Dos realidades distantes y distintas

juguete_roto_-_cuba

Autor: Antonio Cobos Ruz

Nueva York, EEUU, un sábado cualquiera de un mes de junio, 8:30 de la mañana.

Linda Morrison, de seis años de edad, recibe el canto de cumpleaños de sus padres con un paquete de grandes dimensiones que contiene una muñeca gigante. La niña rompe el papel brillante de cualquier modo y abre la caja de diseño con expectación. Es una muñeca enorme, articulada, que habla y anda sola. Decepción: no es el modelo deseado.

La madre culpa al padre de haber escogido una muñeca equivocada. El padre se excusa en que ella no le dio bien los datos del modelo. La niña llora, los padres discuten.

Aleppo, Siria, un sábado cualquiera de un mes de junio, 2:30 de la tarde.

Amira Kawar, de seis años de edad recién cumplidos, rebusca con su madre y sus hermanas entre las ruinas de su casa, destrozada la pasada madrugada por un bombardeo fratricida.

La niña descubre, bajo una capa de polvo blanquecino, entre los cascotes y rotos bloques de cemento, el vestido rojo intenso de su muñeca preferida: la muñeca de trapo que le confeccionó su madre para su cumpleaños. La niña se ríe y da saltos de alegría sobre la ruinas de su casa. Todos se alegran.

Anuncios

Mi gran secreto

playa

Autor: Antonio  Méndez Vargas

Un precioso jardín con parterres muy bien cuidados, unas escaleras en forma de “Y” con peldaños de terrazo claro, siempre muy limpios, daban acceso a la casa madre del colegio de monjitas donde me crié, cuya fachada de albero mañanero alegraba el despertar de la multitud de pajarillos que allí vivían.

Un pilar de mármol blanco y de agua cristalina me daba los buenos días y en su interior y como queriendo pasar lista se cobijaba la tortuga con más malos gestos que he conocido.

Mi uniforme azul celeste con un cuello de plástico durísimo que hacía que se me saltaran las lágrimas todas las mañanas cada vez que su botón en forma de nuez acariciaba mi garganta, se conjuntaba con mis piernas llenas de cicatrices que mis pantalones cortos mostraban con orgullo. El brillo de los zapatos gorila que conjuntaba con el empedrado suelo de tierra y grava, parecía despedirse en el cancel de aquel colegio nada más pisar sus umbrales.

A partir de ese instante, y con mi sonrisa mellada, esperaba la tan manida oración matutina que, con risa burlona y agnóstica, pronunciaban Manuel y Trini, los caseros, meneando la cabeza al verme “veremos hoy lo que nos depara el día.”, pues su saludo ya denotaba que no esperaban mucho de mi comportamiento en la joven jornada ya que la vespertina me la pasaba castigado, fruto de mi frenética y, a veces, mi comprometida actividad.

Al fondo del jardín, una ermita, con una imagen preciosísima de Nuestra Señora de Fátima y una extensión de terreno cultivada y con dos vacas al lado de la misma, pintaban el perímetro de aquel mágico convento.

Sobre el mes de mayo y conmemorando la festividad de Nuestra Señora, las monjas organizaban una rifa benéfica. Los regalos eran cedidos por las familias y el día señalado, una merienda de bizcochos de soletilla adornaban el sorteo.

¡Qué gran secreto he podido guardar!

A mi abuela, señora de pelo blanco y mirada limpia y sufrida, le apasionaba un bolsón de color negro y con dos asas, bien fornido, que se encontraba entre los presentes. Aquel bolso podía servirle a ella para sus viajes de fin de semana, cuando se mudaba a casa de una de sus hijas.

Sin pensarlo más, y sabiendo que las tiras de números pegamentosos, del cero al doscientos, los tenía la hermana Natividad en una cestita de mimbre a la espera de ser vendidos a los asistentes, acudí sigilosamente y situándome al lado de su hábito me pegué a ella diciéndole: “Hermana, aquí estoy yo para ayudarle”.

No fiándose mucho de mi generosa predisposición quiso el destino ayudarme en esta ocasión, pues me situó al lado de la mesita con la cestita de mimbre y con la orden de que nadie tocara la misma. Sin más, arranqué no sé cuantos números y me los metí en el bolsillo. Qué alegría le daría a mi abuela si el bolsón fuera para ella. Tomé los trozos de papel amarillo numerados y sin desobedecer las órdenes de aquella castísima monja, los metí en mi bolsillo de pana. Al iniciarse el sorteo se los dejé a mi abuela en su regazo. Ella, me miró extrañado a lo que le dije que mi padre los había comprado.

A fecha de hoy nadie se percató: Llegó el momento del sorteo de los regalos, una señora muy señoreada iba pronunciando las bolitas extraídas del bombo.; evidentemente mi abuela levantó la mano. Que sensación de felicidad. No lo olvidaré jamás. “Uno de los números agraciados, correspondía al bolsón de asas negras bien curtido que mi abuela deseaba”.

Mentira, robo, prevaricación… imagino que más cosas que no recuerdo, pero que cara puso mi abuela cuando le entregaban el artilugio en cuestión.

Durante la fiesta, salí corriendo a aquella ermita en forma de gruta donde me aguardaba mi Madre de Fátima; estaba solo; me situé frente a ella con la cabeza cabizbaja. Sentí escalofrío; al instante, me sonrió.

Durante una semana, mi madre me observaba por las tardes, de una manera especial. Alternaba una tímida sonrisa con un gesto que me preocupaba. De hecho, visité la despensa en varias ocasiones y allí encerrado guardaba mi gran secreto. En la oscuridad de la alacena y con la atrevida ocurrencia de tomar prestadas algunas galletas para saciar mi estómago me acordaba de la gruta de Fátima y con los mofletes llenos de ilusión recordaba aquella sonrisa de la Gran Señora. Mi gran secreto me acompañaría hasta hoy.

Campana de cristal

Campana de cristal

 

 

dsc_0015

Dibujo de Pilar Sanjuan Nájera

Autora: Inmaculada L. Melguizo

A Pilar Sanjuan Nájera

Ansiaba alzar el vuelo y despegar de aquella cotidianidad que me asfixiaba. Nada me hacía más feliz que ascender y planear a mi antojo.  Me asía a remolinos  de libertad  y desvaríos entusiastas que tú eras incapaz de comprender. Eras el silencio que calcinaba mis sueños. Hurgabas en mi alma liviana con un buril de plomo y sembrabas con gusanos mi  campo en barbecho.

Nunca te decía cuando partía pero podías intuirlo en el brillo de ilusión que llevaba cosido a mis pestañas. Fue entonces cuando empezaste a recortar mis alas mientras dormía, cosiéndolas con puntadas invisibles. Cada desprecio me iba encerrando en una estructura de cristal transparente donde pedía ayuda con gritos mudos. Me dolía no sentir la caricia imposible del cielo.

Así que me elevé, arrastrando con todas mis fuerzas aquella cárcel de cristal. Su peso y mi impotencia hacían oscilar mi cuerpo dentro de aquella  estructura inerte. Suspendida en medio de la nada decidí no volver. Fue entonces cuando sin miedo a caer,  aquel engranaje imposible se hizo añicos. Destruí la metáfora viva de mis tristezas  y como náufraga del horizonte volví a sentir el despertar de la lluvia.

Ahora, mientras la noche se convierte en el reclamo perfecto para morir, yo tengo tantos amaneceres entre mis dedos, tantas briznas  de viento que  puedo escribir en silencio que una vez fui  remolino entre tus  puentes de piedra.  No  poseo nada, no son míos ni los pájaros ni las nubes y sin embargo tienen de mí cada palabra.