Paseo de los tristes

Paseo los tristes. Juan Vida_

Paseo de los tristes de Juan Vida

Autora: Elena Casanova Dengra

En esa hora en la que el silencio envuelve los cuerpos y los fantasmas arrastran sus pesadas  cadenas a través de las sombras, la parturienta rompe la quietud de la noche por los intensos gritos a causa de los dolores que brotan de sus entrañas. Conforme se acerca la hora de la llegada de su primogénito, las contracciones son más frecuentes e intensas.  Rodeada de cinco mujeres,  es la matrona quien  da las órdenes y permanece junto a la madre primeriza, intentando calmarla con todos los trucos que conoce en todos sus años de experiencia. El cansancio es patente y la oscuridad que se distingue a través del gran ventanal lo  multiplica.

Mientras, en la calle, el tiempo discurre tranquilo, pesaroso. El cielo va borrando cualquier indicio de claridad y el crepúsculo desciende extendiéndose por todos los rincones y traspasando pasajes. Desde el puente se escucha el calmoso discurrir de las  aguas invernales del río Darro. Hace frío y las aceras,  inundadas de vacío, silencian cualquier indicio de vida. La única nota que revela actividad humana es la luz de un  ventanal en cuyo interior un grupo de mujeres se preparan para el nacimiento de una vida. El edificio que la rodea se agita sabedor del gran acontecimiento doblando sus paredes en señal de acogimiento a la nueva existencia.

Pasada la medianoche, una cabeza asoma de entre las piernas de la mujer, y se visibilizan  caras de sorpresa cuando el bebé cae en las manos de la partera. La madre apenas tiene fuerzas para preguntar, quiere ver a su hijo e intenta incorporarse, pero  no se lo permiten. Cuando limpian con un paño el frágil cuerpo del recién nacido, perciben que su cabeza queda demasiado grande en relación con su cuerpo. La piel pegajosa es lisa, delgada y brillante, y a través del color violáceo se puede apreciar fácilmente algunas venas; es una piel transparente y con mucho vello. Su llanto, apenas perceptible, parece  agotarse por el ritmo de la respiración agitada. Imposible verle los ojos que parecen sellados.

Se abre la puerta de la alcoba y entra el señor, alto y fuerte, exigiendo a las mujeres que le enseñen a su hijo. Estas le acercan con recelo el pequeño bulto que apenas cabe en una mano. El hombre mira con desprecio el cuerpo y con un gesto agrio y resolutivo lo oculta con el trapo. En un rincón, lejos de la madre, habla con la más anciana de las mujeres, ordenando que saque de su casa de manera inmediata  aquel engendro de la naturaleza para deshacerse de él.

Con la criatura en su regazo, la anciana sale al flemático frío de la noche y se dirige calle abajo  camuflándose en las tinieblas mientras el río le extiende sus brazos y susurra a media voz una nana.

Una copa en Phillies

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Nighthawks de Edward Hopper

 

Autor: Antonio Cobos Ruz

A lo largo del día, una continua cadena de personas hormigueaba desde un extremo a otro de una distinguida calle, comercial y bulliciosa. Los vehículos, a velocidad reducida, avanzaban en ambas direcciones haciendo resonar sus cláxones ruidosos cuando parecía ineludible el atropello de un peatón, ajeno a su imprudencia. En esas horas, en Phillies, dos filas de clientes apurados se disputaban, circundando la barra, un imprescindible café con impaciencia, para seguir afrontando la ajetreada vida de la Gran Manzana.

A última hora de la tarde, la registradora de la tienda de enfrente recogía las ganancias del día, clausuraba su caja y cerraba con llave la puerta de un establecimiento solitario y oscurecido. En pocos minutos, el panorama callejero quedaba completamente despejado y la luz desbordante de la cafetería comenzaba a adquirir un protagonismo exterior, inexistente durante la anterior parte del día. La amplitud de sus cristaleras y la intensidad de su desbordante luminosidad inundaban unos espacios vacíos, envueltos en penumbra, en ese barrio financiero de New York, en el que no  permanecían abiertos muchos establecimientos a esa hora.

A pesar de su profusa iluminación, la clientela nocturna de Phillies solía ser exuberantemente escasa, y casi, se reducía, a algún exiguo personal de paso. Y en aquellas horas profundas de la parte oscura del día, era raro que recalaran allí, noctámbulos, insomnes, o halcones de la noche. En esa fecha, en concreto, recuerdo que mientras tomaba un whisky rebajado, ensimismado en mis problemas y de espaldas a la calle, entró una pareja que se situó en silencio frente a mí, y que tras la breve petición de dos cafés por parte de aquel hombre de nariz afilada, continuó callada indefectiblemente.

Durante horas, nadie más entró en Phillies y no existió palabra cruzada alguna entre aquellas dos personas taciturnas. Él, jugueteaba con un cigarrillo entre su dedos y ella, movía algún papel verdoso entre los suyos, algo que bien podría ser un billete de papel moneda, o el ajado tique de un espectáculo concluso. Dialogando con mi whisky y mis problemas, concluí que aunque mi soledad era ciertamente dolorosa, era mucho peor una incomunicación acompañada, y por primera vez, comprendí, el acierto de mi esposa, al decidir marcharse de casa, para que cada uno de nosotros viviéramos por nuestro lado, con nuestra soledad a solas.

Dejé de beber, duermo mejor y he conocido a un grupo de personas a las que me encanta hablarle y a las que me extasía escuchar. Me va mejor en el trabajo, y a ratos, me parece que casi entiendo, lo que significa ser feliz. Gracias a aquella silente pareja, que entró en escena con la intención de quedarse, salí del cuadro de Hopper y abandoné para siempre su Nighthawks.