Certeza

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Autora: Cecilia Morales Calvo

Una profunda calma invadió mi alma al verlo a él, a mi marido, atravesar aquella puerta. Atrás quedaba mi vida, o mejor, veinte años de mi no vida, de mi negación e inexistencia. Atrás quedaban amaneceres umbríos a los que la luz se asomaba temerosa; noches interminables junto a una soledad que me acunaba sosegada; quedaban soplos de tiempo feliz y efímero, que escapaba ansioso buscando atmósferas más benévolas; sí, quedaban promesas y esperanzas despeñadas por la sima del tiempo, que no descansa. ¿Se devuelve lo no vivido? ¿Se recuperan los años sepultados? Ahora todo es duda e incertidumbre. La única certeza es que, tras el cierre de la puerta del crematorio, yo intentaría empezar a vivir.

 

Mi padre

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

El faro, situado en un acantilado, sobre un promontorio alto y escarpado, era visible desde 90 km a la redonda. Aquel mar, particularmente bravío, mostraba sus malos modos en forma de tormentas, galernas y temporales, que eran famosos en toda la región. Por eso el faro atendido por mi padre y anteriormente por mi abuelo, había salvado muchas vidas. Tenía una situación estratégica, allí en lo alto, poderoso y enhiesto. Yo, desde pequeño, aprendí a mirarlo con admiración y respeto.

Desde su base, había que subir 250 escalones, de día iluminados por las pequeñas ventanas abiertas en el torreón y de noche, con linterna. Mi padre es fuerte, fibroso, y sube los escalones con facilidad. Lleva 30 años en el oficio, desde los 22, cuando sustituyó a mi abuelo. Yo seré el sustituto de mi padre, porque me apasiona su trabajo y desde bien pequeño me ha ido iniciando en él. El panorama desde la terraza circular en todo lo alto es grandioso: por la izquierda, la costa acantilada se extiende hasta el horizonte, con entrantes, salientes y bruma al final. A la derecha, el mar inmenso y a la espalda, las cadenas montañosas y los vallecitos verdes y tranquilos.

Cuando se desencadena una fuerte tormenta, olas de más de 30 metros azotan la base del faro. Por la noche, los barcos a la deriva, zarandeados por el temporal, tienen en aquella luz su salvación. En efecto, llegan maltrechos hasta ella y se refugian en el recodo que hay a su derecha, donde una lengua de tierra se interna en el mar formando un rompeolas natural, con una pequeña ensenada de aguas tranquilas y sosegadas; nada que ver con lo que sucede un poco más afuera. En aquella ensenada está el puerto y detrás, el pueblo que se recuesta en la falda de un monte, cara al océano impetuoso, pero preservado de sus embates. Tiene unos 12.000 habitantes. Las gentes, contagiadas de aquella quietud, son pacíficas y solidarias. Esta solidaridad es común en los que viven cerca de costas acantiladas, propensas a accidentes marítimos: naufragios, pescadores que zozobran en sus pequeñas embarcaciones, barcos que no pueden dominar las olas y se estrellan contra las rocas, etc.

Quiero hablar ahora de mi padre, por el que siento un cariño sin límites. Es tímido y por ello le cuesta mostrar sus afectos, pero yo sé que en el fondo es tierno y sensible. Me lo demuestra en pequeños detalles: cuando me coge de la mano para subir los 250 escalones del faro; cuando arriba me asomo a la terraza y noto sus manos protectoras sobre mis hombros. También cuando yo era muy pequeño y entraba en  mi habitación y creyéndome dormido, me tapaba cuidadosamente. Mi madre, en cambio, siempre fue fría, nunca recibí una caricia ni una muestra de afecto de ella.

Mi padre y yo vivimos solos. Cuando yo tenía 8 años, mi madre nos abandonó. Decía que aquella vida de pueblo, con un marido que pasaba más horas atendiendo al faro que en casa, le era insoportable. Nunca he podido entender cómo se puede abandonar a un hijo de tan tierna edad. Las ausencias, cada vez más prolongadas de mi padre, he comprendido después que bien pudieran obedecer al poco calor de hogar que encontraba en la casa. De todas formas, el abandono de mi madre nos hizo mucho daño. Mi padre se volvió huraño y no quería contacto con nadie. Se volcó en mi cuidado, aprendió a cocinar y pasaba más tiempo en la casa. Al salir de la escuela, me llevaba al faro, contemplábamos el panorama, que a él le entusiasmaba, y dentro, me ayudaba a hacer los deberes y me enseñaba mil cosas sobre el mantenimiento del faro. De mi madre, nunca supimos nada, así que poco a poco, aquella herida se fue cerrando.

