Una copa en Phillies

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Nighthawks de Edward Hopper

 

Autor: Antonio Cobos Ruz

A lo largo del día, una continua cadena de personas hormigueaba desde un extremo a otro de una distinguida calle, comercial y bulliciosa. Los vehículos, a velocidad reducida, avanzaban en ambas direcciones haciendo resonar sus cláxones ruidosos cuando parecía ineludible el atropello de un peatón, ajeno a su imprudencia. En esas horas, en Phillies, dos filas de clientes apurados se disputaban, circundando la barra, un imprescindible café con impaciencia, para seguir afrontando la ajetreada vida de la Gran Manzana.

A última hora de la tarde, la registradora de la tienda de enfrente recogía las ganancias del día, clausuraba su caja y cerraba con llave la puerta de un establecimiento solitario y oscurecido. En pocos minutos, el panorama callejero quedaba completamente despejado y la luz desbordante de la cafetería comenzaba a adquirir un protagonismo exterior, inexistente durante la anterior parte del día. La amplitud de sus cristaleras y la intensidad de su desbordante luminosidad inundaban unos espacios vacíos, envueltos en penumbra, en ese barrio financiero de New York, en el que no  permanecían abiertos muchos establecimientos a esa hora.

A pesar de su profusa iluminación, la clientela nocturna de Phillies solía ser exuberantemente escasa, y casi, se reducía, a algún exiguo personal de paso. Y en aquellas horas profundas de la parte oscura del día, era raro que recalaran allí, noctámbulos, insomnes, o halcones de la noche. En esa fecha, en concreto, recuerdo que mientras tomaba un whisky rebajado, ensimismado en mis problemas y de espaldas a la calle, entró una pareja que se situó en silencio frente a mí, y que tras la breve petición de dos cafés por parte de aquel hombre de nariz afilada, continuó callada indefectiblemente.

Durante horas, nadie más entró en Phillies y no existió palabra cruzada alguna entre aquellas dos personas taciturnas. Él, jugueteaba con un cigarrillo entre su dedos y ella, movía algún papel verdoso entre los suyos, algo que bien podría ser un billete de papel moneda, o el ajado tique de un espectáculo concluso. Dialogando con mi whisky y mis problemas, concluí que aunque mi soledad era ciertamente dolorosa, era mucho peor una incomunicación acompañada, y por primera vez, comprendí, el acierto de mi esposa, al decidir marcharse de casa, para que cada uno de nosotros viviéramos por nuestro lado, con nuestra soledad a solas.

Dejé de beber, duermo mejor y he conocido a un grupo de personas a las que me encanta hablarle y a las que me extasía escuchar. Me va mejor en el trabajo, y a ratos, me parece que casi entiendo, lo que significa ser feliz. Gracias a aquella silente pareja, que entró en escena con la intención de quedarse, salí del cuadro de Hopper y abandoné para siempre su Nighthawks.

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Monseñor

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Dibujo de Pilar Sanjuán Nájera

 

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

El retrato de su tío-abuelo, el Papa Inocencio X, presidía el salón sobre la chimenea. No era el auténtico, el que le hizo el gran pintor español Diego Velázquez, pero era una copia muy exacta, que había logrado expresar todo lo que Velázquez descubrió en aquel rostro: recelo, sagacidad, desconfianza, inteligencia; la mirada era por demás astuta, inquisitiva, casi siniestra. Monseñor Mancini sabía -porque se lo había contado su tío- que cuando Velázquez acabó el retrato y se lo mostró, él se quedó muy sorprendido y le dijo: “¡Demasiado verdadero!” Estuvo a punto de rechazarlo; sin duda, ver su alma al desnudo no le satisfizo demasiado, pero al fin lo aceptó y regaló al pintor una cadena de oro.

