Encuentro fortuito

 

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Hoy ha ocurrido en mi vida una especie de milagro que ha removido sus cimientos: hoy lo he visto, lo he visto después de 30 años: Mi corazón ha dado un vuelco y se ha puesto a latir tan fuerte que creí que todos lo oían. He venido a Cuenca, al Museo de Arte Contemporáneo, después de una discusión con mi marido, que se ha quedado en Madrid, porque en sus intereses no tienen cabida las visitas a museos. De pronto, entre la gente de una sala, lo he visto. Debido a su alta estatura, destacaba entre los demás. Como él no me veía, he podido observarlo a placer. Está avejentado, ¿cómo no? Yo también lo estoy. Su pelo es casi gris, pero aún abundante; su espalda está algo cargada; su delgadez, como entonces, lo hace casi transparente. Estaba con un grupo de jovencitos y jovencitas, seguramente alumnos, explicándoles algo sobre un cuadro. En su forma de hacerlo, reconocí su estilo: ponía en la explicación una pasión contenida, pero llena de fuego, que dejaba al escuchante como hipnotizado; no sólo sus alumnos estaban pendientes de sus palabras; mucha gente lo escuchaba con toda atención. Su rostro, que seguía cetrino y hosco, se iluminaba con una especie de luz interior. Yo lo miraba fascinada: allí estaba mi amor adolescente, la persona que despertó en mí los ideales más hermosos, los sueños que, por desgracia, más tarde no se realizaron, los deseos que luego se hicieron añicos. De pronto, los recuerdos se agolparon en mi mente y volví a ser la jovencita de entre 17 y 18 años en el Instituto donde terminábamos el Bachiller. Él se incorporó ese último curso y pronto me sentí atraída por su extraña personalidad. Me costó que se diera cuenta de mi existencia; era bastante intratable y huraño; le gustaba poner una barrera entre él y los demás; intentar romperla me costó algunas brusquedades de su parte; eso no me amilanó; me armé de paciencia y seguí intentando algún acercamiento.

Su aspecto era un poco desaliñado en el vestir, comparado con los demás compañeros; quizá esa era una de las razones por las que rehuía el trato con todos y todas.

Bien pronto destacó por su preparación, que superaba con creces la media de la clase. Cuando, de pie, hablaba de temas de Literatura, Filosofía o Ciencias, perdía su timidez y se sentía seguro. Si tocaba recitar algún poema, lo hacía con elegancia, con un don especial, modulando la voz de una forma que lograba emocionarme. ¿Cómo no desear conocerlo en profundidad? Me juré a mí misma que costara lo que costara, aquel chico alto, desgarbado y adusto, llegaría a ser mi mejor amigo.

Un día me armé de valor y cuando acabó la última clase, me acerqué a él pidiéndole por favor que me aclarase una duda sobre Filosofía. Cuando vio que me acercaba, estuvo a punto de salir huyendo, pero al fin me miró como si me viera por primera vez (y eso que su pupitre y el mío estaban próximos, porque yo lo había procurado). Me contestó en un tono un poco desabrido, pero yo lo acompañé hasta la puerta y le hice prometer que me ayudaría en otras dudas. Mis compañeras, extrañadas de vernos juntos, me preguntaron: “¿Qué has visto en ese hurón?” Ese hurón se llamaba Enrique. Me gustó su nombre también.

Desde entonces, nuestras charlas menudearon y observé en él muchas cosas interesantes. Por fin, al menos conmigo, perdió su hosquedad y su aire taciturno. Acababa de cumplir 19 años. Su vida era dura, de ahí su madurez y exagerada seriedad que le hacían parecer un viejo sentencioso. Me di cuenta de que, a pesar de su aparente aspereza, era muy vulnerable, sin duda por su condición de chico sin recursos; a mí me sobraban, pero tuve buen cuidado de no hacer alarde de ello para no humillarlo. También era sensible, cosa que ocultaba a causa de su timidez.

Como nuestra amistad iba creciendo, salíamos algún fin de semana a gozar de los atardeceres bellísimos de aquella ciudad costera.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fui enamorando de él. Sus sentimientos hacia mí eran aún una incógnita; seguían envueltos en la niebla de su hermetismo; me daba cuenta de que a mi lado se encontraba bien y eso ya era algo.

