Luna roja

luna roja

Autor: Antonio Cobos Ruz

El presente relato está en contra de todas las guerras.

Escrito tras ver imágenes del conflicto judeo-palestino.

Era totalmente blanco y terso, como si estuviera esculpido en hueso blanqueado. Otras veces lo habían visto negro y rugoso. Otras, lo habían encontrado cincelado en elementos duros o moldeado en materiales blandos; pintado en superficies lisas verticales o tallado en suelos planos o arrugados; ondeando en telas descoloridas o colgando de pértigas longevas. ¿Qué era aquello?¿Un símbolo?¿Un escudo de armas?¿Una seña de identidad?¿Un aviso de no traspasar fronteras?¿Señalaba un límite infranqueable?

Miró hacia atrás y observó a sus hombres: un conjunto de caras serias y derrotadas, un cansancio triste compartido de los pies a la cabeza, cuerpos sucios llenos de hambre, mugre y barro, una ilusión quebrada y colgada en sus miradas, sus almas rotas, su ropa ajada. ¿Qué podría hacer él para insuflarles un ánimo en sus venas?¿para alimentar su fe en la victoria?

Volvió a girarse y a fijar su mirada en aquel objeto blanco y estirado, en aquel símbolo que les cerraba el paso. Avanzó hacia aquel elemento disuasivo, níveo entre el lodo, bello desde algún punto de vista, lo tomó entre sus manos y se desplazó en dos zancadas hasta el borde mismo del precipicio insondable. Lo lanzó al vacío y soltó con toda la amplitud de sus pulmones un rugido feroz incontenible. Sus hombres secundaron el aullido y llevaron sus manos a sus armas. El ídolo estalló en el fondo del barranco, y al instante, volcanes de fuego anteriormente agazapados escupieron sus lenguas incandescentes. Miles de pedruscos, de rocas, de trozos de materiales rojizos envueltos en lava abrasadora oscurecieron el cielo sobre aquel reducido ejército de inalienables. Y de pronto, de la nada, cuando nada peor parecía posible, surgieron miles de monstruos alados equipados con sus nefastas y poderosas armas. La luna se tornó roja. Todos disparaban hacia el grupo de soldados irreductibles. Un racimo humeante de proyectiles cayó entre ellos, les explosionó en sus frentes y un haz de luz interminable se expandió por todo el universo.

Angustiado, sudoroso, se incorporó de golpe en su yacija y le costó ubicarse en su primera noche de batalla. Alguien le preguntó:

—¿Soñaba algo, mi sargento?

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Pulmonía patriótica

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Autora: Elena Casanova Dengra

Si alguien me preguntara de qué murió don  Manuel, sin duda contestaría que de una pulmonía patriótica, porque como diría nuestro ilustrísimo presidente del gobierno, don Manuel era muy patriótico y mucho patriótico.

Trabajó toda su vida de portero en un hotel de lujo y siempre presumía de sus relaciones con lo más granado de la sociedad. Se crió y vivió en una de las calles más emblemáticas de Granada,  la  Avenida de La Constitución, aunque nuestro personaje prefería llamarla Avenida de Calvo Sotelo, nombre con mucha más enjundia y solera, faltaría más. A la edad de cincuenta años se murieron sus padres y él, todo solterico,  se quedó viviendo en el piso alquilado de renta antigua. Como la soledad no era su fuerte se casó con una compañera de trabajo entrada en años, y entre los dos hicieron de la vida un lugar más llevadero donde apoyarse mutuamente.

De costumbres sencillas, después de su jubilación, don Manuel se levantaba temprano,  comulgaba en la primera misa de  la basílica de San Juan de Dios, compraba el ABC en el kiosco de enfrente para leerlo acompañado de un buen desayuno en la cafetería París. Sus gustos, como él mismo señalaba, eran los propios de todo español que se precie: qué mejor que una buena corrida de toros, la nobleza del cante jondo, un paseo por el corpus o la semana santa con su recogimiento espiritual. Era feliz, necesitaba poco para serlo, y con Consuelo a su lado, que le cocinaba los mejores garbanzos  y gazpachos que había probado en su vida, se sentía el ser más dichoso de todo el universo.

