Diario de una cochinilla

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

DSC_0002 (2)Es posible que no sepáis nada de mí. Antes de mostrar este diario os diré que soy un parásito que forma plagas y que atacamos sobre todo a los cítricos, o sea, a los limoneros, naranjos y mandarinos. Nos gusta mucho chupar su savia. Entre los humanos no tenemos buena prensa, porque hacemos que las hojas sufran malformaciones y se pongan amarillas, que la planta crezca menos y que el fruto disminuya. Daños colaterales, digo yo. Todos tenemos derecho a vivir, ¿por qué, si no, nos ha creado la Madre Naturaleza? Las cochinillas somos muy solidarias con pulgones, hongos, hormigas, moscas blancas, etc. Les ayudamos a vivir. Esto tampoco lo entienden los humanos y nos combaten con verdadera saña, ¡qué cerriles!

Para explicaros cómo es mi día a día, he escrito una especie de diario. Lo comencé en abril:

4 de abril de 2017: Este año, la primavera está por demás cambiante: a días calurosos como los de verano, suceden días muy frescos. Estoy instalada, desde hace dos años, en el huequecito que forma un repliegue de la corteza de un mandarino, que aunque está en una maceta – grande desde luego – ha alcanzado una envergadura de metro y medio. Me conviene que siga creciendo y echando brotes, porque así nos camuflamos mejor; para que se note menos nuestra presencia, procuramos no dañarlo demasiado, así que frenamos las ansias de chupar la savia (que, por cierto… ¡qué rica está!) Gracias a este refugio, he podido pasar dos inviernos resguardada del frío, de la lluvia y del viento, y en verano del sol, que nos sienta muy mal. También he aguantado impertérrita algo peor: las ráfagas mortíferas que la dueña de esta terraza nos ha enviado varias veces. Esta señora, vieja, gorda, renqueante y malencarada, nos obsequia de vez en cuando con este regalo envenenado: un producto letal que atenta contra nuestra integridad física; ha causado una verdadera mortandad entre mis compañeras, pero yo me he librado hasta ahora. Este año he notado que la señora sale menos a la terraza; cuando lo hace, apoya sus andares vacilantes en un bastón; no deja de escudriñar entre las plantas, así que sigue siendo un peligro.

5 de abril. Por esta terraza pasan de vez en cuando amigas de la dueña. Cuando vemos que la barre (en general está bastante descuidada) intuimos que habrá visita. Suele venir una tal Rafi, que se la ve muy afectuosa y parece que es la que le regaló el mandarino. A veces trae macetas que yo llamo promiscuas, pues sean grandes o pequeñas, siempre tienen varias plantas en la misma maceta: trébol, geranios, lirios, acanto, cactus… Desde mi atalaya veo las luchas sordas entre ellas para sobrevivir; algunas dejan la vida en esas lides; otras aguantan como pueden. Hay un geranio con las flores color malva, que ha triunfado siempre y se ha hecho dueño de una maceta, en pugna con un lirio que resiste el cuerpo a cuerpo. El geranio ha crecido desmesuradamente. Me cae mal porque sus tallos se han hecho muy leñosos y mis amigas las maripositas taladradoras no pueden hincarle el diente. El lirio, este año, ha tenido la osadía de florecer. La señora se sentó frente a él con un bloc y empezó a hacer en él como signos. Llena de curiosidad, di una volada y vi que estaba trasladando el lirio al papel, con todo su colorido. Caprichos de una persona extravagante.

6 de abril: Esta tarde ha pasado por aquí otra de las amigas de la señora. Es joven, sonriente, guapa y con unos labios muy rojos. Se llama Elena. Siempre que viene, como hace también Rafi, se asoma a la terraza. El año pasado recuerdo que se llevó varios tallitos de geranio, pero este año no muestra interés por esa planta. La señora le ofreció un té y Elena le dio unos libros. También a Rafi le suele poner té, sobre todo cuando aparece con unos roscos que hace y que a la señora le gustan a perder, pero reniega porque engordan. A través de los cristales veo el azúcar que los recubre y se me hace la boca agua.