El puesto de Monseñor Mancini en el Vaticano, como Camarlengo, o sea, Administrador de los bienes Pontificios, se lo debía también al Papa Inocencio X, que sentía adoración por su sobrino-nieto, tan inteligente, tan distinguido, tan desenvuelto. Ante la envidia de muchos, que se creían con más derechos, fue aupando a su sobrino, que ascendió rápidamente de simple sacerdote a la dignidad de Camarlengo con sólo treinta y cinco años. Cuando el Papa Inocencio X era Cardenal, ya lo llamó a su lado y lo tuvo con él, además, los once años que duró su papado. Su avispado sobrino aprendió a la perfección las intrigas necesarias para vivir en aquel mundo lleno de recovecos, envidias, zancadillas e hipocresía. Se doctoró en todo ello.

Las aguas del Vaticano en aquella época, bajaban turbulentas y hasta embravecidas, sobre todo por los problemas que daba en Francia el Cardenal Mazarino, en oposición frontal al Papa. Pero Inocencio X con su sagacidad salía triunfador de todo cuanto se le pusiera por delante.

Mirando el retrato de su tío-abuelo, Monseñor se dio cuenta de que tenía mucho en común con él ¿Obedecía esto a que llevaba la misma sangre o por el contacto de tantos años?

Monseñor reflexionó sobre ese tiempo y recordó lo arropado que se sentía, los privilegios de que gozó. La moral vaticana se vivía de forma muy relajada, sobre todo en lo tocante a ciertos Mandamientos, que para la Curia eran muy permisivos y para los Seglares muy estrictos.

Ahora, pasado el luto de rigor después de la muerte de su tío, sentía necesidades que antes estaban satisfechas. Se encontraba muy solo y recordó lo que la Biblia explicaba sobre Dios cuando creó a Adán; dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Por algo lo diría. Los votos de castidad por entonces, y más dentro del Vaticano, estaban tan diluidos que habían desaparecido casi por completo de aquellas mentes acomodaticias. Así pues, Monseñor pensó que ya era tiempo de darle alguna satisfacción al cuerpo. El espíritu no le pedía nada en forma tan acuciante.

Recordó que, al servicio de su tío-abuelo, hubo una joven llamada Teresina, del mismo pueblo italiano del Papa, cuya familia era muy humilde. Cuando recibieron el recado de Inocencio X sobre la necesidad de que enviaran al Vaticano a Teresina para entrar a su servicio y recibir estudios y educación, aquella familia se sintió honradísima y se apresuraron a enviar a la joven, que además de lista, era bellísima, cualidades ambas de las que no debía estar ajeno el Pontífice. Para Monseñor, la relación entre su tío y Teresina siempre tuvo sus lados oscuros. Lo que sí notó es que al poco tiempo de llegar la joven, los astutos ojillos del Papa, tenían un brillo especial.

Pues bien, Monseñor pensó que Teresina debía seguir educándose y cultivándose en el Vaticano, ahora a su lado, así que envió un emisario para que hablase con su familia y se trajera a la joven. Ésta, que comenzó su andadura como pupila de su tío con diecisiete años, y que había estado siete a su servicio, ahora tendría veinticuatro. Lo que no sabía Monseñor era que Teresina había estado enamorada secretamente de aquel sobrino del Papa al que veía de vez en cuando y del que admiraba su piel tersa, su distinción, su alta estatura y su elegancia moviendo como nadie los manteos y ropas talares al andar.

Los padres recibieron la buena nueva alborozados y Teresina vino a la Corte Papal llena de alegres perspectivas.