Vivíamos en la última casa del pueblo, junto a la empinadísima senda que en zigzag subía hasta el faro, distante algo más de 1 km. También se accedía por carretera, cuyo trayecto era más cómodo pero mucho más largo. Los días de tormenta y vendaval, subir por la senda tenía algo de heroico, azotados por la lluvia y el viento, que hacían la ascensión verdaderamente difícil.

Cuando yo tenía 14 años, una tarde, ya anocheciendo, estudiaba en mi cuarto de trabajo, desde cuyo ventanal se veía, allá lejos, en lo alto, el faro. De pronto noté como un fogonazo – había una gran tormenta – y vi claramente cómo caía un rayo sobre él. De inmediato se apagó su luz, la de nuestra casa y la de otras del pueblo. Me quedé unos segundos aturdido, pero reaccioné rápido. Mi padre estaba allí arriba, ¿qué habría pasado? Busqué a tientas un impermeable y una linterna y empecé a subir la cuesta. La oscuridad era absoluta; sólo los relámpagos me iluminaban el camino. Me costó llegar arriba porque el viento hacía casi imposible la subida. Penetré en el faro y ascendí con ayuda de la linterna los 250 escalones. Arriba estaba todo oscuro. El rayo había desconectado los aparatos eléctricos. Los conecté como pude y el faro empezó a lucir. Busqué a mi padre y lo vi al otro lado de la plataforma, en el suelo. Sin duda, la descarga lo había despedido. Le palpé el corazón y le latía débilmente. El teléfono no había sufrido desperfectos y llamé al hospital. Media hora más tarde, una ambulancia nos trasladó hasta allá. Mientras atendían a mi padre, me derrumbé en un banco de la sala de espera, angustiado. Por fin salió un médico y me tranquilizó:

– Tu padre está fuera de peligro. Ha recibido una descarga, pero su corazón es fuerte y en unos días podrá volver a su trabajo.

Nos enviaron a casa y lo cuidé hasta que se encontró con fuerzas para seguir con su rutina.

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Han pasado 18 años desde el accidente de mi padre. Me he casado y tengo dos hijos de 3 y 4 años. He formado una familia con mi mujer, mis hijos, mi padre y yo. Él, por fin tiene calor de hogar. Oigo las risas de mis hijos jugando sobre la moqueta del salón. Yo cuido el mantenimiento del faro, cosa que me entusiasma. Tengo muchos conocimientos de electrónica, que me ayudan en este trabajo.

Se ha hecho de noche. Mi padre, como siempre, sienta a los niños sobre sus rodillas, frente a la chimenea, y les cuenta historias sobre el faro. Esta noche toca lo que le ocurrió cuando era pequeño como ellos; estaba dentro del faro con su padre – mi abuelo – y los ametrallaron creyendo que hacían señales a los alemanes. Fuera llueve y el viento lanza ráfagas de lluvia contra los cristales. El salón está en penumbra; las llamas de la chimenea iluminan los ojos muy abiertos de los niños, que miran como hipnotizados a su abuelo. Mi mujer, que hace punto, deja de tejer y escucha atentamente a mi padre. Hay como una magia en el ambiente. Yo siento una emoción tan honda, que tengo miedo de romper aquella especie de encantamiento y poquito a poco, me voy retirando y entro en el cuarto de trabajo de toda la vida. Me acerco al ventanal. Los destellos del faro, al girar, llegan hasta mi cara. Me doy cuenta de este presente tan apacible y una calma intensa va invadiendo mi alma.

Miguelito, angelito.