7 de abril: Hoy ha tocado una amiga nueva. Parece bastante amable. Se llama Mari Carmen y se ha llevado un montón  de escritos de la dueña de la casa. Se los va a encuadernar. No entiendo en qué consiste eso. Los ha mirado detenidamente y los ha colocado con una meticulosidad que da a entender lo perfeccionista que es. No ha querido té. Al rato de irse ha llegado otra amiga, también nueva para mí. Es juvenil, pizpireta, delgada y con estilo. Parece que se llama Rosa y le gusta escribir. La señora la ha animado a formar parte del grupo que hace relatos. Todas estas amigas de la señora parecen personas bondadosas, educadas y encantadoras, ¿cómo es posible que tengan amistad con una mujer tan sádica, tan pérfida y tan desalmada?

8 de abril:Por los indicios, he deducido que la señora se va 20 días fuera esta tarde, ¡qué alivio! Esta mañana ha aprovechado para buscar entre las plantas “habitantes” indeseables, como ella los llama: saltamontes, pulgones, caracolitas alargadas, hormigas, cochinillas. Tiemblo cuando noto en su actitud ese afán depredador, cuando veo en su mirada ese odio llameante que presagia una catástrofe para nosotros.

Comenzó buscando caracolas. Se refugian en las macetas, bajo las plantas, buscando el frescor y la humedad. La “caza” ha dado positivo y echó al suelo un montón, que luego pisó sin piedad. Desde mi refugio observé las vísceras retorciéndose y me dieron ganas de llorar. También pisoteó varios saltamontes que encontró desprevenidos. Al mandarino le hizo una revisión superficial, porque el genocidio de caracolas la ha dejado exhausta. Por la tarde… ¡se ha ido, menos mal!

9 de abril: Me he apresurado a mandar un mensaje telepático a mis compañeras de allende los mares, para que vengan a tomar posesión de este mandarino. Ha echado brotes nuevos y hay sitio para todas. No debemos ser egoístas.

11 de abril: Han llegado cientos y se han instalado con comodidad. Se han puesto ciegas de chupar savia. Las he dejado saciarse porque traían hambre atrasada. Ya las pondré al tanto de las restricciones en el chupado. El resto del día lo han pasado durmiendo. La travesía del Estrecho y sobre todo del Parque de Doñana, ha sido dramática. Las que estaban extenuadas se han posado en las hierbas de la marisma e inmediatamente han sido devoradas por las aves hambrientas.

12 de abril: Hoy toca que un compañero venga a fecundarme. La última vez lo noté un poco frío, así que he preparado un lugar confortable, para que esté contento. Tengo verdadera ilusión por este “vis a vis”. Somos muchas hembras y él elige a las más vistosas. Me he maquillado y he ahuecado mi parte algodonosa para que se encuentre blandito y cómodo en el momento álgido, ¡qué emoción!

13 de abril: ¡Ha pasado de mí! ¡Me ha humillado eligiendo a otra cochinilla más joven! ¡El muy estúpido, el muy majadero, el muy creído! Estoy terriblemente deprimida, ¡qué asco de machismo! Yo creo que aún estoy de buen ver. Procuraré atraer a otro, aunque no sea un macho “alfa”.

14 de abril: Una macetita con preciosos tulipanes que a la señora le entusiasmaba, ha perdido sus flores. Por lo visto se la envió Patro, otra amiga que tiene una casa con jardín. Me alegro del berrinche que se va a llevar cuando regrese. Me dan ganas de abrirles los ojos a estas amigas, Patro, Rafi, Elena, Rosa y Mari Carmen para que no se dejen engañar. Hipócritamente, la señora se hace de mieles con ellas, pero con nosotros no tiene entrañas, o sea, que carece de sensibilidad.

15 de abril: La temperatura sube y pronto superará los 20 º. Avisaré a las maripositas taladradoras de los geranios para que se preparen.

