El cirujano del tiempo

preloj

Autora: Carmen Sánchez Pasadas

El relojero abrió la puerta del pequeño taller y se instaló tras la mesa de trabajo. Abrió el cajón donde guardaba decenas de relojes pendientes de reparar y sacó uno.

La luz de la lámpara cercana iluminó el escritorio, dejando en penumbra el resto de la habitación. Un paño suave cubría el tablero y varias herramientas minúsculas  alineadas esperando su turno.

Los dedos ágiles abrieron la tapa posterior del reloj, con la precisión del cirujano que secciona la cabeza del paciente enfermo. Analizó el mecanismo y descubrió el engranaje que había dejado de funcionar. Lo extrajo, estudió la zona dañada y tras limpiarla concienzudamente volvió a colocarlo en el cuerpo. Comprobó que encajaba perfectamente y el aparato recuperó el movimiento. Ajustó cuidadosamente la tapa tras el torso brillante y lo dejó reposando en el área de observación,  zona “ampliación horas de felicidad.”

Luego atendió al que descansaba al lado, reparado el día anterior. Comprobó que no se había restablecido. Lo trasladó de nuevo a su mesa y examinó detenidamente las agujas. Estaban temblando, pero no se decidían a avanzar. Tras estimar el esfuerzo que realizaban, determinó dejarlo en revisión, en el área “reducción del tiempo tedioso”, seguro que evolucionaría favorablemente en esta sala, donde la medición del tiempo, mucho más reposada, se ajustaría mejor a su agotada maquinaria.

Tras un descanso, el relojero volvió al cajón de su mesa y cogió el siguiente. Este ya había pasado por su taller en varias ocasiones. El pobre, con frecuencia, se desajustaba porque el dueño le transmitía su propia angustia. Los humanos no saben que los relojes perciben nuestro ánimo.

Hermano querido

tenedor-y-cuchilloAutora: Cecilia Morales

Cuando estabas a punto de meterte en la boca un poquito del  sabroso postre que había quedado de la noche anterior, apareció él, tu hermano, el que no perdona, el chivato, el que rápidamente fue a buscar a tu madre para gritarle: —¡ La niña se está comiendo los pasteles de ayer!

Te quedaste como una estatua de sal, o de azúcar, tiesa como un garrote: el trocito en la mano, la puerta del frigorífico abierta, como tu boca, que ya no sabía si comer o llorar o chillar; optaste por cerrarlas las dos, la puerta y la boca, dejarte caer en una silla, es decir, sentarte, y esperar a que viniera tu madre a recordarte otra vez la terrible prohibición, los alimentos no autorizados: no dulces, no comida a deshoras, no grasas, no patatas fritas, no galletas, no bollería, no chocolate, no churros, tu salud ante todo, ya sabes cuál es tu desayuno, fruta, leche desnatada con Cola Cao Cero y Fibra,  y dos tostaditas integrales con mermelada light de naranja amarga; a media mañana te puedes tomar otra fruta.

Sin embargo,  no fue tu madre la que llegó sino de nuevo tu insoportable e irritante hermano, el palo esquelético y zampabollos, ¿dónde echaba —te preguntabas— todo lo que engullía con esa voracidad inconcebible?, quien con su gula habitual, su glotonería sin fronteras, comenzó a prepararse un suculento desayuno con la intención de darse un atracón delante de tus propias narices, y ante ti empezó a desfilar aquello con lo que soñabas noche tras noche: el croissant, la mantequilla, el chocolate, el jamón y los embutidos, las galletas Príncipe, los huevos… Con una diligencia portentosa, sobre el mantel quedaron expuestos todos los manjares y, aunque dos brillantes lagrimones estuvieron a punto de rodar por tus mejillas, decidiste que no eran lágrimas las que iban a rodar esa mañana. Tras dejar caer en tu boca hambrienta el pedacito de pastel que aún tenías en la mano, esta, activada por un invisible resorte, agarró con determinación y brío  la esquina del mantel y, como si fuera un látigo, lo arrastró con una fuerza que no era la suya, y todas aquellas viandas ansiadas quedaron desparramadas por el suelo y tus ganas de llorar se transformaron en una sonrisa radiante, amplia, luminosa. Con calma te pusiste de pie, sorteaste el estropicio sembrado en el suelo con parsimonia y, triunfante, le dijiste a tu hermano querido: — ¡recoge y desayuna!