Más adelante empezamos a vernos todas las tardes de sábados y domingos (las otras tardes las tenía ocupadas con un trabajo que le ayudaba en sus estudios). Teníamos la costumbre de ir a un acantilado y sentarnos en las rocas frente al mar, mirándolo absortos; él permanecía silencioso y yo no quería romper la magia del momento preguntándole en qué pensaba. Aquel invierno (el único que pasé con él) vio crecer en nosotros un fuerte sentimiento que, por fin, nos envolvía a ambos. Hacíamos proyectos de futuro, sin sospechar la fragilidad de cualquier proyecto y de cualquier futuro. La vida nos parecía un regalo que se nos daba gratuitamente. Nada sabíamos de sus traiciones y veleidades. Todo nos parecía hermoso, prometedor, deslumbrante. Nos veíamos haciendo una carrera universitaria juntos, sin sombras que nos amenazaran.

Terminado el Bachiller, aquel mismo verano sufrí el primer desgarro: mis padres me llevaron inmediatamente de viaje al extranjero, acuciados por la prisa de separarme de aquel chico desheredado que había osado enamorarse de mí. Ni siquiera pude despedirme de él. Allí comenzó mi desolación.

Después del verano me vi matriculada en Londres en Sociología e Inglés. De nada sirvieron mis protestas. Mi padre, en plan dictatorial como toda la vida, me amenazó con dejarme sin ayuda económica para mis estudios y no tuve la valentía de oponerme a sus planes. Demostré ser una niña mimada, no acostumbrada a luchar, que se rendía al primer obstáculo.

Enrique vino a Londres con la pretensión de que lo dejara todo y me fuera con él; buscaría trabajo y podríamos seguir estudiando. No me atrevía a dar ese paso y después de varios intentos, me dejó, frustrado, y desapareció de mi vida. Nunca he perdonado mi cobardía y mi falta de coraje, que me hicieron perder lo que más quería.

Acabé mis estudios y con 25 años me casé con el hombre que, según mis padres, era el que me convenía. Perdí mis ilusiones y mi lozanía en una vida sin el menor aliciente. No quise tener hijos para no hacerles partícipes de mi infelicidad y así transcurrieron otros 25 años de hastío, al lado de un marido que me producía verdadero rechazo.

Y ahora, de pronto, ocurre lo inesperado: un encuentro fortuito va a dar un vuelco a mi vida. No quiero volver la espalda otra vez al destino.

Acabada la visita en el Museo, espero en la puerta y cuando sale Enrique, toco suavemente su hombro. Se vuelve sorprendido y me mira; su sola proximidad ya ha hecho su efecto en mí: noto que mi piel se vuelve tersa y que mis ojos recuperan su brillo, así que inmediatamente me reconoce. Su expresión es de asombro infinito y luego, ante la sorpresa de sus alumnos, me abraza largamente. Cuando el abrazo se deshace, nos miramos. En ese momento sé que nunca volveré con mi marido. Quedamos para vernos más tarde en una cafetería. Luego de habernos despedido, me doy la vuelta para verlo marchar. La mitad de mí se va con él; la mitad de él está conmigo.

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Despedida

 

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Autora: Rosa María Moreno

Por fin le comunicaron la temida pero añorada noticia. La operación Atalanta continuaba desplegada en el Indíco y, cada seis meses, renovaba el contingente militar. Salvador soñaba con participar en alguna misión en el extranjero, un reto que se había propuesto para promocionarse en el ejército y lo que podría ser la aventura de su vida. Su ardor guerrero le empujaba a la defensa de la Patria y la lucha contra el terrorismo yihadista de Boko-haran, esos piratas del siglo XXI, que están poniendo en jaque la paz en el este africano, si es que alguna vez ha existido.

Esa  misma noche me anunció su marcha. En pocas horas partiría a la base de Rota, donde embarcaría rumbo a las costas de Somalia. María temía este momento como al demonio, pero estaba enamorada hasta las trancas de Salva y no podía impedir su participación en una misión, donde los riesgos y el sufrimiento serían mayores que cualquier ascenso o medalla que pudiera conseguir.