16 de abril. La voracidad de mis compañeras del Sur nos está poniendo en peligro. Son insaciables. El mandarino amarillea y la señora se va a dar cuenta. No puedo con ellas. Cría cuervos…

28 de abril: He pasado varios días sin nada importante que reseñar. Hoy se acaba lo bueno.

Ha llegado la señora con un hijo, una nuera y un nieto muy espigado de 14 años. Han salido todos a la terraza y mi corazón se ha llenado de zozobra. Han piropeado al geranio de color malva y después han entrado en el salón.

Mientras la señora preparaba algo de merienda, el nieto, al que llaman Arturo, se ha sentado en plan mimoso junto a su madre en el sofá, con los ojos entrecerrados, mirando sin mirar, pensando sin pensar y soñando sin soñar… ¡Ay, estos adolescentes humanos! Otro nieto que viene con frecuencia y que se llama Julio, se suele sentar despechugado en la terraza a tomar el sol; es mayor que Arturo y tiene barbita. También entrecierra los ojos y dice:

– Abuela, ¡qué bien se está aquí!

Después de la merienda, los viajeros siguieron hacia Úbeda, donde viven.

29 de abril: Mis temores se confirman. La señora ha salido bien temprano a la terraza con las intenciones más siniestras y sin bastón, o sea, que trae energías renovadas. Después de mirar atentamente al mandarino, ha entrado en el salón para coger el pulverizador asesino, ¿qué va a ser de nosotras? ¿Podré seguir con el diario?

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Las mariposas taladradoras han intentado conectar con la cochinilla, pero ha sido en vano. Se temen lo peor, ¿cómo sabrán ahora la temperatura de esa terraza y su situación? ¡Qué desastre! ¡Qué mala suerte!

Amor de madre

 

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Autora: Inmaculada L. Melguizo

Soy Ana, madre soltera estresada de una niña hiperactiva de cinco, Violeta.

Podría decirse que trabajo para un ser diminuto que con seis kilos y setenta centímetros monopoliza mi vida. Todo gira en torno a crear las condiciones perfectas para su desarrollo físico y emocional. Eso sin contar con el asesoramiento a tareas y asegurar su asistencia a innumerables actividades extraescolares.

Mi expareja, un director alemán de orquesta y profesional en sacarme de quicio, reside en Madrid. Pero en la distancia organiza la agenda de nuestra mini Merkel. Se empeñó en matricularla en una escuela de música y por supuesto sugirió  la percusión ¡cómo no! y que  la niña fuera políglota. Gracias a su brillante idea tengo convalidado cuarto de tortura auditiva y reacciones de mala madre acumuladas como para unas siete vidas. Reconozco con desdicha que no ha heredado el oído paterno sin embargo sí su habilidad para perturbarme en al menos ya dos idiomas.

Como cada día de mi existencia, Violeta es prioridad. Así que ese día contaba con diez minutos de parada técnica en boxes para prepararme antes de acudir a mi visita anual al ginecólogo. Me aseé como pude en el bidé y me fui directa a la consulta. Una vez allí, me acerqué tímidamente a ese sillón ginecológico de reminiscencias inquisitoriales.

—Ponga aquí sus piernas —dijo la enfermera señalando una especie de grilletes de metal tan fríos como incómodos— Y  desplácese hacia abajo, al filo.

Nada más levantar mi  bata la reacción del doctor no se dejó esperar.

—¡Dios bendito! Es la primera vez que vez que veo a alguien tan cuidadosamente preparada-comentó con tono jocoso.

Dada la edad del doctor y que me había hecho una depilación integral  no le di mayor importancia. No obstante, con cierta incomodidad pregunté si todo estaba bien.

—Nada, nada, tranquila. Relájese  que la veo muy nerviosa y para la citología su cuello uterino parece habérsele ido a la garganta.

—Normal, doctor. Tengo una hija de cuatro años hiperactiva, soy madre soltera y he tenido que hacer malabarismos para poder venir aquí. ¿Cómo quiere que esté? —dije conteniendo las lágrimas.