Pero había algo por lo que sentía verdadera veneración. No podía evitarlo y cada vez que aparecía delante de sus ojos  un trozo de papel, tela u otro material con los colores rojos y amarillos, su corazón daba un vuelco y un tropel de mariposas anidaban en su estómago.  Le atraía, era un verdadero enamorado de la bandera española, que con tanto orgullo colocó en la entrada de su casa, donde todo el mundo que llegaba podía observar su pose y estilismo. Y no hablemos de aquel  cinco de diciembre de 2008, fecha en la que se izó la bandera rojigualda con todos los honores en la rotonda, frente a su casa, ese trozo de tela  de 30 metros cuadrados subiendo por ese pedazo de mástil  de 20.  El gozo místico descrito por San Juan de la Cruz en su unión con el amado se queda en una mera burla comparado con el placer que sintió nuestro protagonista.

Pero aún debía venir lo mejor, todavía no había concluido el espectáculo que elevaría a don  Manuel directamente al cielo aquí en la tierra. Con el tema de Cataluña, los ánimos muy caldeados y la catarsis de la exhibición pública de banderas en ventanas y en balcones, el gozo de don Manuel, cada mañana, al mirar hacia los edificios era apoteósica.  Cuánta  ternura le producía, cuánta pasión dejarse llevar por esos dos colores grabados a fuego en su corazón. Por las noches, antes de irse a la cama,  salía al balcón y con la mano en el pecho contaba cada trozo nuevo de tela que se sumaba a las fachadas que tenía controladas desde su puesto de vigía. No era consciente del frío ni siquiera cuando la lluvia  mojaba las zapatillas de paño. Su mujer se desesperaba, pero él ni caso, se extasiaba tanto con el espectáculo que podía permanecer  horas.

El final de su existencia empezó con unas toses secas que le dejaban la garganta como un trozo de cartón arrugado. Siguió  un leve dolor en el pecho al que le quitó importancia, pero se agudizó  al tiempo que las náuseas, vómitos y diarreas comenzaron a ser habituales. Cuando lo reconoció el médico su neumonía estaba en un estado muy avanzado. Lo ingresaron en  San Rafael,  pero nunca perdió su entusiasmo, y qué mejor regalo el poder observar desde su cama, a través de la ventana de su habitación, ondear una bandera enorme desde el balcón del edificio de enfrente del hospital.  En el último momento, cuando la muerte acechaba para extender sus zarpas, se llevó la mano al corazón,  pero nadie supo explicar si fue debido a un fuerte dolor en el pecho o el  último gesto de respeto a su queridísima bandera.

Una plaza tranquila

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Autor: Antonio Cobos Ruz

Temprano, cuando el fresco de la montaña se desparrama hacia el valle y envuelve a la hermosa y aletargada ciudad nazarí, salgo de casa y observo cómo la mayoría de los transeúntes se desplazan entre silencios y prisas mientras que algunos afortunados, como yo, paseamos despacio observando como despierta y se anima una población somnolienta aún, tras el sopor de una noche no demasiado cálida.

Callejeo desde el inconstante Genil hacia la todavía no bulliciosa Puerta Real y recalo en una plaza, no demasiado grande ni pequeña, en la que las sillas de una antigua cafetería de nombre deportivo me invitan a sentarme. El aroma de un buen café inunda el sentido de mi olfato y observo ensimismado como el eficiente camarero sirve un plato repleto de churros recién hechos en una mesa colindante. Mis papilas gustativas se soliviantan y me despiertan el deseo o la envidia, el placer de la degustación o el hambre, no lo sé, pero yo también me pido un chocolate con churros y traiciono al café, tan cotidiano.

Transcurre el tiempo y el sol inunda la plaza despacio, muy poco a poco, a la par que los habitantes de la ciudad de la Alhambra van llenando sin agobios la añeja y famosa cafetería. Repasados los titulares del periódico local y almacenadas las noticias y los churros entre los que serán malos y buenos recuerdos de la jornada, solicito la cuenta al camarero al mismo tiempo que pido un reconfortante vaso de agua fresca, tan deliciosa en Granada.

