España versus Cataluña

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Autora: Elena Casanova Dengra

Rafi se hallaba pletórica desde que se enteró que había aprobado las oposiciones a secundaria. Después de duros años de estudio y confinamiento, quería agradecer a sus amigos todo el  apoyo que había recibido para animarla a seguir. Como su cumpleaños coincidía en sábado, eligió ese día para compartir una agradable velada.

A las nueve de la noche nos citó en su casa con una “exuberante” cena a base de platos precocinados; Rafi no es muy amante de la cocina, pero aún así le agradecimos toda su buena voluntad. Con las bebidas triunfó: eligió las mejores cervezas y vinos que su diezmada economía fue capaz de alcanzar. Llegué la primera  con una caja de bombones y un ramo de flotes que adornó la mesa durante toda la noche. Minutos más tarde, aparecieron el resto de amigas y por último, los únicos chicos, Carles y Mariano. No pudimos ocultar nuestra sorpresa al ver colgadas  de sus cuellos sendas corbatas, una con tres franjas horizontales en amarillo y rojo, y la otra con rayas más pequeñas en vertical de idénticos colores. Nos reímos ante semejante ocurrencia imaginando que el toque irónico de su vestimenta se debía a las circunstancias  en las que se hallaba el país.  Pocas veces, desde que nos conocíamos, y ya iba para cinco años, habíamos hablado de política y si lo hicimos alguna vez,  de forma muy superficial. Pero no se conformaron solo con las corbatas, también traía cada uno una enorme tarta adornada en amarillos y rojos. «Excesivo» pensé, pero no llegué a darle mayor importancia.

Nos sentamos  a la mesa,  y lo que empezó siendo una  amena conversación y divertidas bromas entre un grupo de amigos, fue convirtiéndose, de manera muy sutil, en un cruce de acusaciones  entre dos grupos con unas firmes e irreconciliables convicciones ideológicas. En plena crisis de las elecciones catalanas, Carles, ondeando su corbata, defendía con uñas y dientes unas elecciones a todas luces ilegales. Por otro lado, Mariano, cogió la suya y se la ajustó la cabeza. Como un corsario empuñando un tenedor se subió a una silla y profirió, con la lengua pastosa después de varios vinos,  las bondades de un país unido  y la imposibilidad de dejar a un puñado de inútiles nacionalistas catalanes el derecho a opinar. Rafi, con toda la calma de la que fue capaz,  intentó mediar en las discusiones. Me uní a ella con el convencimiento, a priori, de que nada podía hacer entre aquellas personas totalmente desconocidas para mí. Miraba a Rafi con la impotencia de la derrota, y  no nos quedó otra que escuchar durante horas argumentos, expresiones y juramentos sólidos y taxativos,  todos ellos revestidos de una amalgama de colores que abarcaban desde el  amarillo al rojo pasando por todas las tonalidades anaranjadas.

Rafi, con cara de cordero degollado, retiró de la mesa platos y cubiertos sucios y descolocados. Me ofrecí a ayudarla puesto que nadie más lo hacía y, en honor a la verdad, quería huir de aquel antro de chillidos a modo de tertulia televisiva. Colocamos platos limpios y cucharas del postre, las copas y una botella de cava. Rafi sacó los postres con sus arrogantes banderas. Nadie nos hizo mucho caso, ni siquiera miraron los dulces ni la bebida, seguían enfrascados en sus dialécticas insalvables de toda lógica o razonamiento.

Agotadas, Rafi y yo  nos retiramos a la cocina con la botella de cava. Extendimos una toalla blanca en el suelo y nos sentamos. Llenamos hasta el borde dos vasos de plástico, encontramos una magdalena decrépita, dura y enmohecida en un armario; le colocamos un par de velas, las encendimos y cantamos un aciago cumpleaños feliz para terminar brindando por la negligencia de unos dirigentes  de un país que lleva  tiempo cayendo en el abismo y que parece no tener visos de salir a flote, reflejo de ello, lo teníamos a dos pasos, en nuestro comedor.