 —Tranquila, todo está bien. Solo que en cuarenta años de profesión nunca me he encontrado algo así. Descuide, todo está bien.

La exploración acabó sin más incidentes. No obstante,  al llegar a casa y sentada en el inodoro cogí un espejo y lo dirigí a mis partes íntimas tratando de escudriñar alguna razón para su comentario. No me pregunten cómo, pero mis genitales estaban decorados con  purpurina y estrellitas. Avergonzada traté de reconstruir la escena. Busqué a la culpable  y allí en el  toallero mirándome con cierta sorna estaba la toalla. Violeta la habría utilizado  para limpiarse sus manos después de las tareas escolares de Navidad y yo no me había percatado de nada.

Así que ahora  para la Seguridad Social soy Ana, madre soltera estresada, sin tiempo para respirar pero que adorna con estrellitas sus genitales antes de ir al ginecólogo, así  como si nada… por el simple gusto de sorprender.

En un pueblo andaluz


Autor: Antonio Cobos Ruz

A mis amigas Rafi y Patro

Dos abuelos se pasean por un camino recién arreglado por el ayuntamiento, en el que han sembrado margaritas que se esconden avergonzadas, y alargan sus cuellos entre las hojas, abriendo sus ojos de par en par, para observar a los escasos viandantes  con sorpresa.

-Yo no quiero morirme muy tarde, porque si te quedas de los últimos… no va nadie a tu entierro.

-¡Joder! ¡Que tonterías dices! Pues a mí no me importaría deciros adiós a ‘tós’. Pasaré el mal rato y me apañaré como pueda.

-Eso lo dices de boquilla… ¡Me cago en diez! ¡Qué pronto se ha ido Juan!

-¡Sí que se ha ido ligero! ¡Con noventa años! ¡En la flor de… la vejez!

-¡Era un cachondo! ¿Te acuerdas de aquella vez, cuando éramos muchachos y nos quedamos tomando cervezas con el bar cerrado y llegó la guardia civil…?

 Los dos ancianos regresaban de darle la despedida a un amigo común en el cementerio municipal, situado apenas a medio kilómetro de las últimas casas del pueblo. Era un camino que habían recorrido cientos de veces desde que eran chiquillos y, como en todas las ocasiones anteriores, rememoraban la fecha del uno o del dos de noviembre cuando acudían a ver el ambiente del día de los muertos, siguiendo la tradición popular y persiguiendo a la pandilla de las niñas, con los bolsillos del abrigo llenos de castañas calientes y paseando su recién estrenada ropa para la temporada de invierno. Iban ambos recordando anécdotas del pasado y haciendo recuento de los que ya habían emprendido su último viaje, cuando alcanzaron las primeras viviendas de la población. En el bar de las Cuatro Esquinas, un amigo común de los dos ancianos, se dirigió a uno de ellos.

– ¡Eh, tú, ‘aviaor’!, que ha ‘pasao’ tu mujer y ha dicho que hoy no te quedes en el bar, que te toca aviar la ‘comía’.

El aludido, se quedó callado unos segundos, esperando encontrar las palabras adecuadas para contestar a su condenado amigo, que aprovechaba la mínima ocasión para gastarle una broma a quién se le pusiera por delante.

– Oye -reaccionó-, me han ‘dao’ recuerdos ‘pa’ ti en el sitio del que vengo, y me han dicho que te están haciendo un ‘lao’, pues alguien que sabe de eso les ha dicho que no te falta mucho. Cuentan que se está muy bien allí, ‘tumbao’ ‘to’ el día.  Digo yo, que eso no tendrá relación con que el ‘aviaor’ se va a subir al bombardero y te va cubrir de bombas, y si no quedan bombas, con piedras, que te voy a enterrar a ‘pedrás’.

