Antídoto contra la depresión

manzana blanca

 

Autora: Elena Casanova Dengra

Nací un día oscuro, húmedo y muy frío, quizás fue por eso que mi carácter huraño y triste me acompañó desde muy pequeña. Tenía pocos amigos y en mis largas jornadas de soledad, la lectura y la música eran mis mejores aliadas. Las depresiones me acompañaron desde muy pequeña y las iba asumiendo como si no existieran otras alternativas; la vida carecía de sentido en casi todos sus aspectos o eso me parecía a mí. Luego vino la adolescencia donde comencé a cuestionarme mi aislamiento; sentía envidia cuando veía a mis compañeros de instituto abrirse al mundo con una espontaneidad tan fresca de la que yo era incapaz. Empecé a trabajar demasiado pronto en un aburrido recinto cerrado, sin ventanas al exterior; el aire que  se respiraba olía a destierro y  pasaba muchas horas sin ver a nadie. El destino me volvía a jugar una mala pasada y aquello solo era  una prolongación de lo que hasta ese momento había sido mi vida

Cada  vez más, la sensación de no pertenecer a ningún sitio ni compartir mi existencia me angustiaban sobremanera. Por ello, cuando apareció Ramón, no me lo pensé dos veces, caí en sus brazos al primer flirteo y nos casamos inmediatamente. Creí que con una pareja estable a mi lado el gris de mi vida se disolvería en una paleta de colores. Me equivoqué, Ramón, mi Ramón, en cuanto se instaló en mi casa, resultó ser la persona más soporífera del planeta. Me volví a retraer y las depresiones se sucedían a un ritmo alarmante. Si no soportaba mi soledad menos aún compartirla con un ser tan apático; si él no fue el remedio, sí que me dio una pista importante. Un día, mientras lo observaba cortar los tomates en rodajas de tres centímetros exactamente, le escuché tatarear el tema de Cuernos de Sabina. Me quedé mirando su delantal impecable y su cuchillo bien afilado, y me pregunté: ¿por qué no?

Encontré a mi  primer amante en una cafetería, y si al principio mi intención no era irme a la cama enseguida, pasó que después de dos cafés, un trozo de tiramisú y una copa de coñac decidimos conocernos de forma más íntima. Lo llamé El Campeador porque era rudo y muy directo, nada de preliminares ni danzas previas, como se suele decir: directo al grano. Nos vimos durante año y medio hasta que tuvimos que dejarlo por motivos bien distintos a nuestras voluntades. ¡Bendita medicina, no recordaba haber estado mejor en mi vida!

No pasó mucho tiempo cuando conocí un solitario como yo, con el que surgió cierta camaradería y confianza. ¡Menudo tío! Lo bauticé Poseidón, en mi vida había visto tal revuelo de sábanas en el lecho amatorio, qué marcha y qué efectividad. No duró demasiado, encontró a una chica joven, se enamoró, se casó y se perdió por el mundo en una eterna luna de miel.

El tercero, sin embargo, era menos ardiente pero, no por ello, peor amante. Minucioso hasta perderse en los detalles y con una  deliciosa ternura. En nuestro primer encuentro, medio centenar de velas colocadas estratégicamente junto a una sugestiva melodía creaban un ambiente mágico. Duró lo que duró. El también estaba casado y pasado un tiempo sintió una punzada de culpabilidad. No le creí del todo, pensé y no suelo equivocarme que su mujer comenzó a sospechar algo, porque en los últimos días que pasé con él se ponía demasiado nervioso cuando recibía una llamada o un mensaje por whatsapp.