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El abrigo

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Allí estaba, colgado de una de las numerosas perchas en la sala de la Biblioteca Municipal. Su aspecto raído, astroso y pasado de moda, contrastaba con anoraks, forros polares, chaquetones o gabardinas, que a su lado tenían algo de lujosos. Los que colgaban sus prendas al lado, lo hacían con gesto de desagrado, procurando que no se rozaran con él. Aquel abrigo era el primero que aparecía colgado y el último que desaparecía.

Según se acercaba la hora de cerrar, chicos, chicas y gente mayor se iban levantando, se colocaban sus ropas de abrigo y salían a enfrentarse con la noche heladora, reconfortados por la buena calefacción de la Biblioteca.

Al fin, quedó sólo aquel abrigo. La encargada reparó en él cuando solo faltaban unos minutos para el cierre, ¿de quién era? La sala estaba vacía. De pronto, del último rincón, surgió la figura de un adolescente que se acercó a la percha; era un jovencito como de 16 años, muy bien parecido; alto, un poco desgarbado y con señales inequívocas de haber dado un estirón. En sus espléndidos ojos y en su rostro, por cierto sin acné, había una expresión seria, casi severa, impropia de su edad. Con evidente desgana, se puso el abrigo y de pronto, pareció empequeñecerse; en un gesto, por habitual, para él inadvertido, encorvó la espalda y se encogió como si quisiera disimular que la talla del abrigo era a ojos vista más pequeña que la suya: las mangas le quedaban cortas y no se lo podía abrochar. El estirón que él había dado no se le contagió al abrigo.

Alfredo salió; en los pasillos y fuera ya no quedaba nadie; eso es lo que él buscaba. Se sentía tan mortificado, tan humillado cuando lo miraban, que no podía soportarlo. Se estaba volviendo un ser solitario por culpa de aquel abrigo.

A paso rápido se dirigió a su casa, no porque le entusiasmara esa perspectiva; allí le esperaban dos hermanos de 7 y 10 años, revoltosos y gritones, un frío insoportable y una sopa de sobre. El frío de aquella casa, que se había apoderado de todos los rincones de forma pegajosa, duraba de octubre a mayo. La única calefacción era un brasero de ascuas que a su madre le daba por la mañana temprano un vecino panadero. Ella las hacía durar hasta la noche, apretándolas bien y metiéndolas bajo la mesa camilla; el único adorno que lucían por acá y por allá las faldillas, eran agujeros de quemaduras. Comían y cenaban con los pies medianamente calientes y la espalda aterida; por eso, las horas de clase en el instituto y de estudio en la biblioteca le eran necesarias a Alfredo para desentumecer sus huesos.

Viernes. En el portal, un letrero: “Recogida de ropa usada”. Salió hacia el instituto sin reparar en él. Llevaba puesto el abrigo; como si de éste se desprendiera un maleficio, el muchacho se sintió atrapado por pensamientos negativos. A medida que el abrigo se deterioraba, también lo hacía su carácter. Eran ya tres años usándolo y cuando llegó a él ya estaba ajado; y así, ¿hasta cuándo?

   Entró rápidamente en el instituto con aquella prenda bochornosa al brazo. Sin pararse con nadie, rehuyendo a sus compañeros, entró en su clase, puso el abrigo en el respaldo de la silla, se estiró y recobró su estatura. Su autoestima y su aplomo aumentaron también; no en vano era el alumno más destacado de su curso. Esto lo hacía feliz, no por vanidad, sino por no sentirse marginado.

Mientras entraban los demás, recordó que al día siguiente sábado y el domingo, le esperaba el trabajo duro de un bar, de la mañana a la noche. Ventajas: aquel dinerillo, más las propinas, se lo daba íntegro a su madre y remediaba en parte la situación de ésta, que sólo contaba con lo poco que le daban por limpiar las escaleras de los cinco pisos y el portal. Su marido trabajaba fuera, pero no enviaba dinero. Alfredo, además, contaba con dos comidas abundantes a la semana en el bar, que habían propiciado su estirón; el dueño, que era buena persona, le daba las dos noches un tupper con cena para su madre y sus hermanos. Esto hacía que se desviviera por cumplir bien con su trabajo.