– ¡Uy, que miedo! ¿A ver, a ver? –y poniendo el oído para adentro del bar y simulando que escuchaba a alguien, añade- Oye,  perdona, que ha ‘sio’ una confusión, que era la mujer de otro.

Una señora, conocida de todos, que pasa por la esquina y escucha la conversación, y que no suele tener pelos en la lengua, interviene:

-Menuda ‘partía’ de flojos. Sois ‘tos’ unos machistas. Teníais que haber ‘nacío’ ahora y haber ‘dao’ con las mujeres de hoy día, que ibais ‘tos’ a estar preparando el puchero. Tenía yo que haber ‘venío’ al mundo en estos tiempos.

– Es verdad, doña Tránsito –dijo el más graciosillo de todos- que desde que vino usted al mundo en el siglo ‘pasao’ hasta ahora, ya han ‘transcurrío’ unos añitos, que más que de tránsito parece que vino usted ‘pa’ quedarse ‘pa’ siempre.

– ¡Pues tengo menos años que tú! –dijo la sin pelos en la lengua, algo picada- que ya lo único que tienes duro entre las manos es la gancha en la que te apoyas.

– ¡Bueno, bueno! –intercedió un tercero- ¡Qué tenga buenos días doña Tránsito! Y no se demore usted que se le van a pegar las lentejas.

– ¡Me voy si quiero, que la calle es libre! Pero no te preocupes que ya no pierdo más el tiempo con vosotros, que entre ‘tos’ no tenéis lo que debíais tener para meteros con una mujer algo madura pero con dos ovarios como dos camiones.

 Los hombres optaron por callarse y la mujer siguió despacio su camino con su cesto en el brazo y balanceándose de un lado a otro a causa del maldito dolor de las rodillas.

Desnuda te espero

Dibujo de Gustav Klimt

 

Autora: Paqui López Sanz

Desnuda, recordaba como las manos  de su amado recorrían sus largas piernas en las tardes en las que el deseo era desayuno comida y cena en sus vidas.

No podía dejar de estremecerse al recordar el contacto tibio de su piel rozándola. Ahogada volvió la vista atrás, cuando se sentía feliz y su cuerpo era como campanilla dispuesta siempre a producir música.

Ese cuerpo pequeño e insignificante antes y después de él, se llenaba y rebosaba de delirio cuando sus ojos se posaban en sus caderas y la recorrían con la fuerza de un tren que atraviesa la estepa.

Su boca plena de jugos de vida, de almibares de tiempo y caricias, se veía ahora hueca, rememorando divagante y complacida el discurrir de los días sin él.

Los recuerdos la lastiman y la estremecen, sus manos abarcan territorios inexpugnables, la respiración se detiene, jadea,  el calor se agolpa en su  garganta y sube a las mejillas, entorna los ojos, tiene prisa por culminar sus ansias, el orgasmo la catapulta hasta ese lugar del que no quiere volver,  y no puede evitar alzar la voz y poner el grito en el cielo.

Paseo de los tristes

Paseo los tristes. Juan Vida_

Paseo de los tristes de Juan Vida

Autora: Elena Casanova Dengra

En esa hora en la que el silencio envuelve los cuerpos y los fantasmas arrastran sus pesadas  cadenas a través de las sombras, la parturienta rompe la quietud de la noche por los intensos gritos a causa de los dolores que brotan de sus entrañas. Conforme se acerca la hora de la llegada de su primogénito, las contracciones son más frecuentes e intensas.  Rodeada de cinco mujeres,  es la matrona quien  da las órdenes y permanece junto a la madre primeriza, intentando calmarla con todos los trucos que conoce en todos sus años de experiencia. El cansancio es patente y la oscuridad que se distingue a través del gran ventanal lo  multiplica.

Mientras, en la calle, el tiempo discurre tranquilo, pesaroso. El cielo va borrando cualquier indicio de claridad y el crepúsculo desciende extendiéndose por todos los rincones y traspasando pasajes. Desde el puente se escucha el calmoso discurrir de las  aguas invernales del río Darro. Hace frío y las aceras,  inundadas de vacío, silencian cualquier indicio de vida. La única nota que revela actividad humana es la luz de un  ventanal en cuyo interior un grupo de mujeres se preparan para el nacimiento de una vida. El edificio que la rodea se agita sabedor del gran acontecimiento doblando sus paredes en señal de acogimiento a la nueva existencia.