Quedamos  en una playa cercana, a la que solíamos ir con frecuencia cuando Salva estaba de permiso, donde disfrutábamos de los juegos del amor y  hacíamos promesas de futuro, de compartir la vida, quizás lejos de Cádiz, a otra ciudad, donde el paro y la droga no condicionaran la vida de los jóvenes del campo de Gibraltar.

Despedimos al sol, recibimos a la luna, volvimos a dar la bienvenida al sol, amándonos  largo, dulce y apasionadamente como si fuese la última vez. Aunque podría serlo. Las Misiones de Paz, en las que participan nuestras Fuerzas Armadas, tienen más de guerra que de Paz. Salvador me prometió comunicarse conmigo siempre que le fuera posible, y los meses pasan rápido. Vamos María, no quiero verte triste!

¡Nos  costó tanto separarnos! Sellamos las últimas horas compartidas con un largo y apasionado beso.

Luego de habernos despedido, me dí la vuelta para verlo marchar, la mitad de mí se va con él, la mitad de él está conmigo.

 Se llama José Antonio, por sus abuelos. Balbucea el nombre de su padre y da sus primeros pasos por la playa que le dio la vida una noche de amor apasionado aunque de futuro tan cierto como el pequeño JOZÉ.

Una comida con amigos

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Autora: Patro Gutiérrez

El día prometía, había amanecido radiante, ayudando bastante a tener los ánimos bien subiditos.

Marta había llamado nada mas levantarse a su amiga del alma Lola. “Ve pensando desde ya lo que te vas a poner porque hoy toca comer en la calle. Mi marido ha reservado una mesa ya que también se ha apuntado mi hijo. Está loco por estar un rato en tu compañía, y digamos que por él se ha planteado esta comida. Vamos a ir al restaurante ese que tanto nos gusta que queda muy cerca de tu casa. Te recogeremos a las dos de la tarde. Sé puntual y no nos hagas esperar con los retoques de última hora que te conozco.”

Lola vive sola, soltera y ya jubilada, no tiene horarios ni obligaciones con nadie, vamos, a su manera. Suele salir muy poco, cada vez le cuesta más dejar su zona de confort, entre otras cosas por que se ha malacostumbrado a estar en casa lo más cómoda posible y salir a la calle le supone tener que emperifollarse de los pies a la cabeza y no se conforma con un look cualquiera.  Ella, si sale, va impecable además de con mucho gusto y elegancia. A pesar de los años, aún conserva ese cuerpazo de top model con el que la naturaleza la ha dotado. Ella solita sabe hacérselo todo, incluida la peluquería. Necesita sentirse muy segura y que los demás la encuentren perfecta.

Ya en el restaurante, bien acomodados en la mesa que nos habían reservado, estuvimos disfrutando de la excelente comida que el camarero –un auténtico crack- nos iba sirviendo con todo el esmero posible. Siempre nos tratan como si fuéramos de la familia. Los vinos ni os cuento, y los postres aunque estemos muy llenos hay que hacer un sacrificio y hacerles un hueco porque son exquisitos. Los precios bastante razonables. Recomendable al cien por cien. Salimos muy satisfechos, ¡chapeau!, por el ambiente, el trato y sobre todo la comida. Es un lugar que te provoca a querer volver a él.

El día seguía siendo agradable, y a Lola, lo mismo que le costaba salir, ya una vez que se había animado a ponerse guapa y estaba en la calle no había quien la recogiera bajo ningún concepto. El siguiente destino sería tomar café en una agradable terraza de la zona y seguir en buena compañía. Ella estaba dispuesta a invitar a todo lo que encartara durante la tarde. Siempre le gusta agradecer y quedar como lo que es, una señora.

Veníamos tranquilamente paseando, ya que estábamos bajo los efectos que produce el bajón de la digestión que nos deja la cabeza hueca, cuando un paso en falso hizo que Lola perdiera el equilibro y cayera rodando por las escaleras, quedando sin conocimiento por el fuerte impacto que dio la cabeza sobre el pavimento produciéndole una brecha que provocó que su cara y su camisa blanca, impoluta hasta ese momento, acabarán con un estampado rojo bastante escandaloso. Fueron momentos de verdadero pánico, la palidez se había apoderado de ella, su rostro estaba totalmente blanco y terso, como si estuviera esculpido en hueso blanqueado. ¡Qué horror! Nos quedamos todos en estado de shock… Rápidamente acudieron dos chicos, uno de ellos era sanitario y ayudó todo lo que pudo junto a otro que le puso una toalla apretada en la herida a modo de torniquete. Mientras, ya se había avisado a la policía y a esta a su vez a una ambulancia que se personó a la mayor brevedad posible.