Satisfechas mi sed y mis deudas prosigo mi recorrido matutino y marcho de ese lugar que apenas se alborota durante el día y siempre se ofrece al visitante como un permanente remanso de paz; abandono esa plaza sosegada, ni abierta ni escondida, que siempre que transito me suena a libertad: Plaza de Mariana Pineda.

 

La buena noticia

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Autora: Carmen Sánchez Pasadas

El médico se marcha a casa con un regusto amargo. Ha terminado su guardia y está agotado, aunque, la tensión lo mantiene despierto. De buen grado se hubiera quedado, pero la experiencia le dice que la recuperación del enfermo se puede prolongar más de lo previsto.

El paciente sigue en coma. Es un anciano. Ingresó por politraumatismos de distinta consideración, tras un atropello. Sin embargo, tiene una constitución fuerte y es evidente que goza de buena salud.

Hay algo más. El hombre no lleva documentación y tampoco móvil. Es una incógnita para todos.

Imposible desprenderse de la vulnerabilidad del anciano,  de la vejez, de la soledad  ̶   reflexiona. Inútil intentar no volver al pasado,  a otro tiempo, a otro hospital, a otro anciano, cuando decidió estudiar medicina para curar a su abuelo.

Horas antes, un furgón de policía llegó a las inmediaciones de la calle Recogidas. Un taxista, consternado, no dejaba de repetir entre sollozos: ̶ “No lo he visto. No lo he visto”. Parecía evidente que todo había sucedido según explicó:  ̶ “Acababa de reiniciar la marcha, tras dejar a un pasajero. Circulaba a poca velocidad, cuando el hombre salió entre dos vehículos. No me dio tiempo a evitarlo” ̶  exclamó tembloroso.  No podía dejar de pensar en la tragedia que había provocado.  El ruido sordo del impacto. El rostro contra el parabrisas, la sangre. El anciano sobre el asfalto. Los gritos de la gente.

El pánico aún no lo había abandonado, cuando la ambulancia se alejaba.

El profesor llegó a un restaurante próximo, a la hora convenida. Tenía una excelente noticia que darle al padre. Se alegraría mucho. Mientras lo pensaba, sonrió. Una cerveza bien fría y sus propios pensamientos lo distrajeron. A la vez que daba un sorbo, observó la puerta, pero no entró nadie. Llegaría en seguida, supuso. Pero los minutos transcurrían y no llegaba.

Consultó el reloj y entonces se preocupó. Lo llamó por teléfono. No contestó. Dejó pasar unos minutos  que le parecieron eternos. Volvió a telefonear. El mismo resultado. Algo había pasado. Estaba seguro. Era muy puntual, reconoció.

Se dirigió a la casa familiar. Evitó la calle Recogidas, que a esa hora estaría muy concurrida y tomó una secundaria. Todo estaba en orden, como a él le gustaba. Las luces apagadas indicaban que el padre había salido. Sobre la mesa de noche, encontró la cartera, debió olvidarla, se dijo extrañado, al tiempo que la recogía.

Regresó al restaurante. No estaba. Llamó a familiares. No sabían. Volvió a la casa. Seguía el silencio…

En la UCI, el corazón del anciano lucha por vivir. Quiere conocer esa buena noticia que su hijo tiene que darle. Necesita abrazarlo y alegrarse con él. No puede irse. No está en sus planes abandonar. Su cuerpo ha resistido una guerra, no puede rendirse ante un atropello. Ha sido un necio cruzando de forma tan estúpida. Se distrajo con una llamada del móvil y no vio el coche.

¿Y su hijo? ¿Alguien lo habrá avisado? No llegó al restaurante. Los pensamientos cruzan veloces su mente lúcida.

El doctor, sonriente, entra en la sala contigua. El hijo aguarda. Lo avisó la policía. El móvil apareció en la calle, a poca distancia del lugar de los hechos. También se encuentra el joven taxista, continúa pálido. La buena noticia la da el médico: el anciano se ha despertado.

Granada al fondo

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Fotografía de Pablo Lara Ramos

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

La protagonista de esta pequeña crónica granadina llegó a la ciudad hace 33 años para que sus hijos estudiaran.