Y mi vida continuaba al lado de Ramón. Él nunca sospechaba o no ha querido sospechar nada, ni antes ni ahora. Jamás me ha preguntado por mis idas y venidas y noto en su cara cierto matiz de alivio cuando me ve dinámica, charlatana y divertida. Ciertamente es feliz en su confortable y  pequeña parcela de existencia

Os he hablado de mis tres primeros amantes, pero ha habido muchos más; cuando algo se convierte en una placentera rutina es difícil romper con ello. No todos han sido maravillosos, los ha habido inmaduros, caprichosos,  egoístas…  pero diría que de cada uno  he aprendido algo positivo; y por supuesto que en mi memoria guardaré un lugar muy especial para  los cariñosos, encantadores, empáticos…

No sé si he superado mi depresión, pero lo que sí tengo claro es que no pienso abandonar mi medicación por ahora, aunque eso sí, voy reduciendo poco a poco la dosis  porque mi cuerpo se hace mayor y las fuerzas no son las mismas. Y siempre le estaré agradecida a este extraordinario compositor ubetense por su magnífico  y terapéutico tema:

Cuernos, cuernos, cuernos,
siempre tan modernos,
cuernos, cuernos, cuernos,
es la solución
pon un par de cuernos
a tu depresión.

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Cuernos

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Autora: Rafi Castro

Los cuernos, yo siempre los entendí así: la traición y el engaño entre una pareja. Siempre  a estos hechos se les llamó cuernos.

Hay muchas personas, entre ellas estoy yo, que no sabemos por qué se les llama así. Tiene que tener un significado no muy gratificante, por cierto.

Si los cuernos tienen que ver con la humillación, el engaño y el olvido, yo me siento una cornuda. Voy a explicar el porqué. Todos sabemos que en España tenemos una crisis, eso es evidente y, claro está, causando muchos problemas. Más de dos millones de parados, las pagas de los pensionistas, sobre todo a los que les han quedado seiscientos euros y algunos hasta menos; antes decían que las habían subido, aunque fuera una cantidad ridícula. También se hablaba de los desahucios, ocupas, becas de estudiantes, el paro y algunos problemas más. Hablo en pasado porque aunque no se resolvieran todas estas anomalías, al menos se acordaban algo de que estaban ahí, aunque no se resolvieran, pero de vez en cuando se hacía mención a estos temas.

Pero ahora, tanto en prensa como radio o televisión solo existe Cataluña,  como si el resto de España no existiera, y la pena que tengo es que esta cornuda que les habla está  viendo que todos los hechos que han tenido lugar allí también  nos repercutirán al resto, sobre todo a los más bajos, es decir, a los humildes, en fin, a los de siempre.

Siempre se ha dicho que a perro flaco todo se le vuelven pulgas; a los poderosos estos hechos ni les rozan, siempre salen victoriosos.

Un día inolvidable

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Autora: Carmen Sánchez Pasadas

—No  —respondí mirándolo fijamente a los ojos, los más hermosos que puedas imaginar. Y vi como su semblante perdía el aplomo que lo caracterizaba.

Un silencio infinito invadió el espacio, por un instante los invitados contuvieron la respiración y todas las miradas se detuvieron sobre nosotros. Ante el estupor de él y el desconcierto de los asistentes repetí:

—No acepto.

Consciente de la humillación que estaba sintiendo, le susurré:

—Tú y ella sabéis por qué.

Seguidamente, intentando no derrumbarme, salí de la iglesia con toda la dignidad que fui capaz de mostrar, bajo la mirada atenta de cuantos me rodeaban. Pese a mi entereza, una lucha de dudas y certezas se debatía en mi interior. Sin embargo, ya había tomado la decisión días antes.

Sucedió que una carta llegó en el momento preciso, cuando el calendario marcaba la cuenta atrás. Ya habíamos elegido el viaje a un lugar inolvidable, confirmado el menú en el restaurante y enviado las invitaciones.

Mi vestido, espléndido, ávido de lucir la felicidad que irradiaba, me observaba complaciente desde la pared de la habitación.

Todo estaba listo para la boda, cuando recibí la carta, mecanografiada y sin remite.