Pasada la medianoche, una cabeza asoma de entre las piernas de la mujer, y se visibilizan  caras de sorpresa cuando el bebé cae en las manos de la partera. La madre apenas tiene fuerzas para preguntar, quiere ver a su hijo e intenta incorporarse, pero  no se lo permiten. Cuando limpian con un paño el frágil cuerpo del recién nacido, perciben que su cabeza queda demasiado grande en relación con su cuerpo. La piel pegajosa es lisa, delgada y brillante, y a través del color violáceo se puede apreciar fácilmente algunas venas; es una piel transparente y con mucho vello. Su llanto, apenas perceptible, parece  agotarse por el ritmo de la respiración agitada. Imposible verle los ojos que parecen sellados.

Se abre la puerta de la alcoba y entra el señor, alto y fuerte, exigiendo a las mujeres que le enseñen a su hijo. Estas le acercan con recelo el pequeño bulto que apenas cabe en una mano. El hombre mira con desprecio el cuerpo y con un gesto agrio y resolutivo lo oculta con el trapo. En un rincón, lejos de la madre, habla con la más anciana de las mujeres, ordenando que saque de su casa de manera inmediata  aquel engendro de la naturaleza para deshacerse de él.

Con la criatura en su regazo, la anciana sale al flemático frío de la noche y se dirige calle abajo  camuflándose en las tinieblas mientras el río le extiende sus brazos y susurra a media voz una nana.

Una copa en Phillies

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Nighthawks de Edward Hopper

 

Autor: Antonio Cobos Ruz

A lo largo del día, una continua cadena de personas hormigueaba desde un extremo a otro de una distinguida calle, comercial y bulliciosa. Los vehículos, a velocidad reducida, avanzaban en ambas direcciones haciendo resonar sus cláxones ruidosos cuando parecía ineludible el atropello de un peatón, ajeno a su imprudencia. En esas horas, en Phillies, dos filas de clientes apurados se disputaban, circundando la barra, un imprescindible café con impaciencia, para seguir afrontando la ajetreada vida de la Gran Manzana.

A última hora de la tarde, la registradora de la tienda de enfrente recogía las ganancias del día, clausuraba su caja y cerraba con llave la puerta de un establecimiento solitario y oscurecido. En pocos minutos, el panorama callejero quedaba completamente despejado y la luz desbordante de la cafetería comenzaba a adquirir un protagonismo exterior, inexistente durante la anterior parte del día. La amplitud de sus cristaleras y la intensidad de su desbordante luminosidad inundaban unos espacios vacíos, envueltos en penumbra, en ese barrio financiero de New York, en el que no  permanecían abiertos muchos establecimientos a esa hora.

A pesar de su profusa iluminación, la clientela nocturna de Phillies solía ser exuberantemente escasa, y casi, se reducía, a algún exiguo personal de paso. Y en aquellas horas profundas de la parte oscura del día, era raro que recalaran allí, noctámbulos, insomnes, o halcones de la noche. En esa fecha, en concreto, recuerdo que mientras tomaba un whisky rebajado, ensimismado en mis problemas y de espaldas a la calle, entró una pareja que se situó en silencio frente a mí, y que tras la breve petición de dos cafés por parte de aquel hombre de nariz afilada, continuó callada indefectiblemente.

Durante horas, nadie más entró en Phillies y no existió palabra cruzada alguna entre aquellas dos personas taciturnas. Él, jugueteaba con un cigarrillo entre su dedos y ella, movía algún papel verdoso entre los suyos, algo que bien podría ser un billete de papel moneda, o el ajado tique de un espectáculo concluso. Dialogando con mi whisky y mis problemas, concluí que aunque mi soledad era ciertamente dolorosa, era mucho peor una incomunicación acompañada, y por primera vez, comprendí, el acierto de mi esposa, al decidir marcharse de casa, para que cada uno de nosotros viviéramos por nuestro lado, con nuestra soledad a solas.