Una vez en el hospital ella iba despertando y preguntaba que donde se encontraba, no recordaba nada. Antes de nada le practicaron unos puntos en la herida de la cabeza y ella animaba a los sanitarios diciéndoles que raparan sin miedo para poder trabajar ellos debidamente. En cuanto valoraron su estado, pasaron a hacerle un TAC para poder comprobar si existía algún daño cerebral. Mientras salían los resultados la monitorizaron y pasó la noche en observación como era de esperar. Al día siguiente, viendo que no se había encontrado nada alarmante, le dieron el alta y ya si tenía ganas de volver a su casa.

Al no quedarle secuelas, decidimos volver al mismo restaurante a los pocos días para de alguna forma celebrar que todo había quedado en un mal rato y nada más.

Aunque sea lento el camino…

el pensador

Autora: Cristina Olmedo

Era como si alrededor de sus tobillos hubiera ahora dos voluminosos grilletes que enlentecían y acortaban sus pasos. Es por eso que D. Ángel buscó un banco en medio del parque, a la sombra de una frondosa morera donde sentarse a descansar.

Enseguida, se sentó a su lado un hombre con cachaba que con un «vaya un buen día que nos hace hoy» inició una plática, a la que D. Ángel fue contestando convenientemente con monosílabos y adverbios diversos, mientras él llevaba su propio monólogo interno. Hasta él llegaban recuerdos que, debido a la templanza del día, eran felices.

«Bueno es mi Ángel» —decía su madre, orgullosa, cuando su hijo era un muchacho—«a diferencia de los demás hombres, él sí que puede hacer más de dos cosas a la vez». Y ella tenía razón. Si el tiempo enlenteció sus piernas, a cambio respetó sus talentos, y uno de ellos es el que estaba practicando con el desconocido que se había sentado a su lado: hacer que el otro se sintiera escuchado, mientras él, hacia el repaso de su propia vida.

«Desde luego, convendrá conmigo en lo mala que es la soledad», continuaba su ocasional compañero de banco. «Por supuesto», aseguraba D Ángel mientras el otro continuaba su relato. E inmediatamente le vino a la memoria el recuerdo de su padre.

Su padre había sido un hombre de acción, sus hechos tenían una nobleza rara de encontrar. «Era hombre de pocas palabras. Las conversaciones que yo había tenido con mi padre» —pensaba D. Ángel— «se reducían casi exclusivamente a darme las respuestas a algunas de mis dudas académicas». Sin embargo, se sorprendió al ver que su padre a raíz de la jubilación se convirtió en un dicharachero hablador que a veces no se daba cuenta de que estaba robando el tiempo de los que tenían perentorias obligaciones a las que atender.

Ángel, desde jovencito, ya había observado lo mucho que interesaba hablar, incluso hasta el punto de repetir el mismo mensaje una y otra vez como si el receptor fuera un tarugo o, como si no interesara en absoluto lo que este tuviera qué decir. Ahora, que el jubilado es él y con el paso del tiempo ha corroborado el poco gusto, en general, por la escucha atenta, él iría a contracorriente: iba a disfrutar estando atento a las palabras de otro mientras pensaba en sus cosas, por supuesto. Era uno de sus puntos fuertes.

La mañana seguía espléndida y él ya estaba descansado y listo para continuar su paseo.

—Disculpe usted, D. Fulgencio, debo de irme, tengo cita a las 11— mintió.

—¿Cómo sabe mi nombre, si aún no nos hemos presentado?— se extraño D. Fulgencio.

—Ya lo ve— le contestó D. Ángel con una amplia sonrisa y extendiéndole la mano.

Mientras se alejaba, D. Ángel seguía sonriendo. Su compañero de banco, a lo largo de su apretada conversación le había revelado su nombre, el de su mujer fallecida, el de sus hijos, el precio del alquiler de su casa… y hasta de todos y cada uno de sus alifafes que parecía llevarlos con resignación,  pero también con el orgullo de poderlos contar.