Este viernes, al salir de la biblioteca, quiso recoger algún cartón para tres cristales rotos que había en su casa. Se dirigió al supermercado del barrio y de lejos le llamó la atención algo insólito que hasta entonces no había sucedido: junto a los tres contenedores de alimentos caducados, una gran cantidad de gente vociferante, se agolpaba hurgando en ellos y sacando productos que metían en bolsas, no sin antes recibir manotazos y empujones de los que querían arrebatárselos. El espectáculo era deprimente y penoso. Retrocedió y salió corriendo. Se sentó en un parque aturdido y confuso por lo que había visto. El frío le hizo levantar y se dirigió a su casa. Al entrar en el comedor, oyó a su madre en la cocina; sobre la mesa, ante el regocijo de sus hermanos, vio varias latas de conserva, dos barras de pan, tres cartones de leche y unos cuantos yogures. Miró todo aquello como hipnotizado. Entonces…, su madre… Entró en su dormitorio y, sin encender la luz, dejó la mochila en el suelo y apoyó las manos y la frente en la pared. Un dolor lacerante le quemaba por dentro y la vergüenza le acaloró el rostro. Permaneció así un rato y al fin dio la luz. Algo que había sobre la cama le llamó la atención; se acercó y contempló asombrado un anorak de su talla, seminuevo, bien forrado y con capucha. Durante unos segundos quedó inmovilizado. De repente, se tendió sobre el anorak y lloró, lloró largamente hasta que su corazón se sintió aliviado. Luego se quedó dormido, agotado por tantas emociones y no notó la entrada de su madre con la manta de su cama bajo el brazo, que le quitó los zapatos, le echó la manta por encima, apagó la luz, y salió con todo sigilo.

 

Una menos

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Autora: Elena Casanova Dengra

Cinco años cacareando como un papagayo los temas a las oposiciones de judicatura para ser incapaz de ver en los ojos de aquella mujer hundidos en la miseria,  la desesperación y el terror que le causaba aquel señor de traje oscuro…

A la mañana siguiente el portero limpiaba trabajosamente y rodeado de curiosos el charco de sangre y sesos femeninos esparcidos en la calzada.

En la consulta de oftalmología (tres relatos cortos)

 

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

 Relato I

Dos señoras de unos ochenta años, esperan en la salita contigua a la Consulta de una Oftalmóloga; ambas van a operarse de cataratas.

Las dos señoras, de edad muy similar – hemos dicho de alrededor de ochenta años – son sin embargo de apariencia y personalidad bien diferentes. Teresa es delgada, con aire moderno y desenvuelto; lleva el pelo canoso, corto y peinado con estilo; las ropas son sobrias pero elegantes y toda su persona desprende seguridad.

La otra señora es una monja, Sor Tránsito, muy voluminosa, con aire tímido, mirada huidiza y dando señales inequívocas de estar incómoda.

De pronto, se abre la puerta que da a la Consulta y sale una enfermera que, con ademanes muy resueltos, les dice:

  • “Desnúdense; quédense en bragas”

Teresa empieza a desnudarse. La monja se pone pálida, mira aterrada a la enfermera y con voz temblorosa se atreve a decir:

  • “Yo no puedo hacer eso. Dígaselo a la Dra., por favor”

La enfermera entra en la Consulta y al momento vuelve a salir:

  • “Dice la Doctora que aquí todo el mundo es igual. Desnúdese”

Sor Tránsito replica temerosa:

  • “Entonces me voy; no me opero”

La enfermera la coge del brazo y con maneras algo más suaves, le dice:

  • “Mire, ha esperado usted varios meses y ahora tiene la ocasión de operarse; no la desperdicie”

La monja titubea y al fin, se va a un rincón y empieza a desnudarse de espaldas.

La enfermera aparece con dos batones verdes, que ambas señoras se colocan, con evidente alivio por parte de Sor Tránsito.