El día de su llegada, Monseñor la esperaba en un gran salón, sentado cómodamente en un sitial de terciopelo rojo; quería deslumbrar un poco a la joven. Al oír unos golpecitos suaves en la puerta, dijo:

Entró la joven, y de pronto, todo se iluminó; aquella jovencita de cabellos rubios y ojos azules inmensos, despedía luz. Avanzó hacia Monseñor y como la estancia era grande, tuvo tiempo de lucir unos andares desenvueltos, una figura esbeltísima, unas ropas bien elegidas que resaltaran esa figura y un escote generoso, sobre un justillo que apretaba su cintura y sus redondeces de forma por demás insinuante. Monseñor perdía por momentos la seguridad en sí mismo. Turbado, se puso de pie y ofreció a la joven su mano derecha, cuidadísima. Ella hizo una pequeña reverencia y al agacharse, mostró aún más a las claras su escote. Luego besó la mano que se le ofrecía. Al notar Monseñor el contacto de aquellos labios gordezuelos y tibios sobre su piel, un estremecimiento lo recorrió de arriba a abajo; enrojeció, notó que algo se removía bajo su sotana y azorado, se volvió de espaldas simulando coger un objeto de la mesa que había al lado. Con disimulo, se secó el sudor de su frente y cuando se repuso, se volvió hacia Teresina. Ésta, mientras Monseñor estuvo de espaldas, sonrió triunfalmente. Sabía el impacto que había causado en él. Al volverse éste y quedar frente a ella, cambió rápidamente aquella sonrisa por una expresión entre pícara e ingenua, que terminó de desconcertar a Monseñor. Ella esperó que hablase y él, un poco alterado todavía, dijo:

  • Teresina, he pensado que entres a mi servicio, ayudando a sor Clementina. Pero también deseo que cultives tu espíritu con estudios, lecturas, educación y todo lo que contribuya a hacer de ti una dama. Supongo que estarás de acuerdo.
  • Gracias, Monseñor. Me siento muy honrada y espero no defraudarle, ¿cuándo empiezo?
  • Mañana mismo. Ya he encargado al aposentador que te prepare habitaciones junto a las mías, para más comodidad.
  • Muy agradecida Monseñor. Con su permiso me retiro y hasta mañana.

Teresina miró su mano con intención de volver a besársela, pero él la retiró poniéndola a su espalda porque se sintió desfallecer si volvía a notar el roce de aquellos labios.

La joven caminó hacia la puerta, después de hacer otra reverencia, y con el porte de una diosa se fue alejando, moviendo su cintura graciosamente. En el ambiente quedó flotando, además de su perfume turbador, una como sutil presencia que a Monseñor le produjo desasosiego.

Cuando la puerta se cerró tras la joven, él tomó asiento y aturdido aún, pensó:

  • Mañana será otro día. Otro día… bien diferente.

Certeza

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Autora: Cecilia Morales Calvo

Una profunda calma invadió mi alma al verlo a él, a mi marido, atravesar aquella puerta. Atrás quedaba mi vida, o mejor, veinte años de mi no vida, de mi negación e inexistencia. Atrás quedaban amaneceres umbríos a los que la luz se asomaba temerosa; noches interminables junto a una soledad que me acunaba sosegada; quedaban soplos de tiempo feliz y efímero, que escapaba ansioso buscando atmósferas más benévolas; sí, quedaban promesas y esperanzas despeñadas por la sima del tiempo, que no descansa. ¿Se devuelve lo no vivido? ¿Se recuperan los años sepultados? Ahora todo es duda e incertidumbre. La única certeza es que, tras el cierre de la puerta del crematorio, yo intentaría empezar a vivir.

 

Mi padre

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

El faro, situado en un acantilado, sobre un promontorio alto y escarpado, era visible desde 90 km a la redonda. Aquel mar, particularmente bravío, mostraba sus malos modos en forma de tormentas, galernas y temporales, que eran famosos en toda la región. Por eso el faro atendido por mi padre y anteriormente por mi abuelo, había salvado muchas vidas. Tenía una situación estratégica, allí en lo alto, poderoso y enhiesto. Yo, desde pequeño, aprendí a mirarlo con admiración y respeto.