En el recinto del parque reservado a los niños, las madres  y algún padre ayudaban a sus  pequeños retoños a subir o bajar de toboganes o columpios. D. Ángel observó que los niños y niñas un poco más crecidos estaban sentados en el suelo entendiéndose con sus cacharros  electrónicos.

Todavía tenía tiempo de ir hasta la playa, y allí puso en marcha otro de sus talentos, el de regalarse  la vista  con la belleza del mar y la de los jóvenes, la gracia de sus movimientos al jugar al vóley, la relajación de sus cuerpos secándose y bronceándose al sol… Volvió a sentarse esta vez bajo la sombra de una palmera, y sus ojos se fijaron en algo que era totalmente blanco y terso, como si estuviera esculpido en hueso blanqueado. Cuando logró enfocar sus ojos cansados vio que aquella masa blanca y tersa que brillaba al sol, correspondía al brazo de una muchacha cuyo antebrazo descansaba sobre su muslo derecho. Tenía el torso ligeramente inclinado y su cabeza de rubios cabellos recogidos en cola de caballo, estaba apoyada sobre su  puño izquierdo ¿A quién le recordaba esta muchacha que parecía estar absorta en sus meditaciones? La blanca luminosidad que se desprendía de su cuerpo hizo de catalizador para que D. Ángel rescatara inmediatamente de su memoria la estatua del pensador, que había visitado en el museo Rodin

La pelota de un niño fue directa a los pies de D. Ángel y le sacó de tan placentera visión. Era la hora de volver a casa. Durante el camino, acompañado de su talento retentivo, evocó su viaje de novios a París, con Aurora, su mujer, su piel tan blanca,  su pecho turgente , sus carnes prietas y volvió a sonreír. Acelerando el paso.

Ya en casa, escuchó a Aurora mientras, ponía la mesa: «¿Cómo es que hoy no me ayudas? ¿Pero qué haces?»  Antes de que  siguiera formulando preguntas, se levantó de su silla, se acercó a ella y le mostró el dibujo que había hecho mientras ella trajinaba. «Es el pensador«  —dijo Aurora, reconociéndolo  inmediatamente—. Sabía que su marido con unas pocas líneas maestras podía dibujar en segundos cualquier objeto. La admiración de ella y el agradecimiento de él, les llevaron a fundirse en un largo abrazo, quizás más tierno que  todos aquellos que se dieron casi cincuenta años atrás, cada vez que su Bateau Mouche pasaba por debajo de los puentes del Sena.

Suceso imprevisto

 

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Martina abrió la puerta, golpeada de forma contundente, y se encontró, sorprendida, frente a dos policías que le dijeron sin contemplaciones:

—Señorita, haga el favor de acompañarnos. Sospechamos que el cuerpo sin vida de la mujer que ha sido encontrado en una cabaña abandonada es el de su amiga Alejandra. Necesitamos que usted lo identifique.

Ante esa terrible noticia, dicha de forma tan descarnada, las piernas de Martina comenzaron a temblar y la conmoción hizo que no pudiera articular palabra. Tuvo que apoyarse en la pared para no caer al suelo. El policía que había hablado le pidió disculpas por el poco tacto con el que le había dado la noticia y la sentaron hasta que se repuso. Luego cogió su bolso y las llaves y los siguió aturdida, como una autómata.

Al verse delante de aquel cuerpo, tapado con una sábana, otra vez se sintió desfallecer, y se hubiera desplomado si uno de los policías no la hubiera sujetado. El otro esperó unos instantes y levantó la sábana. Era en efecto Alejandra, pero el color de su piel había cambiado. El cuerpo era totalmente blanco y terso, como si estuviera esculpido en hueso blanqueado.

Martina miraba como alucinada aquel cuerpo cuya suavidad conocía, cuyos secretos no eran secretos para ella (el lunar en la espalda, el hoyito en una parte íntima, la cicatriz del vientre…) Miraba aquella piel, que cuando estaba tibia, tantas veces había acariciado. Ahora el cuerpo de Alejandra yacía allí frío, inerte, sin que nada palpitara en él.