 Relato II

Unos días antes, en la misma salita de la misma Consulta. Esta vez hay varias personas esperando.

Sale la enfermera y dirigiéndose a una de las señoras que esperan, le dice:

  • “Será usted la primera en operarse; ya sabe que le toca el ojo derecho”

La señora, que está sentada, se levanta como movida por un resorte y replica:

  • “No, perdone, me toca el ojo izquierdo; el derecho es el que me operaron el año pasado”

La enfermera, un poco molesta por aquella réplica, repite:

  • “Aquí, en el ordenador, dice que el ojo operado el año pasado, fue el izquierdo; está bien claro”
  • “El ordenador dirá lo que quiera; mejor que yo, no va a saber qué ojo me operaron y recuerdo perfectamente que fue el derecho. Haga el favor de decirle a la doctora que salga”

La enfermera entra en la consulta y sale con la Doctora.

La señora se dirige a ella en tromba:

  • “¿Me recuerda usted?”
  • “La recuerdo perfectamente y también recuerdo, como dice el ordenador, que le operé el ojo izquierdo”
  • “Pues yo le digo que tanto el ordenador como usted, están equivocados. Me operó el ojo derecho. ¿Cómo no me voy a acordar? Así que por mucho que se empeñe no me va a operar el mismo ojo. Me voy”

Y muy digna, ante el asombro de todos los que presenciaban aquella escena surrealista, salió de allí a grandes zancadas y con la cabeza muy alta.

 Relato III

Seguimos ante la misma Consulta de la oftalmóloga. Varios pacientes esperan entre las señoras hay una muy parlanchina que está empeñada en explicar, de manera pormenorizad, el opíparo desayuno que ha tomado antes de venir:

  • “Tenía hambre y me he preparado tres tostadas con aceite y tomate, un vaso de zumo de naranja y un tazón de café con leche ¡Qué rico me ha sabido todo! Me he quedado como nueva”

Los pacientes que la escuchan y que están en ayunas, notan como los jugos de sus estómagos se revolucionan.

Una enfermera que ha oído casi toda la descripción, la mira con asombro y le dice:

  • “¿Usted ha venido a operarse?”
  • “Claro, a eso he venido”
  • “¿Y no sabe usted que hay que venir en ayunas?”
  • “No, no lo sabía”
  • “Pero ¿cómo no lo va a saber si es lo primero que advertimos? A ver, los demás ¿están en ayunas?”

Todos, en catarata, contestan:

  • “¡Siiii…!
  • “¿Lo ve usted? Ya no puede operarse puesto que ha desayunado”

La señora, mohína y avergonzada, con la cara roja abandona la consulta.

Diario de una cochinilla

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

DSC_0002 (2)Es posible que no sepáis nada de mí. Antes de mostrar este diario os diré que soy un parásito que forma plagas y que atacamos sobre todo a los cítricos, o sea, a los limoneros, naranjos y mandarinos. Nos gusta mucho chupar su savia. Entre los humanos no tenemos buena prensa, porque hacemos que las hojas sufran malformaciones y se pongan amarillas, que la planta crezca menos y que el fruto disminuya. Daños colaterales, digo yo. Todos tenemos derecho a vivir, ¿por qué, si no, nos ha creado la Madre Naturaleza? Las cochinillas somos muy solidarias con pulgones, hongos, hormigas, moscas blancas, etc. Les ayudamos a vivir. Esto tampoco lo entienden los humanos y nos combaten con verdadera saña, ¡qué cerriles!