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Autora: Elena Casanova Dengra

No quería hacerlo, sabe Dios que no era mi intención, pero la capacidad de aguante tiene sus límites y los míos son bien  estrechos. Así es cómo sucedió:

Después de una odiosa mañana en el trabajo a causa de una pelea con un compañero, de vuelta a casa me senté en la terraza de un bar  pensando que una cerveza  sería más que  suficiente para apaciguar mi ánimo y volver más relajada. Casi todas las mesas estaban ocupadas en un ambiente distendido. Me senté en una soleada esquina y  pedí al camarero una caña. Los primeros  sorbos me supieron a gloria y casi de inmediato olvidé rencillas y malas caras.

Súbitamente surgió de entre los coches, vociferando y arrastrando una pequeña bicicleta, un chiquillo de no más de siete años, algo desaliñado y  cara de pocos amigos.  Cuando pasó a mi lado, unos extraordinarios ojos azules,  vivaces y desafiantes,  se posaron en  mi mal disimulado fastidio cuando se sentó en  una mesa contigua a la mía. Junto a él lo hicieron  cuatro adultos también. Antes de dar un primer sorbo al zumo que había pedido con insistencia, ya estaba tumbado en el suelo entretenido con unos cochecitos; no aguantó demasiado tiempo en esa posición  y a los pocos minutos   arrastraba un diminuto camión alrededor y por debajo de nuestra mesas  con un agudo  y chirriante sonido que surgía de su garganta: “ Pi, pi, pi piiiiii”. No parecía importarle molestarnos con su juego, yo diría que incluso disfrutaba cuando alguien con mucho tacto y educación le pedía que jugara en otro sitio. Lo que no le gustó demasiado fue la actitud de un anciano que le exigió sin ningún miramiento bajar el volumen de su voz. Comenzó a  protestar como un poseso dando patadas nerviosas contra el suelo. La madre, que por fin pareció darse cuenta de lo que sucedía, le llamó la atención, —Miguelito, ven aquí angelito y deja de molestar a estos señores.

Pero el angelito no se daba por enterado, al contrario,  aceleraba el  ritmo de sus pies  por momentos y elevaba los decibelios de sus chillidos haciendo casi imposible la comunicación entre los clientes del bar.  —Miguelito, cielo, ven aquí cariño ­­—volvió a insistir la madre sin mucho convencimiento ya que estaba más interesada en los últimos chismes de los famosos que en el  concierto de su pequeño. El que parecía ser el padre tampoco insistió demasiado. Embutido en una camiseta del Barça, defendía con verdadero ardor a su admirado y venerado Messi. —Pobrecillo, él qué va a saber de las cosas del dinero, él solo sabe jugar al fútbol —escuché a pesar de la extraordinaria sinfonía con la que su amado querubín nos estaba deleitando.

Cuando se cansó de chillar, el crío se acercó a sus padres y, lanzando el camión contra el suelo, comenzó a llorar exigiendo una chuchería. La madre, diligente con su amantísimo pequeñín, sacó del bolso un chupachup y, quitando primorosamente el envoltorio, se lo dio a su cielo. Pero este se cubrió de nubes borrascosas cargadas de truenos y rayos que cayeron a un ritmo desorbitado. Junto con los berridos, de la boca de la celestial criatura manaban todo tipo de insultos y quejas: — marrana, tonta, a mi me gusta el de color rosa, yo quiero el de color rosa. Puta, el de color rosa—.. Inmediatamente y ante el desconcierto de todos, el padre miró con desprecio a la madre y, con desgana, se precipitó al quiosco más cercano y le trajo al niño media docena de caramelos de fresa.

La paz y el silencio duraron lo que tardó Miguelito en dar unos cuantos lametones a su golosina mientras pensaba que lo mejor sería visitar nuestras mesas para meter la mano en los platos. La gente, demasiado educada y con una paciencia excepcional, les ofrecía lo que les había servido el camarero antes de que el diablillo introdujese sus sucios dedos en la comida. Se metía el pan o los embutidos en la boca con verdadera codicia escupiéndolos acto seguido con cara de asco. Los padres, como su chiquitín ya no vociferaba ni emitía improperios de ningún tipo, continuaron a lo suyo, tranquilos por fin, al saber que su niño  estaba feliz.