El universo que habíamos construido se rompió, arrastrándome hacia el abismo de la traición. Sentí su desprecio y quise morir, desaparecer, naufragar y no ser rescatada. El futuro se desvaneció, abandonándome en la oscuridad absoluta. Empequeñecí y sentí lástima de mí misma.

Pero luego llegó la rabia. ¿Cómo había estado tan ciega? Todo encajaba. Poco a poco, una fuerza interior, que desconocía, me levantó. No le iba a dar la ocasión de negarlo todo, o que dijera que no lo había podido evitar, pensé. Así que, lo planeé y esperé el día señalado. Sería un día inolvidable.

El maleficio de Cervatos

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Autora: Inmaculada L. Melguizo

Las paredes encaladas del convento parecían derretirse en una tarde implacable del mes de agosto. Fuera las chicharras escondidas entre los setos  y arbustos salvajes recordaban persistentemente que el calor era insoportable.

El jardín de adelfas y rosales junto con el huerto de frutales mantenido por las religiosas era un vergel en medio de las tierras amarillas de cultivo de trigo y cereales que lo rodeaban.

Toda la vida del convento giraba en torno a un claustro de capiteles románicos que delimitaban un pozo custodiado por maceteros de geranios y dos naranjos. El remanso de paz en el que las religiosas se encomendaban a sus tareas, silencio y oración  poco o nada tenía que ver con aquellos capiteles. Habían sido trasladados de una Iglesia románica de Cervatos en Cantabria por un descendiente del Ducado de Osuna en aras de dotar al convento de un abolengo  que fuera distintivo en la región.

En principio nadie reparó  en la lujuria que describían ni en las escenas obscenas y procaces de  demonios que practican el coito con jovencitas medievales. Podría ser  y así se justificó cuando repararon en ellos como un mensaje aleccionador religioso, pero lo cierto es que aquellos capiteles pronto empezaron a despertar maliciosamente una curiosidad lasciva. Concretamente en Alicia, una muchacha curiosa y despierta  que fue abandonada de bebé en el torno del convento de las carmelitas y que  estaba siendo formada como novicia por ser la predilecta de la superiora, Sor Pura, una mujer rechoncha cuya vida había sido consagrada al celibato, la castidad y obediencia y que poseía un  carácter férreo. Estar al mando de la congregación la había convertido en una mujer dura como una roca y tan exigente con ella misma como con el resto de las religiosas. Sin embargo con Alicia era  diferente y desde niña la sobreprotegía en demasía. Le entusiasmaban aquellos ojos de azul infinito, su pelo rubio y una piel inmaculada que ella hubiera deseado tener y que contrastaba con su piel cetrina y apagada. Lejos de envidiarla se encargaba obsesivamente de sus cuidados y de su formación desde que nació. De hecho, aún continuaba haciéndolo pese a los diecisiete años recién cumplidos de la muchacha.

Cuando acudió personalmente a despertarla de la siesta como cada sábado, observó en silencio con la puerta entreabierta como la muchacha gemía entre sábanas impolutas. Se acariciaba los genitales recreando en su cabeza las imágenes de demonios portentosos y se entregaba a cada uno de ellos con agitación. Sor Pura, en lugar de recriminar o abandonar la estancia, decidió dejarla y dejarse hacer.

El conjuro maléfico de Cervatos había tomado el convento sevillano y aquélla solo sería la primera tarde de muchas en las que en las oraciones de la tarde habría lágrimas de arrepentimiento y culpabilidad acompañadas de latigazos y lamentos sordos de madrugada.

 

Horror vulgar

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Autora: Cecilia Morales Calvo

Agua gélida me caía como hielo duro y afilado sobre la cabeza, arañaba mi cara y la atrapaban las lágrimas. Bajo la ducha, lloraba. Agua dulce, agua salada, fundidas en una. Se supone que los hombres no lloran, que son fuertes, bravos, y yo soy un hombre. Sin embargo, furioso, encendido, me considero incapaz de reprimir la ansiedad que me invade.