Vuelta a su casa, Martina pasó horas en un estado casi agónico. No comprendía lo que había sucedido. Se volvió a sentir huérfana, como cuando a sus 13 años había perdido a su madre, que la dejó a merced de los dos varones de la familia, su padre y su hermano, de moral a lo Torquemada (no en vano se habían educado ambos en colegios del Opus). Su madre, tan comprensiva con el problema de la única hija, había sido su apoyo y su refugio. Los cinco años que pasó con aquellos dos “jueces” fueron un infierno de humillaciones y desencuentros. Su puritanismo, su intolerancia, su falta de humanidad, la habían herido hasta lo más íntimo.

Cumplidos los 18 años, huyó de su casa, se buscó trabajo, estudió y se sintió libre por fin. Luego conoció a Alejandra, congeniaron y comenzaron una vida juntas, satisfactoria y dando y recibiendo el equilibrio que cada una necesitaba.

¿Qué iba a ser de ella ahora, otra vez atrapada en aquel desconsuelo?

Pasados unos días, y con el alma un poco más sosegada, recordó algo que la había ayudado en momentos difíciles; abrió un cajón y sacó una cajita de música que su madre le regaló cuando cumplió 6 años; al levantar la tapa sonó otra vez, delicadamente, la “Canción de cuna” de Brahms. Inmediatamente recordó, desde los primeros rudimentos de su memoria, la voz de su madre cantándole esa misma canción. Agradeció, en cierto modo, a esta terrible soledad de ahora, volver sobre el recuerdo de su madre, injustamente olvidada durante los tres últimos años de dicha. Volvió a sentir aquellos abrazos silenciosos y llenos de comprensión que eran como un bálsamo en las dudas que la atormentaban. Ahora se daba cuenta de lo que su madre le quiso transmitir con aquel regalo: mientras tuviera esa cajita de música, ella estaría a su lado.

Metamorfosis

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Autora: Rosa María Moreno

Había quedado con el hombre, al que  encandiló con su belleza y simpatía en una fiesta campera hacía unas semanas y por el que estaba dispuesta a quemar los últimos cartuchos de la seducción. Ya no era una niña, y llevaba en su mochila varios fracasos amorosos. Un divorcio exprés, pues llegó a pocos meses de su matrimonio con un joven varios años más joven que ella, inmaduro, machista, egocéntrico y narcisista, un maltratador, con la mano larga, lo que se dice: ¡Una joya!

El segundo duró algo más, lo suficiente para tener un hijo y después de varios años intentando evitar otro naufragio amoroso, luchando contra la ludopatía  y el machismo de su compañero, volvió a quedarse sola, pero esta vez acompañada de un niño, precioso, inteligente pero difícil donde los haya. Eso sí, en un acto de generosidad, el padre reconoció al hijo le dio su apellido y una pensión alimenticia, como le obligaba la ley, además de cariño y protección, ya que, los caprichos de la genética, el niño era clavado a su padre en cara cuerpo y alma.

Hubo un tercero, con renovadas ilusiones y con un rol más de cuidadora que de amante, pues el muchacho en cuestión era apuesto, culto, un lector compulsivo y de buena familia, pero al parecer de joven tuvo algún escarceo con las drogas y como consecuencia sufría episodios de esquizofrenia. No tenía trabajo, lógicamente, lo que hizo que  progresivamente la relaciones se fueran deteriorando, al tiempo que la aversión del niño por la pareja  de mamá progresaba  en la misma medida. Tras unos meses, quizás años de frustración, de justificada decepción, de sentirse por enésima vez víctima la mala suerte con los hombres, volvió a la carga dispuesta ganar esta batalla, de la que a priori  se sabía ya victoriosa. Armas tenía, pues era guapa, tipazo,   buen gusto a la hora de elegir su indumentaria, una mujer de las que saben sacar partido a su físico. Esta vez su presa era un caballero, madurito, portador de  varios matrimonios fracasados, de profesión, apoderado, ganadero, torero, algo relacionado  con la Tauromaquia. “¡Ohuuuu , mi arma cuánto arte!”. Apuesto,  labia de seductor empedernido, y  con presunta cartera  generosa y aires de grandeza. Pues a por él, se dijo  Esperanza que así se llamaba nuestra guerrera. No escatimó en gastos de vestuario, complementos, perfume, todo el armamento preciso para triunfar en el ruedo del amor.