Sobre mi mesa había un bol de frutos secos y cuando la pequeña criatura se acercó, hice de tripas corazón y, muy a mi pesar, le ofrecí un puñado de avellanas. Se las comió de un tirón tanto que yo temí que se atragantara, pero su faringe debía de tener unas medidas extraordinarias. Como la educación y la vergüenza no constaban en el protocolo de Miguelito, rápidamente lanzó sus zarpas ennegrecidas para coger más avellanas. De forma intuitiva le cogí las dos manos y casi grité un “no” rotundo y firme, cuya respuesta inmediata fue una patada en mis espinillas. La madre, muy ofendida con  mi negativa, se levantó bruscamente de la silla y con una voz pusilánime y desabrida me echó en cara mi falta de sensibilidad  mientras rescataba a su pequeño.

No fui capaz de aguantar más tiempo sentada en aquella mesa viendo semejante espectáculo. Para no esperar al camarero, me fui directamente a la barra a pagar la cuenta. También necesitaba un lugar donde respirar profundamente y  poder relajar todos los músculos de mi cuerpo, así que me refugié en el cuarto de baño. Misión imposible, tras la puerta, las patadas eran insistentes y  parecía que iba a derrumbarse de un momento a otro. La abrí con furia, esta vez el chiquillo no se iba a librar de un azote. Sin embargo, más hábil que yo, se escabulló y echó a correr por un pasillo y se encerró en lo que parecía el almacén de las bebidas.

Con un enfado de caballo, di media vuelta dispuesta a marcharme cuando vi una cuerda arrinconada en el suelo y enseguida supe qué tenía que hacer con ella. Cogí un extremo y lo até fuertemente al pomo de la puerta del almacén y el contrario lo anudé en un gancho de la pared tensando al máximo la cuerda. Apagué el interruptor que quedaba en el exterior dejando el escondite de mi amigo a oscuras. Cuando abandonaba el pasillo escuché con verdadero placer los alaridos de aquel pequeño monstruo. Gracias al cielo  se amortiguaban conforme me acercaba a la barra, el ruido de la televisión hacía casi imposible escuchar otro sonido. En la calle, los padres seguían disfrutando de sus encantadoras charlas sobre famosos y defraudadores. Conforme caminaba calle abajo hacia mi casa, por primera vez en todo el día, una intensa calma invadió mi alma.

 

El cirujano del tiempo

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Autora: Carmen Sánchez Pasadas

El relojero abrió la puerta del pequeño taller y se instaló tras la mesa de trabajo. Abrió el cajón donde guardaba decenas de relojes pendientes de reparar y sacó uno.

La luz de la lámpara cercana iluminó el escritorio, dejando en penumbra el resto de la habitación. Un paño suave cubría el tablero y varias herramientas minúsculas  alineadas esperando su turno.

Los dedos ágiles abrieron la tapa posterior del reloj, con la precisión del cirujano que secciona la cabeza del paciente enfermo. Analizó el mecanismo y descubrió el engranaje que había dejado de funcionar. Lo extrajo, estudió la zona dañada y tras limpiarla concienzudamente volvió a colocarlo en el cuerpo. Comprobó que encajaba perfectamente y el aparato recuperó el movimiento. Ajustó cuidadosamente la tapa tras el torso brillante y lo dejó reposando en el área de observación,  zona “ampliación horas de felicidad.”

Luego atendió al que descansaba al lado, reparado el día anterior. Comprobó que no se había restablecido. Lo trasladó de nuevo a su mesa y examinó detenidamente las agujas. Estaban temblando, pero no se decidían a avanzar. Tras estimar el esfuerzo que realizaban, determinó dejarlo en revisión, en el área “reducción del tiempo tedioso”, seguro que evolucionaría favorablemente en esta sala, donde la medición del tiempo, mucho más reposada, se ajustaría mejor a su agotada maquinaria.

Tras un descanso, el relojero volvió al cajón de su mesa y cogió el siguiente. Este ya había pasado por su taller en varias ocasiones. El pobre, con frecuencia, se desajustaba porque el dueño le transmitía su propia angustia. Los humanos no saben que los relojes perciben nuestro ánimo.