Para explicaros cómo es mi día a día, he escrito una especie de diario. Lo comencé en abril:

4 de abril de 2017: Este año, la primavera está por demás cambiante: a días calurosos como los de verano, suceden días muy frescos. Estoy instalada, desde hace dos años, en el huequecito que forma un repliegue de la corteza de un mandarino, que aunque está en una maceta – grande desde luego – ha alcanzado una envergadura de metro y medio. Me conviene que siga creciendo y echando brotes, porque así nos camuflamos mejor; para que se note menos nuestra presencia, procuramos no dañarlo demasiado, así que frenamos las ansias de chupar la savia (que, por cierto… ¡qué rica está!) Gracias a este refugio, he podido pasar dos inviernos resguardada del frío, de la lluvia y del viento, y en verano del sol, que nos sienta muy mal. También he aguantado impertérrita algo peor: las ráfagas mortíferas que la dueña de esta terraza nos ha enviado varias veces. Esta señora, vieja, gorda, renqueante y malencarada, nos obsequia de vez en cuando con este regalo envenenado: un producto letal que atenta contra nuestra integridad física; ha causado una verdadera mortandad entre mis compañeras, pero yo me he librado hasta ahora. Este año he notado que la señora sale menos a la terraza; cuando lo hace, apoya sus andares vacilantes en un bastón; no deja de escudriñar entre las plantas, así que sigue siendo un peligro.

5 de abril. Por esta terraza pasan de vez en cuando amigas de la dueña. Cuando vemos que la barre (en general está bastante descuidada) intuimos que habrá visita. Suele venir una tal Rafi, que se la ve muy afectuosa y parece que es la que le regaló el mandarino. A veces trae macetas que yo llamo promiscuas, pues sean grandes o pequeñas, siempre tienen varias plantas en la misma maceta: trébol, geranios, lirios, acanto, cactus… Desde mi atalaya veo las luchas sordas entre ellas para sobrevivir; algunas dejan la vida en esas lides; otras aguantan como pueden. Hay un geranio con las flores color malva, que ha triunfado siempre y se ha hecho dueño de una maceta, en pugna con un lirio que resiste el cuerpo a cuerpo. El geranio ha crecido desmesuradamente. Me cae mal porque sus tallos se han hecho muy leñosos y mis amigas las maripositas taladradoras no pueden hincarle el diente. El lirio, este año, ha tenido la osadía de florecer. La señora se sentó frente a él con un bloc y empezó a hacer en él como signos. Llena de curiosidad, di una volada y vi que estaba trasladando el lirio al papel, con todo su colorido. Caprichos de una persona extravagante.

6 de abril: Esta tarde ha pasado por aquí otra de las amigas de la señora. Es joven, sonriente, guapa y con unos labios muy rojos. Se llama Elena. Siempre que viene, como hace también Rafi, se asoma a la terraza. El año pasado recuerdo que se llevó varios tallitos de geranio, pero este año no muestra interés por esa planta. La señora le ofreció un té y Elena le dio unos libros. También a Rafi le suele poner té, sobre todo cuando aparece con unos roscos que hace y que a la señora le gustan a perder, pero reniega porque engordan. A través de los cristales veo el azúcar que los recubre y se me hace la boca agua.

7 de abril: Hoy ha tocado una amiga nueva. Parece bastante amable. Se llama Mari Carmen y se ha llevado un montón  de escritos de la dueña de la casa. Se los va a encuadernar. No entiendo en qué consiste eso. Los ha mirado detenidamente y los ha colocado con una meticulosidad que da a entender lo perfeccionista que es. No ha querido té. Al rato de irse ha llegado otra amiga, también nueva para mí. Es juvenil, pizpireta, delgada y con estilo. Parece que se llama Rosa y le gusta escribir. La señora la ha animado a formar parte del grupo que hace relatos. Todas estas amigas de la señora parecen personas bondadosas, educadas y encantadoras, ¿cómo es posible que tengan amistad con una mujer tan sádica, tan pérfida y tan desalmada?

8 de abril:Por los indicios, he deducido que la señora se va 20 días fuera esta tarde, ¡qué alivio! Esta mañana ha aprovechado para buscar entre las plantas “habitantes” indeseables, como ella los llama: saltamontes, pulgones, caracolitas alargadas, hormigas, cochinillas. Tiemblo cuando noto en su actitud ese afán depredador, cuando veo en su mirada ese odio llameante que presagia una catástrofe para nosotros.