La cita con  el galán estaba prevista sobre las nueve para tomar una copa y continuar con un programa abierto a las exigencias del guion. El cuarto de baño parecía un arsenal de cosméticos, jabones, cremas depilatorias. Se tomó su tiempo para arreglarse de la cabeza a los pies. Comenzó el ritual para la transformación a media tarde con la aplicación de una pasta espesa y compacta con expectativas milagrosas que extendió por la cara con dificultad, tiñendo su rostro de un blanco nacarado, como si estuviese esculpido en hueso donde pretendía enterrar los ingratos signos, que el paso del tiempo, el cansancio y el estrés cincelan en  el rostro de una mujer. Miguel, su hijo preadolescente, se carcajeaba al ver la cara de su madre, más parecida un payaso de circo.

 — Mami, pero ¿tú te has mirao al espejo?

Mami  no pestañeaba o el invento perdería la eficacia indicada si la pasta se resquebrajaba antes de atrapar manchas e impurezas y no estaba dispuesta a arriesgar lo más mínimo  sufrir quince o veinte minutos de incomodidad, no es nada para en el rito de la estética femenina. El fin justifica los medios.

La fase del maquillaje le llevó casi una hora pero el resultado valió la pena:  pelo negro, ojos negros, ojeras sombreadas que le daban un fondo misterioso, sus facciones finas y armoniosas, pechos generosos, talle altivo, piernas esculturales, ponderadas por los tacones de vértigo y medias finas. Vestido rojo y negro ceñido  con mangas y escote de blonda, abalorios a juego en color y forma con el atuendo y por último el perfume, sin escatimar ¿Aire de Loewe? Estaba de moda. El niño dormiría en casa de la abuela. Así que la noche prometía. Se puso en marcha, pisando fuerte, segura de sí misma y de su capacidad de seducción. Llegó puntual a la cita, pero el galán de noche (pues en ella se movía como pez en el agua), no estaba en el lugar ni en la hora acordada. Un par de cigarrillos, y la copa reglamentaria de la espera, sintiendo las  miradas de los lobos de la noche apoyados en el mostrador, buscando presa y pensando lo que pensaban.

 Es fácil  adivinar para una mujer que espera sola en un bar de copas. Se siente como el blanco de una diana imaginaria acribillada por comentarios jocosos, machistas, soeces, crueles. El reloj le hacía sentir una sensación de ansiedad progresiva. Pasada una hora,  decidió telefonear al tipo en cuestión, pero sus insistentes llamadas no recibieron respuesta. Desesperada, llamó a conocidos y amigos por si sabían del paradero del galán, no se resignaba a perder todo lo invertido en programa nocturno.  Al parecer alguien le había visto en otro sarao, con otros tipos como él, con otra cándida e ingenua como ella. Ese alguien que al parecer lo conocía bien, le aclaró a Esperanza cuál era su verdadera profesión,  liante, estafador, tramposo, moroso,  embustero y seductor de vocación, divorciado pero abierto al mariposeo. Con habilidad especial para sacar dinero a sus presas con argucias y engaños.

«¡Maldita sea mi suerte!» Repetía, torturándose, ensañándose, reprochándose por el enésimo fracaso amoroso. «¿Cómo es posible que una guapísima mujer, simpática, trabajadora, servicial, generosa, sensible y apasionada, sea tan desafortunada en amores?». Pagó su copa y se marchó con un cóctel de frustración, rabia, impotencia y desilusión. Como la Zarza Mora se encerró en su casa, llora que llora por los rincones, el último rincón donde quiso ahogar sus penas fue en la bañera, pero en vez de sales y espumas se llevó con ella una botella de ginebra, mala compañía para una noche de sábado con expectativas de  principio romántico  y  final fatal. Y como la lógica de la química es demoledora, alcohol y desengaño es una mezcla nefasta, lloró, gritó, aparecieron todos los nubarrones que llevaba dentro, remordimientos, rencillas, resentimientos, frustraciones y una larga suma de fracasos personales, laborales, sentimentales. Este le había dado la puntilla en el argot taurino, pues realmente le habían hecho una mala faena. El blanco nacarado  de su mascarilla se tornó de negro ceniciento, el llanto convirtió su rostro en un borrón negro y rojo como  una trágica metáfora  lorquiana.

