las armas Que solo vosotras Sabéis manejar.
Cuando el sol alumbre, Izando banderas blancas como azahar marcharemos juntas hacia horizontes donde cada grito de no a la guerra, sea allí enterrado y puedan crecer flores de una paz que no se marchite.
¡Mujeres del mundo Afroditas todas! Ninfas de la tierra De las aguas dulces, del monte y del mar, Que no os sometan Tormentas ni angustias. Sois las descendientes De otras luchadoras Y lleváis su herencia, Su fuerza y su luz.
Como ellas lo hicieron, Seguiréis alzando La voz femenina Para allanar juntas Este mundo hostil Dónde hay sembradas Tantas asperezas.
Según el diccionario de la real academia, RAÍCES: derivado del latín “radix” significa origen o inicio, elemento de anclaje. Pues de esa raíz entrelazada con otra tan fuerte y resistente como ella soy yo el resultado. Un retoño, un pequeño milagro de la vida. El resultado de un momento de pasión, deseo, amor. No importa, de cualquier forma, todos somos fruto del impulso de la naturaleza en su afán de perpetuar la vida.
De la especie no hablo, pues sería entrar en un laberinto, del que no sabría salir sin ayuda de antropólogos y gente experta en temas de evolución. Dicen que pertenecemos a los “SAPIENS”, aunque, tengo dudas, ya que nuestra conducta en ocasiones muy sapiens no es. Mostramos menos inteligencia que un mosquito. Sin embargo mi raíz – y no es por presumir- sí que es una Sapiens con mayúscula.
Se llamaba MARIA, era mi madre. Es verdad; madre no hay más que una, y la mía era una gran mujer. Claro que no era perfecta ¿Quién ha dicho que la perfección sea una cualidad humana? Mi madre era sobre todo humanidad y sabiduría. Un ejemplo de tenacidad, de lucha y trabajo desde la niñez, de entrega y abnegación, de discreción y humildad, de prudencia, de belleza y sencillez. Con un punto de ironía muy especial. Una madre coraje licenciada en ciencias ambientales, y económicas con MÁSTER en supervivencia, por la Universidad de la vida.
Yo soy la que soy. Mujer, tengo algo que decir, lo que verdaderamente me hace sentir y no de mala manera en este día tan especial, os quiero recordar, toda la vida bregando por la igualdad, la justicia y la paz.
Las mujeres hemos sido vituperadas, ofendidas, manipuladas, maltratadas, ademàs de fastidiadas, apaleadas, sin voz ni voto, detenidas y encarceladas.
Somos las que nos manifestamos, las que nos movemos y no nos detenemos, nos desvivimos y nos ayudamos y para adelante marchamos.
Muchas nos hacemos cargo de los malos momentos que hemos pasado por un ideal por la paridad, tenemos ese soplo de vida, donde nos encontramos metidas.
Avasalladas y sometidas. Os dimos nuestra pureza y amor, somos capaces de superar cualquier adversidad, y responsables de nuestra felicidad.
En todo las mejores, podemos hacer cualquier cosa, con eficacia y tesón, nuestro futuro es brillante, gracias a nuestros esfuerzos, talento, coraje, constancia y valentía.
Yo soy la que soy. Mujer, la fuente de la vida y orgullosa de ser, dulzura y ternura a la vez. Adelante mujeres trabajadoras y luchadoras, adelante corazones violetas, ser libres y que este mundo de desigualdad se equilibre, adelante.
“Los hombres no se casan con las mujeres que leen”. Esa era tu sentencia, cada vez que te pedía dinero para comprar libros. Te lo podía pedir para comprarme ropa, accesorios, “pinturillas” y no había problema, pero cuando era para libros…
¡Qué equivocada estabas querida mamá! Gracias a los libros no necesité un príncipe azul que me besara para salir de mi “dulce sueño”, tampoco me hizo falta un zapatito de cristal, para perderlo y que me propusieran matrimonio.
Encontré un trabajo que me permitió: ser independiente económicamente, tener hijos y darles una buena educación. También conocí un hombre para el que soy su igual y que en mi cumpleaños, en mi santo, en nuestro aniversario, en los reyes y demás fiestas me regala libros.
Hoy, que está tan de moda viajar, preparo el barco de mi corazón, izo las velas, empuño el timón e, impulsado por la fuerza de su latido, zarpo.
Quiero dar la vuelta al mundo con mi sentir solidario de niña, con mi coraje de mujer, con mi mirada de abuela que contiene mujeres de todas las edades, que piensa en sus nietas, en todas las posibles mujeres contenidas ellas. Las respetadas, las sin derechos. Arribo a lugares donde se les vulneran con asesinatos, mutilación genital, reclutamiento, destrucción de escuelas y
hospitales, violaciones, matrimonio infantil, falta de alimentación. Países en guerra de África, Oriente Medio, Sudamérica, Ucrania donde la víctima inocente es la infancia, las niñas, futuras mujeres adultas, si se les da esa oportunidad.
Recuerdo un día de hace ya algunos años, caminaba con mis nietas, hablábamos de las fronteras, de la suerte y lo arbitrario de nacer a un lado u otro del Estrecho y de lo determinante. Vera, de cinco años, me tiró de la mano. La miré.
—No es justo, abuela —dijo.
—No Vera, no es justo. Valora tu suerte y lucha porque la de ellas cambie.
Un anciano que caminaba cerca seguía la conversación en silencio. A la espera de que cambiara el semáforo se acercó y se dirigió a mí:
—Señora el cambio, la concienciación así y desde pequeñas empieza.