Estuvo viviendo en una décima planta, cuyas vistas quitaban el aliento. Según se iban sucediendo las estaciones del año, le asombraban los cambios en el paisaje. Compró el piso en verano y la Sierra estaba sin nieve, pero ya en otoño comenzó a blanquear y en el invierno se cubrió por completo, ¡qué espléndida!

Asomándose a la terraza, la Sierra estaba a la derecha. Por las noches, las lucecitas de Pradollano, del Observatorio y de la multitud de pueblos cercanos a Granada, titilaban y era un espectáculo inigualable. Otra cosa que no puede olvidar era la salida de la luna frente a su ventanal: el tamaño, el color anaranjado y su brillo, la dejaban extasiada. Más de un catarro cogió en invierno, empeñada en verla desde la terraza.

También veía, desde aquella altura privilegiada, parte del Albaizín, el Carmen de los Rodríguez Acosta, la Catedral y algunas calles de la ciudad. Cuando pudo mirar hacia abajo sin sentir vértigo, descubrió un extenso jardín muy arbolado y en él una Residencia de ancianos bastante señorial.

El colegio donde trabajaba estaba lejos. Consultó planos buscando calles que acortaran la distancia, pero aún así, tardaba tres cuartos de hora en llegar. Este trayecto lo hacía cuatro veces al día, sin problemas. Poco a poco fue tomándole el pulso a la ciudad y empezó a conocer lugares “con encanto” como dice la propaganda de algunos sitios.

Pronto aprendió a subir a la Alhambra, al Carmen de Los Mártires, que entonces lo abrían al público todos los días, al Realejo, al Manuel de Falla, etc. A todos estos lugares iba andando, pues los entrenamientos yendo al colegio la habían preparado.

Un sitio que le gustó sobremanera fue la Plaza de la Trinidad: aquellos árboles espesos llenos de pájaros, los cómodos bancos y la paz que se respiraba allí (téngase en cuenta que de eso hace más de 30 años) hicieron que pensara en volver con frecuencia a leer y a hacer punto, gozando de tanta quietud. Las cosas se le complicaron y no pudo ir ni un día a disfrutar de algo tan sencillo.

Con una sobrina muy entendida en música, iba a los Conciertos del Manuel de Falla. No puede olvidar el regreso, después de la sesión, montadas en un autobús que se llenaba hasta salirse la gente por las ventanillas. El conductor tenía algo de suicida porque era terrorífica la velocidad que alcanzaba por aquellas cuestas – una de ellas llamada con un nombre que tenía malos presagios: El Caidero – . Después del apacible rato del Concierto, aquella bajada en picado, sin saber si el autobús se estrellaría antes de tomar las curvas, nos ponía el corazón en la garganta.

El anterior dueño del piso era un señor correcto y educado, que estaba separado de su mujer. Quedarse también sin piso, se notaba que le hacía mella. Recuerda la cronista que después de vendérselo, hizo algunos intentos de recuperarlo, pero con la nueva dueña dentro, o sea, el lote completo de forma gratuita. Comenzó a visitarla con una asiduidad un tanto sospechosa. Ella creyó al principio que eran meras visitas de cortesía y se mostraba amable con él, que al entrar al salón, solía decir: “Ahora aquí hay vida, ¡qué bien se está!” Sus visitas menudearon de forma alarmante y sus insinuaciones eran cada vez más directas. Sabía que ella era viuda y un día se atrevió a decir: ”¿No echa usted de menos una compañía masculina?” A eso, le contestó con bastante sequedad, dándose cuenta – al fin – de las aspiraciones del “Conquistador”: “Con mis hijos y mi trabajo tengo la vida llena; no necesito más”. Él se dio cuenta de que aquella fortaleza era “inexpugnable” y se retiró a sus cuarteles de invierno. Ya no volvió a molestarla.

Granada ha cambiado mucho en estos más de 30 años, para bien y para mal; ha ganado en limpieza; está más cuidada, pero aún sigue habiendo algunas deficiencias, sobre todo en los barrios; esto no es culpa de las autoridades, sino de los vecinos, por falta de educación cívica. En Sanidad se han hecho grandes progresos, con nuevos Hospitales dotados de los medios más modernos. El Día de Andalucía, por cierto, recibió un premio merecidísimo un Médico granadino, el Dr. Antiñolo.