En mi memoria, afloran imágenes más o menos felices del pasado en un empeño consciente de frenar tanta angustia, tanta furia. No hay muchos buenos recuerdos, pero sí algunos. De mi infancia y adolescencia, pocos: insultos y mofas continuas de compañeros de la escuela; golpes y bromas crueles de mi hermano mayor; voces, zarandeos, empujones y castigos de mi padre; de mi madre, siempre callada y enferma, algún beso, algún abrazo casi a escondidas —¡No vayas a malcriarlo! — la amenazaba mi padre.

Ya con casi treinta años, había irrumpido con fuerza y seguridad Aurora, Aurorita, y con ella algo dichoso apareció en mi vida. Esa coleta rubia y feliz culminando la cabeza, en la coronilla,  y el inquieto flequillo que le bamboleaba sobre las cejas consiguieron que, por primera vez, conociera la ternura y me sintiera querido; alguien se ocupaba y se preocupaba de mí, lo hacía con cariño y eso era nuevo, traía sensaciones placenteras y halagüeñas. Pero con el paso del tiempo, como un cristal quebradizo, este espejismo se desintegró tras una tarde en una plaza en la que, agresivo, violento, le grité, la avergoncé y la humillé delante de la gente.  ¿Por qué fue?  Ya no me acuerdo: ¿la falda un poco corta?, ¿la camisa un poco abierta?, ¿una mirada algo esquiva?, ¿una sonrisa atrevida a alguien?, ¿una palabra descarada que Aurorita pronunciara? Fue el principio de un hostigamiento feroz, de una persecución calculada, de un acoso visceral hacia ella que me hacía sentir seguro, superior, todopoderoso… Yo era Dios.

Ahora, refugiado bajo la ducha glacial que me acribilla la piel, incapaz de serenarme, el tiempo pasa. Tengo auténtico pavor a salir, a encontrarme de nuevo con Aurorita, derribada en el suelo del pasillo  sobre un gran charco de sangre. Me avergüenza mi propio pánico, pero ya solo me falta dar el paso final…, subir a la terraza y dejarme caer. Al fin y al cabo, lo que ha sucedido es de lo más vulgar, continuamente se ve en televisión. Y yo me tengo que hacer respetar, soy un valiente. Soy un hombre.

Erotismo e Iglesia

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Autora: Pilar Sanjuán Nájera

Parecen términos antagónicos, pero si echamos un vistazo a la Historia de la Iglesia y rebuscamos lo que nos hurtó desde tiempos inmemoriales, nos daremos cuenta de que la mortificación y la castidad, tan presente en sus sermones y en sus mandatos, no estaban tan presentes en la vida de sus miembros. La Iglesia Católica se ha esforzado por imponer a sus seguidores un ascetismo y una austeridad tan rigurosos y estrictos, que su cumplimiento tenía mucho de heroico. Reprimir, por ejemplo, los impulsos sexuales toda una vida, era ir contra natura y originó seres enfermizos, histéricos, puritanos y fanáticos, desprovistos de toda sensibilidad y con verdaderos trastornos psíquicos.

Los ejemplos de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, verdaderos místicos y ascetas, no proliferaron en las filas de la Curia. Ellos, cuyas vidas fueron tan ejemplares, constituían un peligro para la propia Iglesia porque ponían de manifiesto la hipocresía que reinaba en ella, ya que parte de sus miembros, bajo cuerda, vulneraban sus propios mandatos haciendo una vida licenciosa. Ambos Santos se las tuvieron que ver con la Inquisición, que los acusaba de desviaciones peligrosas en su religiosidad. En el siglo XVI eran conocidos por todos, los galanteos, amoríos y requiebros de caballeros de la buena sociedad con monjas, dentro de los conventos. Cuando Santa Teresa profesó, luchó contra estas prácticas escandalosas; la relajación en las costumbres de conventos y monasterios era más que notoria.