Desde su base, había que subir 250 escalones, de día iluminados por las pequeñas ventanas abiertas en el torreón y de noche, con linterna. Mi padre es fuerte, fibroso, y sube los escalones con facilidad. Lleva 30 años en el oficio, desde los 22, cuando sustituyó a mi abuelo. Yo seré el sustituto de mi padre, porque me apasiona su trabajo y desde bien pequeño me ha ido iniciando en él. El panorama desde la terraza circular en todo lo alto es grandioso: por la izquierda, la costa acantilada se extiende hasta el horizonte, con entrantes, salientes y bruma al final. A la derecha, el mar inmenso y a la espalda, las cadenas montañosas y los vallecitos verdes y tranquilos.

Cuando se desencadena una fuerte tormenta, olas de más de 30 metros azotan la base del faro. Por la noche, los barcos a la deriva, zarandeados por el temporal, tienen en aquella luz su salvación. En efecto, llegan maltrechos hasta ella y se refugian en el recodo que hay a su derecha, donde una lengua de tierra se interna en el mar formando un rompeolas natural, con una pequeña ensenada de aguas tranquilas y sosegadas; nada que ver con lo que sucede un poco más afuera. En aquella ensenada está el puerto y detrás, el pueblo que se recuesta en la falda de un monte, cara al océano impetuoso, pero preservado de sus embates. Tiene unos 12.000 habitantes. Las gentes, contagiadas de aquella quietud, son pacíficas y solidarias. Esta solidaridad es común en los que viven cerca de costas acantiladas, propensas a accidentes marítimos: naufragios, pescadores que zozobran en sus pequeñas embarcaciones, barcos que no pueden dominar las olas y se estrellan contra las rocas, etc.

Quiero hablar ahora de mi padre, por el que siento un cariño sin límites. Es tímido y por ello le cuesta mostrar sus afectos, pero yo sé que en el fondo es tierno y sensible. Me lo demuestra en pequeños detalles: cuando me coge de la mano para subir los 250 escalones del faro; cuando arriba me asomo a la terraza y noto sus manos protectoras sobre mis hombros. También cuando yo era muy pequeño y entraba en  mi habitación y creyéndome dormido, me tapaba cuidadosamente. Mi madre, en cambio, siempre fue fría, nunca recibí una caricia ni una muestra de afecto de ella.

Mi padre y yo vivimos solos. Cuando yo tenía 8 años, mi madre nos abandonó. Decía que aquella vida de pueblo, con un marido que pasaba más horas atendiendo al faro que en casa, le era insoportable. Nunca he podido entender cómo se puede abandonar a un hijo de tan tierna edad. Las ausencias, cada vez más prolongadas de mi padre, he comprendido después que bien pudieran obedecer al poco calor de hogar que encontraba en la casa. De todas formas, el abandono de mi madre nos hizo mucho daño. Mi padre se volvió huraño y no quería contacto con nadie. Se volcó en mi cuidado, aprendió a cocinar y pasaba más tiempo en la casa. Al salir de la escuela, me llevaba al faro, contemplábamos el panorama, que a él le entusiasmaba, y dentro, me ayudaba a hacer los deberes y me enseñaba mil cosas sobre el mantenimiento del faro. De mi madre, nunca supimos nada, así que poco a poco, aquella herida se fue cerrando.

Vivíamos en la última casa del pueblo, junto a la empinadísima senda que en zigzag subía hasta el faro, distante algo más de 1 km. También se accedía por carretera, cuyo trayecto era más cómodo pero mucho más largo. Los días de tormenta y vendaval, subir por la senda tenía algo de heroico, azotados por la lluvia y el viento, que hacían la ascensión verdaderamente difícil.