Es triste que los casos de corrupción en la política y en la Iglesia también hayan salpicado a Granada. La falta de ética se palpa como en todas partes, por desgracia, ¿cómo no, si los políticos que nos mandan sólo nos dan malos ejemplos? Los verdaderos valores están de capa caída.

Recuerda la cronista una anécdota – no ha podido olvidarla – de un hecho ocurrido hace más de 25 años, que ahora sería impensable: le contó su hermana Teresa que tuvo que bajar a Almuñécar haciendo auto-stop (modalidad de viaje que está completamente en desuso ahora, por los peligros que conlleva). La recogió un gitano que viajaba con su hijo adolescente. A la altura de Salobreña, paró el coche junto a una fina sembrada de rosales y le dijo al muchacho: “Baja y corta un ramo para tu madre; ya sabes que hoy es su cumpleaños”. El chico trajo el ramo y su padre le dio un billete de 100 pesetas para que lo pinchara en un rosal junto a la caseta del guarda. Teresa se quedó admirada de la honradez de aquel hombre y no pudo por menos que felicitarlo. ¿Conciben ustedes algo así hoy, ni en un gitano ni en un “payo”? Este gesto nos parece ahora ciencia ficción. Un hecho así da la medida de la degradación a la que hemos llegado.

La balsa

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Autora: Carmen Sánchez Pasadas

El sueño es recurrente. Llueve sin cesar y él está agotado construyendo una escalera que no tiene fin. Teme a la noche, pero el viento que acerca la luz de la mañana, trae pájaros muertos y el río, animales ahogados. Aterrado comprende que la primavera está próxima y el deshielo inundará la tierra pronto.

Con determinación empieza a construir una balsa que salve a su familia. Nadie lo cree,  pero él trabaja sin descanso. Y termina una embarcación modesta, pero robusta, fuerte y segura. Luego añade una rampa gigantesca por la  que, junto a sus familiares, accedan los animales que los acompañan habitualmente: perros, caballos, gatos, aves y otros muchos.

Los descreídos los miraron con burla y pensaron que la lluvia era insignificante. Luego llegó la tormenta y supusieron que  bastaba con protegerse en sus hogares. Finalmente, cuando el diluvio convirtió todo en lodo, no quedó nadie.

La balsa continuó navegando a pesar de la tempestad. Sin embargo, la enfermedad, la angustia y el desamparo  castigaron a los pasajeros durante cuarenta días con sus noches.

Así, próximos al desaliento, los encontró un gigantesco arco iris que anunciaba el fin de la lluvia y la presencia del sol.

La esperanza los acompañó a tierra firme.  Pero cuando Noé comprobó que faltaba el unicornio, lloró desconsolado.

Aurora

 

 

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Aurora se levantó muy temprano pero, aún así, con la hora justa de ducharse, vestirse y salir disparada, sin desayunar, para coger el autobús que la llevaría a su trabajo. Se le habían pegado un poco las sábanas y esto la desconcertó porque le gustaba ser puntualísima.

Para no despertar a su marido, que ese día no tenía que madrugar, no encendió la luz; con solo la del móvil abrió el armario y a tientas, cogió un par de zapatos, una falda y una blusa; allí mismo, aturdida por la prisa, se vistió, salió a la calle como una exhalación y casi en marcha se subió al autobús que la dejaba junto a su lugar de trabajo. Notó, que como siempre, la gente la miraba; hoy con algo más de insistencia.  El físico de Aurora no pasaba desapercibido: despertaba verdadera admiración.

Bajó en su parada y entró en la redacción del periódico buscando su mesa de trabajo Allí también notó muchas miradas, pero con expresiones de extrañeza, entre sus compañeros.

Se sentó en su mesa, e inmediatamente, la chica que estaba a su lado, le dijo:

— ¿Te has mirado en el espejo?

Aurora se levantó de la silla, se miró y se quedó horrorizada; llevaba un zapato rojo y otro negro, y de blusa una camisa de su marido.