Comenzó buscando caracolas. Se refugian en las macetas, bajo las plantas, buscando el frescor y la humedad. La “caza” ha dado positivo y echó al suelo un montón, que luego pisó sin piedad. Desde mi refugio observé las vísceras retorciéndose y me dieron ganas de llorar. También pisoteó varios saltamontes que encontró desprevenidos. Al mandarino le hizo una revisión superficial, porque el genocidio de caracolas la ha dejado exhausta. Por la tarde… ¡se ha ido, menos mal!

9 de abril: Me he apresurado a mandar un mensaje telepático a mis compañeras de allende los mares, para que vengan a tomar posesión de este mandarino. Ha echado brotes nuevos y hay sitio para todas. No debemos ser egoístas.

11 de abril: Han llegado cientos y se han instalado con comodidad. Se han puesto ciegas de chupar savia. Las he dejado saciarse porque traían hambre atrasada. Ya las pondré al tanto de las restricciones en el chupado. El resto del día lo han pasado durmiendo. La travesía del Estrecho y sobre todo del Parque de Doñana, ha sido dramática. Las que estaban extenuadas se han posado en las hierbas de la marisma e inmediatamente han sido devoradas por las aves hambrientas.

12 de abril: Hoy toca que un compañero venga a fecundarme. La última vez lo noté un poco frío, así que he preparado un lugar confortable, para que esté contento. Tengo verdadera ilusión por este “vis a vis”. Somos muchas hembras y él elige a las más vistosas. Me he maquillado y he ahuecado mi parte algodonosa para que se encuentre blandito y cómodo en el momento álgido, ¡qué emoción!

13 de abril: ¡Ha pasado de mí! ¡Me ha humillado eligiendo a otra cochinilla más joven! ¡El muy estúpido, el muy majadero, el muy creído! Estoy terriblemente deprimida, ¡qué asco de machismo! Yo creo que aún estoy de buen ver. Procuraré atraer a otro, aunque no sea un macho “alfa”.

14 de abril: Una macetita con preciosos tulipanes que a la señora le entusiasmaba, ha perdido sus flores. Por lo visto se la envió Patro, otra amiga que tiene una casa con jardín. Me alegro del berrinche que se va a llevar cuando regrese. Me dan ganas de abrirles los ojos a estas amigas, Patro, Rafi, Elena, Rosa y Mari Carmen para que no se dejen engañar. Hipócritamente, la señora se hace de mieles con ellas, pero con nosotros no tiene entrañas, o sea, que carece de sensibilidad.

15 de abril: La temperatura sube y pronto superará los 20 º. Avisaré a las maripositas taladradoras de los geranios para que se preparen.

16 de abril. La voracidad de mis compañeras del Sur nos está poniendo en peligro. Son insaciables. El mandarino amarillea y la señora se va a dar cuenta. No puedo con ellas. Cría cuervos…

28 de abril: He pasado varios días sin nada importante que reseñar. Hoy se acaba lo bueno.

Ha llegado la señora con un hijo, una nuera y un nieto muy espigado de 14 años. Han salido todos a la terraza y mi corazón se ha llenado de zozobra. Han piropeado al geranio de color malva y después han entrado en el salón.

Mientras la señora preparaba algo de merienda, el nieto, al que llaman Arturo, se ha sentado en plan mimoso junto a su madre en el sofá, con los ojos entrecerrados, mirando sin mirar, pensando sin pensar y soñando sin soñar… ¡Ay, estos adolescentes humanos! Otro nieto que viene con frecuencia y que se llama Julio, se suele sentar despechugado en la terraza a tomar el sol; es mayor que Arturo y tiene barbita. También entrecierra los ojos y dice:

– Abuela, ¡qué bien se está aquí!

Después de la merienda, los viajeros siguieron hacia Úbeda, donde viven.

29 de abril: Mis temores se confirman. La señora ha salido bien temprano a la terraza con las intenciones más siniestras y sin bastón, o sea, que trae energías renovadas. Después de mirar atentamente al mandarino, ha entrado en el salón para coger el pulverizador asesino, ¿qué va a ser de nosotras? ¿Podré seguir con el diario?