 A la mañana siguiente, cuando su hijo volvió a casa, la encontró desnuda en la bañera, borracha, en un estado  degradante e indigno. Alarmado y nervioso el chico llamó a su abuela para pedir ayuda.

 ¿Y su madre? ¡Cuánto duele  el sufrimiento de una  hija! Pero la comprensión y el amor  no tienen límites para una madre. Cuando pasó la tormenta, el sueño que en buena parte regenera y repara los daños del cuerpo y del alma, después del capítulo de culpas y reproches, Esperanza siguió aumentando su victimismo crónico. Pero esta vez se hizo un juramento como un propósito de la enmienda: no volver a caer en la tentación de aventuras amorosas de dudosa garantía de intenciones.

 Pero, ¿qué es el amor, sino una loca aventura? Una ruleta en la que se juega todo a un número, a un color  que el azar caprichoso nos premia o nos arruina la vida.

Esperanza, ya en la madurez física y supuestamente psicológica, guapa, cansada, decepcionada, resignada con la ingratitud de los hombres con los que ha tenido la mala fortuna de cruzarse en su camino.  Vive solo por y para su hijo, trabaja de sol a sol para darle al joven un futuro digno si este país hace realidad algún día el empleo digno, que posibilite la emancipación de los jóvenes, pues son las generaciones mejor formadas y, paradójicamente, las más desencantadas, las que sufren más precariedad, y con toda lógica, desafección política, falta de expectativas, déficit de valores acorde con todos los déficit esenciales que padecen. Trabajo y vivienda. Las nuevas tecnologías no apuntan  precisamente a la creación de empleo sino a la pérdida de muchos. Habrá que buscar salida. Alguien va diciendo por ahí que el futuro está en la gerontología y es que, de aquí a unos años, España será un país de viejos y alguien tendrá que cuidarnos. Pues a seguir luchando por las pensiones, si no ¿de que van a vivir los jóvenes? Habrá que invertir la pirámide para que los jóvenes trabajen, serán necesarios muchos pensionistas que paguen sus precarios sueldos. ¡Paradojas de la vida!

Y ahora amigas/os, no me negareis que el texto es pura “Metamorfosis”

Perfectos descoloridos

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Autora: Herminia Guijarro Mingorance

Esa mañana bajó más tarde. La noche había sido larga, pesada y como consecuencia de ello sus párpados, aún hinchados, le dolían cuando el sol radiante penetraba a través de sus gafas oscuras.

Cuando llegó al lugar en el que cada día se instalaba, ellos ya estaban allí, sentados en sus hamacas, equipados con sus sombreros, sus gafas de sol y, cómo no, bajo su gran sombrilla que cubría perfectamente a los dos. Con sus dos grandes toallas de vivos colores extendidas a sus pies como si fueran a ser ocupadas en cualquier momento, aunque en realidad solo se utilizaban para que nadie se colocara delante y les impidiera disfrutar de ese mar al que cada día acudían a contemplar en silencio y como pasmados.

La pareja, cada mañana, completaba su instalación como si de un ritual se tratara y hoy  debido a su retraso María se lo había perdido. Llevaba observándolos desde su llegada, hacía varios días. Su interés por ellos fue aumentando igual que fue aumentando el equipaje de ellos; pasó de una pequeña bolsa de plástico a un bolso enorme y de llamativos colores donde iban añadiendo objetos días tras día.

Lo que más llamaba la atención era que al contrario de otros turistas y veraneantes que se tornaban más morenos y bronceados, ellos cada día estaban más pálidos, aunque era él el que estaba totalmente blanco y terso como si estuviera esculpido en hueso blanqueado, tal y como había leído en algún sitio.

Esta intriga terminó aquella misma mañana cuando vio el lugar ocupado por una familia joven y cuando al preguntar a conocidos y amigos qué había pasado con los dos “descoloridos” como los llamaba para sí, se encontró con la misma respuesta: «¿De quién hablas?»

¿Lo habría soñado ella?