Dejé de beber, duermo mejor y he conocido a un grupo de personas a las que me encanta hablarle y a las que me extasía escuchar. Me va mejor en el trabajo, y a ratos, me parece que casi entiendo, lo que significa ser feliz. Gracias a aquella silente pareja, que entró en escena con la intención de quedarse, salí del cuadro de Hopper y abandoné para siempre su Nighthawks.

Monseñor

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Dibujo de Pilar Sanjuán Nájera

 

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

El retrato de su tío-abuelo, el Papa Inocencio X, presidía el salón sobre la chimenea. No era el auténtico, el que le hizo el gran pintor español Diego Velázquez, pero era una copia muy exacta, que había logrado expresar todo lo que Velázquez descubrió en aquel rostro: recelo, sagacidad, desconfianza, inteligencia; la mirada era por demás astuta, inquisitiva, casi siniestra. Monseñor Mancini sabía -porque se lo había contado su tío- que cuando Velázquez acabó el retrato y se lo mostró, él se quedó muy sorprendido y le dijo: “¡Demasiado verdadero!” Estuvo a punto de rechazarlo; sin duda, ver su alma al desnudo no le satisfizo demasiado, pero al fin lo aceptó y regaló al pintor una cadena de oro.

El puesto de Monseñor Mancini en el Vaticano, como Camarlengo, o sea, Administrador de los bienes Pontificios, se lo debía también al Papa Inocencio X, que sentía adoración por su sobrino-nieto, tan inteligente, tan distinguido, tan desenvuelto. Ante la envidia de muchos, que se creían con más derechos, fue aupando a su sobrino, que ascendió rápidamente de simple sacerdote a la dignidad de Camarlengo con sólo treinta y cinco años. Cuando el Papa Inocencio X era Cardenal, ya lo llamó a su lado y lo tuvo con él, además, los once años que duró su papado. Su avispado sobrino aprendió a la perfección las intrigas necesarias para vivir en aquel mundo lleno de recovecos, envidias, zancadillas e hipocresía. Se doctoró en todo ello.

Las aguas del Vaticano en aquella época, bajaban turbulentas y hasta embravecidas, sobre todo por los problemas que daba en Francia el Cardenal Mazarino, en oposición frontal al Papa. Pero Inocencio X con su sagacidad salía triunfador de todo cuanto se le pusiera por delante.

Mirando el retrato de su tío-abuelo, Monseñor se dio cuenta de que tenía mucho en común con él ¿Obedecía esto a que llevaba la misma sangre o por el contacto de tantos años?

Monseñor reflexionó sobre ese tiempo y recordó lo arropado que se sentía, los privilegios de que gozó. La moral vaticana se vivía de forma muy relajada, sobre todo en lo tocante a ciertos Mandamientos, que para la Curia eran muy permisivos y para los Seglares muy estrictos.

Ahora, pasado el luto de rigor después de la muerte de su tío, sentía necesidades que antes estaban satisfechas. Se encontraba muy solo y recordó lo que la Biblia explicaba sobre Dios cuando creó a Adán; dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Por algo lo diría. Los votos de castidad por entonces, y más dentro del Vaticano, estaban tan diluidos que habían desaparecido casi por completo de aquellas mentes acomodaticias. Así pues, Monseñor pensó que ya era tiempo de darle alguna satisfacción al cuerpo. El espíritu no le pedía nada en forma tan acuciante.