Esta Iglesia implacable con las debilidades humanas, no tenía buena opinión de las mujeres; a éstas – las grandes perdedoras en todas las lides – se las llegó a considerar seres demoníacos (la Iglesia siempre ha sido misógina). El horror y la aversión hacia lo femenino, por pecaminoso, causó estragos entre los “virtuosos” varones. De ahí, por ejemplo, la quema masiva de brujas, que la “Santa Inquisición” llevó a cabo con rigor ejemplar y seguramente, con complacencia..

Este odio contra las mujeres, causantes según la Iglesia del erotismo y la sexualidad (pecados nefandos), propiciado por Santos y Doctores de la Iglesia, como San Agustín y Santo Tomás de Aquino – luego nos ocuparemos de ellos – creó seres como San Simeón el Estilita, que pasó gran parte de su vida subido en una columna, rezando y predicando. A su madre no la miraba siquiera y apedreaba a las mujeres que iban a escucharlo. Se alimentaba de las hierbas que pacía en el suelo como los animales. Suponemos que al bajar de la columna a pacer, aprovecharía para hacer sus necesidades y para proveerse de pedruscos con los que apedrear a aquellos seres abominables llamados mujeres.

¿Qué méritos encontró la Iglesia para hacerlo Santo? ¿Pacer? ¿Apedrear mujeres? ¿Odiar a su madre? No se nos alcanzan, pero Doctores tiene la Iglesia…

Hablemos un momento de los considerados por la Iglesia Doctores, San Agustín y Santo Tomás de Aquino; para muchos católicos, dos grandes filósofos. Santo Tomás, elevado a Patrón de las Universidades católicas, además. Pues bien, estas dos lumbreras, sorprendentemente, consideraban a la mujer como un ser inferior, que no había sido hecha a imagen y semejanza de Dios como el hombre. San Agustín, gran parte de su vida, fue incapaz de dominar sus apetitos sexuales (se ve que para saciarlos no le importaba la inferioridad de la mujer). En su drástico cambio al ascetismo, después de una vida de goces eróticos y concupiscentes, ¿no pesaría que comenzaba a estar viejo y por lo visto lleno de dolencias y achaques? En esta segunda fase de su vida, condenaba el deseo sexual; el amor – decía – si no era a Dios era cosa del diablo. Santo Tomás, por su parte, consideraba el coito como algo vil y repugnante.

En la Edad Media los curas goliardos compaginaban los goces de la buena vida con el estudio y la poesía. Sabían vivir sin trabas de ninguna clase.

En esta misma época el horrible frío invernal en celdas y claustros de conventos y monasterios, enfriarían el ardor erótico de frailes y monjas. Pero llegaba la primavera, ¿y cómo apagar el fuego y la pasión que ardía en los cuerpos y en las almas de aquellos enclaustrados, sedientos de amor, de ternura, de querencias? Así, en nuestros días, se han dado bastantes casos de que, al hacer obras y reformas en conventos, han aparecido pasadizos secretos y bajo el suelo de las criptas, numerosos esqueletos de niños.

¿Y qué decir de la buena vida sexual de Papas, Prelados, Cardenales, Obispos, etc, en todas las épocas? ¿Por qué los Papas tienen siempre a su alrededor, muy próximas, mujeres que les guisan, les limpian y se ocupan de las atenciones personales? ¿No podían desempeñar esos menesteres miembros del género masculino? Pues no, son siempre mujeres, y las más cercanas, monjas. Las malas lenguas hablan de idilios y devaneos peligrosos entre ellas y los Pontífices. Se hizo famosa Sor Pascualina, la monja que con un celo extraordinario, atendía a Pío XII.

La Iglesia, que conoce muy bien las debilidades humanas como hemos dicho (vertidas inocentemente en los confesionarios), sabe lo que cuesta dominar los impulsos sexuales y carga las tintas en los pecados de la “carne”, como ella los llama, culpabilizando las conciencias de los reincidentes, que así están atados de por vida a su dominio, ya que ella les ofrece “amorosamente” la confesión. De este modo, ejerce un poder tiránico sobre los fieles.