Hermano querido

tenedor-y-cuchilloAutora: Cecilia Morales

Cuando estabas a punto de meterte en la boca un poquito del  sabroso postre que había quedado de la noche anterior, apareció él, tu hermano, el que no perdona, el chivato, el que rápidamente fue a buscar a tu madre para gritarle: —¡ La niña se está comiendo los pasteles de ayer!

Te quedaste como una estatua de sal, o de azúcar, tiesa como un garrote: el trocito en la mano, la puerta del frigorífico abierta, como tu boca, que ya no sabía si comer o llorar o chillar; optaste por cerrarlas las dos, la puerta y la boca, dejarte caer en una silla, es decir, sentarte, y esperar a que viniera tu madre a recordarte otra vez la terrible prohibición, los alimentos no autorizados: no dulces, no comida a deshoras, no grasas, no patatas fritas, no galletas, no bollería, no chocolate, no churros, tu salud ante todo, ya sabes cuál es tu desayuno, fruta, leche desnatada con Cola Cao Cero y Fibra,  y dos tostaditas integrales con mermelada light de naranja amarga; a media mañana te puedes tomar otra fruta.

Sin embargo,  no fue tu madre la que llegó sino de nuevo tu insoportable e irritante hermano, el palo esquelético y zampabollos, ¿dónde echaba —te preguntabas— todo lo que engullía con esa voracidad inconcebible?, quien con su gula habitual, su glotonería sin fronteras, comenzó a prepararse un suculento desayuno con la intención de darse un atracón delante de tus propias narices, y ante ti empezó a desfilar aquello con lo que soñabas noche tras noche: el croissant, la mantequilla, el chocolate, el jamón y los embutidos, las galletas Príncipe, los huevos… Con una diligencia portentosa, sobre el mantel quedaron expuestos todos los manjares y, aunque dos brillantes lagrimones estuvieron a punto de rodar por tus mejillas, decidiste que no eran lágrimas las que iban a rodar esa mañana. Tras dejar caer en tu boca hambrienta el pedacito de pastel que aún tenías en la mano, esta, activada por un invisible resorte, agarró con determinación y brío  la esquina del mantel y, como si fuera un látigo, lo arrastró con una fuerza que no era la suya, y todas aquellas viandas ansiadas quedaron desparramadas por el suelo y tus ganas de llorar se transformaron en una sonrisa radiante, amplia, luminosa. Con calma te pusiste de pie, sorteaste el estropicio sembrado en el suelo con parsimonia y, triunfante, le dijiste a tu hermano querido: — ¡recoge y desayuna!

Dos realidades distantes y distintas

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Autor: Antonio Cobos Ruz

Nueva York, EEUU, un sábado cualquiera de un mes de junio, 8:30 de la mañana.

Linda Morrison, de seis años de edad, recibe el canto de cumpleaños de sus padres con un paquete de grandes dimensiones que contiene una muñeca gigante. La niña rompe el papel brillante de cualquier modo y abre la caja de diseño con expectación. Es una muñeca enorme, articulada, que habla y anda sola. Decepción: no es el modelo deseado.

La madre culpa al padre de haber escogido una muñeca equivocada. El padre se excusa en que ella no le dio bien los datos del modelo. La niña llora, los padres discuten.

Aleppo, Siria, un sábado cualquiera de un mes de junio, 2:30 de la tarde.

Amira Kawar, de seis años de edad recién cumplidos, rebusca con su madre y sus hermanas entre las ruinas de su casa, destrozada la pasada madrugada por un bombardeo fratricida.

La niña descubre, bajo una capa de polvo blanquecino, entre los cascotes y rotos bloques de cemento, el vestido rojo intenso de su muñeca preferida: la muñeca de trapo que le confeccionó su madre para su cumpleaños. La niña se ríe y da saltos de alegría sobre la ruinas de su casa. Todos se alegran.

Mi gran secreto

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Autor: Antonio  Méndez Vargas

Un precioso jardín con parterres muy bien cuidados, unas escaleras en forma de “Y” con peldaños de terrazo claro, siempre muy limpios, daban acceso a la casa madre del colegio de monjitas donde me crié, cuya fachada de albero mañanero alegraba el despertar de la multitud de pajarillos que allí vivían.