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Las mariposas taladradoras han intentado conectar con la cochinilla, pero ha sido en vano. Se temen lo peor, ¿cómo sabrán ahora la temperatura de esa terraza y su situación? ¡Qué desastre! ¡Qué mala suerte!

Amor de madre

 

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Autora: Inmaculada L. Melguizo

Soy Ana, madre soltera estresada de una niña hiperactiva de cinco, Violeta.

Podría decirse que trabajo para un ser diminuto que con seis kilos y setenta centímetros monopoliza mi vida. Todo gira en torno a crear las condiciones perfectas para su desarrollo físico y emocional. Eso sin contar con el asesoramiento a tareas y asegurar su asistencia a innumerables actividades extraescolares.

Mi expareja, un director alemán de orquesta y profesional en sacarme de quicio, reside en Madrid. Pero en la distancia organiza la agenda de nuestra mini Merkel. Se empeñó en matricularla en una escuela de música y por supuesto sugirió  la percusión ¡cómo no! y que  la niña fuera políglota. Gracias a su brillante idea tengo convalidado cuarto de tortura auditiva y reacciones de mala madre acumuladas como para unas siete vidas. Reconozco con desdicha que no ha heredado el oído paterno sin embargo sí su habilidad para perturbarme en al menos ya dos idiomas.

Como cada día de mi existencia, Violeta es prioridad. Así que ese día contaba con diez minutos de parada técnica en boxes para prepararme antes de acudir a mi visita anual al ginecólogo. Me aseé como pude en el bidé y me fui directa a la consulta. Una vez allí, me acerqué tímidamente a ese sillón ginecológico de reminiscencias inquisitoriales.

—Ponga aquí sus piernas —dijo la enfermera señalando una especie de grilletes de metal tan fríos como incómodos— Y  desplácese hacia abajo, al filo.

Nada más levantar mi  bata la reacción del doctor no se dejó esperar.

—¡Dios bendito! Es la primera vez que vez que veo a alguien tan cuidadosamente preparada-comentó con tono jocoso.

Dada la edad del doctor y que me había hecho una depilación integral  no le di mayor importancia. No obstante, con cierta incomodidad pregunté si todo estaba bien.

—Nada, nada, tranquila. Relájese  que la veo muy nerviosa y para la citología su cuello uterino parece habérsele ido a la garganta.

—Normal, doctor. Tengo una hija de cuatro años hiperactiva, soy madre soltera y he tenido que hacer malabarismos para poder venir aquí. ¿Cómo quiere que esté? —dije conteniendo las lágrimas.

 —Tranquila, todo está bien. Solo que en cuarenta años de profesión nunca me he encontrado algo así. Descuide, todo está bien.

La exploración acabó sin más incidentes. No obstante,  al llegar a casa y sentada en el inodoro cogí un espejo y lo dirigí a mis partes íntimas tratando de escudriñar alguna razón para su comentario. No me pregunten cómo, pero mis genitales estaban decorados con  purpurina y estrellitas. Avergonzada traté de reconstruir la escena. Busqué a la culpable  y allí en el  toallero mirándome con cierta sorna estaba la toalla. Violeta la habría utilizado  para limpiarse sus manos después de las tareas escolares de Navidad y yo no me había percatado de nada.

Así que ahora  para la Seguridad Social soy Ana, madre soltera estresada, sin tiempo para respirar pero que adorna con estrellitas sus genitales antes de ir al ginecólogo, así  como si nada… por el simple gusto de sorprender.

En un pueblo andaluz


Autor: Antonio Cobos Ruz

A mis amigas Rafi y Patro

Dos abuelos se pasean por un camino recién arreglado por el ayuntamiento, en el que han sembrado margaritas que se esconden avergonzadas, y alargan sus cuellos entre las hojas, abriendo sus ojos de par en par, para observar a los escasos viandantes  con sorpresa.

-Yo no quiero morirme muy tarde, porque si te quedas de los últimos… no va nadie a tu entierro.