Cuando yo tenía 14 años, una tarde, ya anocheciendo, estudiaba en mi cuarto de trabajo, desde cuyo ventanal se veía, allá lejos, en lo alto, el faro. De pronto noté como un fogonazo – había una gran tormenta – y vi claramente cómo caía un rayo sobre él. De inmediato se apagó su luz, la de nuestra casa y la de otras del pueblo. Me quedé unos segundos aturdido, pero reaccioné rápido. Mi padre estaba allí arriba, ¿qué habría pasado? Busqué a tientas un impermeable y una linterna y empecé a subir la cuesta. La oscuridad era absoluta; sólo los relámpagos me iluminaban el camino. Me costó llegar arriba porque el viento hacía casi imposible la subida. Penetré en el faro y ascendí con ayuda de la linterna los 250 escalones. Arriba estaba todo oscuro. El rayo había desconectado los aparatos eléctricos. Los conecté como pude y el faro empezó a lucir. Busqué a mi padre y lo vi al otro lado de la plataforma, en el suelo. Sin duda, la descarga lo había despedido. Le palpé el corazón y le latía débilmente. El teléfono no había sufrido desperfectos y llamé al hospital. Media hora más tarde, una ambulancia nos trasladó hasta allá. Mientras atendían a mi padre, me derrumbé en un banco de la sala de espera, angustiado. Por fin salió un médico y me tranquilizó:

– Tu padre está fuera de peligro. Ha recibido una descarga, pero su corazón es fuerte y en unos días podrá volver a su trabajo.

Nos enviaron a casa y lo cuidé hasta que se encontró con fuerzas para seguir con su rutina.

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Han pasado 18 años desde el accidente de mi padre. Me he casado y tengo dos hijos de 3 y 4 años. He formado una familia con mi mujer, mis hijos, mi padre y yo. Él, por fin tiene calor de hogar. Oigo las risas de mis hijos jugando sobre la moqueta del salón. Yo cuido el mantenimiento del faro, cosa que me entusiasma. Tengo muchos conocimientos de electrónica, que me ayudan en este trabajo.

Se ha hecho de noche. Mi padre, como siempre, sienta a los niños sobre sus rodillas, frente a la chimenea, y les cuenta historias sobre el faro. Esta noche toca lo que le ocurrió cuando era pequeño como ellos; estaba dentro del faro con su padre – mi abuelo – y los ametrallaron creyendo que hacían señales a los alemanes. Fuera llueve y el viento lanza ráfagas de lluvia contra los cristales. El salón está en penumbra; las llamas de la chimenea iluminan los ojos muy abiertos de los niños, que miran como hipnotizados a su abuelo. Mi mujer, que hace punto, deja de tejer y escucha atentamente a mi padre. Hay como una magia en el ambiente. Yo siento una emoción tan honda, que tengo miedo de romper aquella especie de encantamiento y poquito a poco, me voy retirando y entro en el cuarto de trabajo de toda la vida. Me acerco al ventanal. Los destellos del faro, al girar, llegan hasta mi cara. Me doy cuenta de este presente tan apacible y una calma intensa va invadiendo mi alma.

Miguelito, angelito.

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Autora: Elena Casanova Dengra

No quería hacerlo, sabe Dios que no era mi intención, pero la capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien  estrechos. Así es cómo sucedió:

Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar  pensando que una cerveza  sería más que  suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me senté en una soleada esquina y  pedí al camarero una caña. Los primeros  sorbos me supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.

Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y  cara de pocos amigos.  Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules,  vivaces y desafiantes,  se posaron en  mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en  una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron  cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición  y a los pocos minutos   arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas  con un agudo  y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a  protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.

Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario,  aceleraba el  ritmo de sus pies  por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar.  —Miguelito, cielo, ven aquí cariño ­­—volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el  concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.

Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitando primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.

La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos por fin, al saber que su niño  estaba feliz.

Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con  mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida me echó en cara mi falta de sensibilidad  mientras rescataba a su pequeño.

No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y  poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y  parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.

Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Cogí un extremo y lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo  se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una intensa calma invadió mi alma.

 

El cirujano del tiempo

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Autora: Carmen Sánchez Pasadas

El relojero abrió la puerta del pequeño taller y se instaló tras la mesa de trabajo. Abrió el cajón donde guardaba decenas de relojes pendientes de reparar y sacó uno.

La luz de la lámpara cercana iluminó el escritorio, dejando en penumbra el resto de la habitación. Un paño suave cubría el tablero y varias herramientas minúsculas  alineadas esperando su turno.