Recordó que, al servicio de su tío-abuelo, hubo una joven llamada Teresina, del mismo pueblo italiano del Papa, cuya familia era muy humilde. Cuando recibieron el recado de Inocencio X sobre la necesidad de que enviaran al Vaticano a Teresina para entrar a su servicio y recibir estudios y educación, aquella familia se sintió honradísima y se apresuraron a enviar a la joven, que además de lista, era bellísima, cualidades ambas de las que no debía estar ajeno el Pontífice. Para Monseñor, la relación entre su tío y Teresina siempre tuvo sus lados oscuros. Lo que sí notó es que al poco tiempo de llegar la joven, los astutos ojillos del Papa, tenían un brillo especial.

Pues bien, Monseñor pensó que Teresina debía seguir educándose y cultivándose en el Vaticano, ahora a su lado, así que envió un emisario para que hablase con su familia y se trajera a la joven. Ésta, que comenzó su andadura como pupila de su tío con diecisiete años, y que había estado siete a su servicio, ahora tendría veinticuatro. Lo que no sabía Monseñor era que Teresina había estado enamorada secretamente de aquel sobrino del Papa al que veía de vez en cuando y del que admiraba su piel tersa, su distinción, su alta estatura y su elegancia moviendo como nadie los manteos y ropas talares al andar.

Los padres recibieron la buena nueva alborozados y Teresina vino a la Corte Papal llena de alegres perspectivas.

El día de su llegada, Monseñor la esperaba en un gran salón, sentado cómodamente en un sitial de terciopelo rojo; quería deslumbrar un poco a la joven. Al oír unos golpecitos suaves en la puerta, dijo:

Entró la joven, y de pronto, todo se iluminó; aquella jovencita de cabellos rubios y ojos azules inmensos, despedía luz. Avanzó hacia Monseñor y como la estancia era grande, tuvo tiempo de lucir unos andares desenvueltos, una figura esbeltísima, unas ropas bien elegidas que resaltaran esa figura y un escote generoso, sobre un justillo que apretaba su cintura y sus redondeces de forma por demás insinuante. Monseñor perdía por momentos la seguridad en sí mismo. Turbado, se puso de pie y ofreció a la joven su mano derecha, cuidadísima. Ella hizo una pequeña reverencia y al agacharse, mostró aún más a las claras su escote. Luego besó la mano que se le ofrecía. Al notar Monseñor el contacto de aquellos labios gordezuelos y tibios sobre su piel, un estremecimiento lo recorrió de arriba a abajo; enrojeció, notó que algo se removía bajo su sotana y azorado, se volvió de espaldas simulando coger un objeto de la mesa que había al lado. Con disimulo, se secó el sudor de su frente y cuando se repuso, se volvió hacia Teresina. Ésta, mientras Monseñor estuvo de espaldas, sonrió triunfalmente. Sabía el impacto que había causado en él. Al volverse éste y quedar frente a ella, cambió rápidamente aquella sonrisa por una expresión entre pícara e ingenua, que terminó de desconcertar a Monseñor. Ella esperó que hablase y él, un poco alterado todavía, dijo:

  • Teresina, he pensado que entres a mi servicio, ayudando a sor Clementina. Pero también deseo que cultives tu espíritu con estudios, lecturas, educación y todo lo que contribuya a hacer de ti una dama. Supongo que estarás de acuerdo.
  • Gracias, Monseñor. Me siento muy honrada y espero no defraudarle, ¿cuándo empiezo?
  • Mañana mismo. Ya he encargado al aposentador que te prepare habitaciones junto a las mías, para más comodidad.
  • Muy agradecida Monseñor. Con su permiso me retiro y hasta mañana.

Teresina miró su mano con intención de volver a besársela, pero él la retiró poniéndola a su espalda porque se sintió desfallecer si volvía a notar el roce de aquellos labios.

La joven caminó hacia la puerta, después de hacer otra reverencia, y con el porte de una diosa se fue alejando, moviendo su cintura graciosamente. En el ambiente quedó flotando, además de su perfume turbador, una como sutil presencia que a Monseñor le produjo desasosiego.

Cuando la puerta se cerró tras la joven, él tomó asiento y aturdido aún, pensó:

  • Mañana será otro día. Otro día… bien diferente.