-¡Joder! ¡Que tonterías dices! Pues a mí no me importaría deciros adiós a ‘tós’. Pasaré el mal rato y me apañaré como pueda.

-Eso lo dices de boquilla… ¡Me cago en diez! ¡Qué pronto se ha ido Juan!

-¡Sí que se ha ido ligero! ¡Con noventa años! ¡En la flor de… la vejez!

-¡Era un cachondo! ¿Te acuerdas de aquella vez, cuando éramos muchachos y nos quedamos tomando cervezas con el bar cerrado y llegó la guardia civil…?

 Los dos ancianos regresaban de darle la despedida a un amigo común en el cementerio municipal, situado apenas a medio kilómetro de las últimas casas del pueblo. Era un camino que habían recorrido cientos de veces desde que eran chiquillos y, como en todas las ocasiones anteriores, rememoraban la fecha del uno o del dos de noviembre cuando acudían a ver el ambiente del día de los muertos, siguiendo la tradición popular y persiguiendo a la pandilla de las niñas, con los bolsillos del abrigo llenos de castañas calientes y paseando su recién estrenada ropa para la temporada de invierno. Iban ambos recordando anécdotas del pasado y haciendo recuento de los que ya habían emprendido su último viaje, cuando alcanzaron las primeras viviendas de la población. En el bar de las Cuatro Esquinas, un amigo común de los dos ancianos, se dirigió a uno de ellos.

– ¡Eh, tú, ‘aviaor’!, que ha ‘pasao’ tu mujer y ha dicho que hoy no te quedes en el bar, que te toca aviar la ‘comía’.

El aludido, se quedó callado unos segundos, esperando encontrar las palabras adecuadas para contestar a su condenado amigo, que aprovechaba la mínima ocasión para gastarle una broma a quién se le pusiera por delante.

– Oye -reaccionó-, me han ‘dao’ recuerdos ‘pa’ ti en el sitio del que vengo, y me han dicho que te están haciendo un ‘lao’, pues alguien que sabe de eso les ha dicho que no te falta mucho. Cuentan que se está muy bien allí, ‘tumbao’ ‘to’ el día.  Digo yo, que eso no tendrá relación con que el ‘aviaor’ se va a subir al bombardero y te va cubrir de bombas, y si no quedan bombas, con piedras, que te voy a enterrar a ‘pedrás’.

– ¡Uy, que miedo! ¿A ver, a ver? –y poniendo el oído para adentro del bar y simulando que escuchaba a alguien, añade- Oye,  perdona, que ha ‘sio’ una confusión, que era la mujer de otro.

Una señora, conocida de todos, que pasa por la esquina y escucha la conversación, y que no suele tener pelos en la lengua, interviene:

-Menuda ‘partía’ de flojos. Sois ‘tos’ unos machistas. Teníais que haber ‘nacío’ ahora y haber ‘dao’ con las mujeres de hoy día, que ibais ‘tos’ a estar preparando el puchero. Tenía yo que haber ‘venío’ al mundo en estos tiempos.

– Es verdad, doña Tránsito –dijo el más graciosillo de todos- que desde que vino usted al mundo en el siglo ‘pasao’ hasta ahora, ya han ‘transcurrío’ unos añitos, que más que de tránsito parece que vino usted ‘pa’ quedarse ‘pa’ siempre.

– ¡Pues tengo menos años que tú! –dijo la sin pelos en la lengua, algo picada- que ya lo único que tienes duro entre las manos es la gancha en la que te apoyas.

– ¡Bueno, bueno! –intercedió un tercero- ¡Qué tenga buenos días doña Tránsito! Y no se demore usted que se le van a pegar las lentejas.

– ¡Me voy si quiero, que la calle es libre! Pero no te preocupes que ya no pierdo más el tiempo con vosotros, que entre ‘tos’ no tenéis lo que debíais tener para meteros con una mujer algo madura pero con dos ovarios como dos camiones.

 Los hombres optaron por callarse y la mujer siguió despacio su camino con su cesto en el brazo y balanceándose de un lado a otro a causa del maldito dolor de las rodillas.