Los dedos ágiles abrieron la tapa posterior del reloj, con la precisión del cirujano que secciona la cabeza del paciente enfermo. Analizó el mecanismo y descubrió el engranaje que había dejado de funcionar. Lo extrajo, estudió la zona dañada y tras limpiarla concienzudamente volvió a colocarlo en el cuerpo. Comprobó que encajaba perfectamente y el aparato recuperó el movimiento. Ajustó cuidadosamente la tapa tras el torso brillante y lo dejó reposando en el área de observación,  zona “ampliación horas de felicidad.”

Luego atendió al que descansaba al lado, reparado el día anterior. Comprobó que no se había restablecido. Lo trasladó de nuevo a su mesa y examinó detenidamente las agujas. Estaban temblando, pero no se decidían a avanzar. Tras estimar el esfuerzo que realizaban, determinó dejarlo en revisión, en el área “reducción del tiempo tedioso”, seguro que evolucionaría favorablemente en esta sala, donde la medición del tiempo, mucho más reposada, se ajustaría mejor a su agotada maquinaria.

Tras un descanso, el relojero volvió al cajón de su mesa y cogió el siguiente. Este ya había pasado por su taller en varias ocasiones. El pobre, con frecuencia, se desajustaba porque el dueño le transmitía su propia angustia. Los humanos no saben que los relojes perciben nuestro ánimo.

Hermano querido

tenedor-y-cuchilloAutora: Cecilia Morales

Cuando estabas a punto de meterte en la boca un poquito del  sabroso postre que había quedado de la noche anterior, apareció él, tu hermano, el que no perdona, el chivato, el que rápidamente fue a buscar a tu madre para gritarle: —¡ La niña se está comiendo los pasteles de ayer!

Te quedaste como una estatua de sal, o de azúcar, tiesa como un garrote: el trocito en la mano, la puerta del frigorífico abierta, como tu boca, que ya no sabía si comer o llorar o chillar; optaste por cerrarlas las dos, la puerta y la boca, dejarte caer en una silla, es decir, sentarte, y esperar a que viniera tu madre a recordarte otra vez la terrible prohibición, los alimentos no autorizados: no dulces, no comida a deshoras, no grasas, no patatas fritas, no galletas, no bollería, no chocolate, no churros, tu salud ante todo, ya sabes cuál es tu desayuno, fruta, leche desnatada con Cola Cao Cero y Fibra,  y dos tostaditas integrales con mermelada light de naranja amarga; a media mañana te puedes tomar otra fruta.

Sin embargo,  no fue tu madre la que llegó sino de nuevo tu insoportable e irritante hermano, el palo esquelético y zampabollos, ¿dónde echaba —te preguntabas— todo lo que engullía con esa voracidad inconcebible?, quien con su gula habitual, su glotonería sin fronteras, comenzó a prepararse un suculento desayuno con la intención de darse un atracón delante de tus propias narices, y ante ti empezó a desfilar aquello con lo que soñabas noche tras noche: el croissant, la mantequilla, el chocolate, el jamón y los embutidos, las galletas Príncipe, los huevos… Con una diligencia portentosa, sobre el mantel quedaron expuestos todos los manjares y, aunque dos brillantes lagrimones estuvieron a punto de rodar por tus mejillas, decidiste que no eran lágrimas las que iban a rodar esa mañana. Tras dejar caer en tu boca hambrienta el pedacito de pastel que aún tenías en la mano, esta, activada por un invisible resorte, agarró con determinación y brío  la esquina del mantel y, como si fuera un látigo, lo arrastró con una fuerza que no era la suya, y todas aquellas viandas ansiadas quedaron desparramadas por el suelo y tus ganas de llorar se transformaron en una sonrisa radiante, amplia, luminosa. Con calma te pusiste de pie, sorteaste el estropicio sembrado en el suelo con parsimonia y, triunfante, le dijiste a tu hermano querido: — ¡recoge y desayuna!