Un pilar de mármol blanco y de agua cristalina me daba los buenos días y en su interior y como queriendo pasar lista se cobijaba la tortuga con más malos gestos que he conocido.

Mi uniforme azul celeste con un cuello de plástico durísimo que hacía que se me saltaran las lágrimas todas las mañanas cada vez que su botón en forma de nuez acariciaba mi garganta, se conjuntaba con mis piernas llenas de cicatrices que mis pantalones cortos mostraban con orgullo. El brillo de los zapatos gorila que conjuntaba con el empedrado suelo de tierra y grava, parecía despedirse en el cancel de aquel colegio nada más pisar sus umbrales.

A partir de ese instante, y con mi sonrisa mellada, esperaba la tan manida oración matutina que, con risa burlona y agnóstica, pronunciaban Manuel y Trini, los caseros, meneando la cabeza al verme “veremos hoy lo que nos depara el día.”, pues su saludo ya denotaba que no esperaban mucho de mi comportamiento en la joven jornada ya que la vespertina me la pasaba castigado, fruto de mi frenética y, a veces, mi comprometida actividad.

Al fondo del jardín, una ermita, con una imagen preciosísima de Nuestra Señora de Fátima y una extensión de terreno cultivada y con dos vacas al lado de la misma, pintaban el perímetro de aquel mágico convento.

Sobre el mes de mayo y conmemorando la festividad de Nuestra Señora, las monjas organizaban una rifa benéfica. Los regalos eran cedidos por las familias y el día señalado, una merienda de bizcochos de soletilla adornaban el sorteo.

¡Qué gran secreto he podido guardar!

A mi abuela, señora de pelo blanco y mirada limpia y sufrida, le apasionaba un bolsón de color negro y con dos asas, bien fornido, que se encontraba entre los presentes. Aquel bolso podía servirle a ella para sus viajes de fin de semana, cuando se mudaba a casa de una de sus hijas.

Sin pensarlo más, y sabiendo que las tiras de números pegamentosos, del cero al doscientos, los tenía la hermana Natividad en una cestita de mimbre a la espera de ser vendidos a los asistentes, acudí sigilosamente y situándome al lado de su hábito me pegué a ella diciéndole: “Hermana, aquí estoy yo para ayudarle”.

No fiándose mucho de mi generosa predisposición quiso el destino ayudarme en esta ocasión, pues me situó al lado de la mesita con la cestita de mimbre y con la orden de que nadie tocara la misma. Sin más, arranqué no sé cuantos números y me los metí en el bolsillo. Qué alegría le daría a mi abuela si el bolsón fuera para ella. Tomé los trozos de papel amarillo numerados y sin desobedecer las órdenes de aquella castísima monja, los metí en mi bolsillo de pana. Al iniciarse el sorteo se los dejé a mi abuela en su regazo. Ella, me miró extrañado a lo que le dije que mi padre los había comprado.

A fecha de hoy nadie se percató: Llegó el momento del sorteo de los regalos, una señora muy señoreada iba pronunciando las bolitas extraídas del bombo.; evidentemente mi abuela levantó la mano. Que sensación de felicidad. No lo olvidaré jamás. “Uno de los números agraciados, correspondía al bolsón de asas negras bien curtido que mi abuela deseaba”.

Mentira, robo, prevaricación… imagino que más cosas que no recuerdo, pero que cara puso mi abuela cuando le entregaban el artilugio en cuestión.

Durante la fiesta, salí corriendo a aquella ermita en forma de gruta donde me aguardaba mi Madre de Fátima; estaba solo; me situé frente a ella con la cabeza cabizbaja. Sentí escalofrío; al instante, me sonrió.

Durante una semana, mi madre me observaba por las tardes, de una manera especial. Alternaba una tímida sonrisa con un gesto que me preocupaba. De hecho, visité la despensa en varias ocasiones y allí encerrado guardaba mi gran secreto. En la oscuridad de la alacena y con la atrevida ocurrencia de tomar prestadas algunas galletas para saciar mi estómago me acordaba de la gruta de Fátima y con los mofletes llenos de ilusión recordaba aquella sonrisa de la Gran Señora. Mi gran secreto me acompañaría hasta hoy.