El clero es igualmente débil en cuanto a esos pecados, pero hábilmente, hipócritamente, busca remedios placenteros (aunque ocultos, claro). Total, que la Santa Iglesia, con sus prohibiciones hacia todo lo que signifique placer, ha hecho que las personas no sean más felices, sino más desdichadas.

Actualmente nos vamos enterando de casos verdaderamente sangrantes sobre pederastia en sacerdotes dentro y fuera de España. Son una lacra, una lacra muy numerosa. La mayor parte de estos delitos se cometen en orfelinatos y colegios con niños encomendados al cuidado de esos monstruos. No tienen perdón; pobres niños indefensos en manos de esos “ángeles custodios”. El Papa Francisco, que está dando muestras de ser una persona íntegra, trata de erradicar esas prácticas delictivas y de limpiar la Iglesia, ¿hasta dónde lo dejarán llegar?

Otra cosa: ¿Puede haber erotismo en algunas manifestaciones religiosas como la Semana Santa? Pues sí, puede haberlo. Este año, 2017, en la procesión del Cristo de la Buena Muerte, en Málaga, desfilaron, como es costumbre, los legionarios. Lo hacen cantando sus canciones (“somos novios de la muerte”, dice una) y llevando el trono en algunos trechos sobre los brazos levantados en alto, caso único en Málaga. Esta práctica es muy teatral, muy espectacular. Despierta tanta admiración, que nadie se fija en la talla del Cristo, que es magnífica; todas las miradas son para los legionarios. Por lo visto, para conseguir aquella proeza de levantar el trono de esa manera, se someten en el cuartel a exhaustivos entrenamientos levantando un peso mucho mayor; así el trono les parece liviano.

Por T.V. se vio esa procesión; las cámaras estaban muy cerca y llamaban la atención los cuerpos de los legionarios: desprendían un halo de verdadero erotismo. ¿Por qué? Porque los uniformes, pegados al cuerpo, al moverse éste, ponían de relieve los músculos y los atributos masculinos como si no llevaran ropa interior, ¿la llevaban? Más parecía que no. ¿Eran ellos conscientes de lo que suscitaban? Sí; había en su actitud un verdadero orgullo de aquella masculinidad, de aquel derroche de testosterona. ¿Y la cofradía? ¿Era consciente de lo que pregonaban aquellos cuerpos? Seguro que también. Potenciar ese atractivo un poco perverso es un incentivo más para atraer gente a la Semana Santa. No había más que ver las miradas ávidas y casi babeantes de jovencitas y menos jovencitas.

Es de suponer que después del desfile, la Cofradía les obsequiaría con una buena ducha, una buena cena y algún contacto íntimo relajante, que de eso sabe mucho la Iglesia.

Segundo postre

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Autor: Antonio Cobos Ruz 

Se marchaba el sol por la manigua y los numerosos miembros de la familia se iban congregando en la explanada de tierra prensada existente a las puertas de la choza de Mambú, la más grande y limpia de la hacienda y también la más cercana a la mansión de los señores. Como cada anochecer, los primeros en sentarse a la puerta de la cabaña fueron los niños que se entretenían entonando sus canciones mientras esperaban la llegada de la sopa, una colación hecha con raíces olorosas, algunos escasos vegetales, especies de sabor fuerte y abundante agua. Al incorporarse los adultos, Mambú movió la cabeza y, tras su aviso, cada miembro de la familia recibió un pequeño recipiente con un poco de sopa caliente. Los trozos de verdura sólo llegaban a los hombres. Tras la cena, como si fuese un postre, Mambú contó a los niños una historia antigua de leones y caza, y al terminar su cuento, ya en plena noche, todos se fueron a dormir.

 No todos los esclavos obtenían el privilegio de congregar a los miembros de un mismo clan familiar bajo un único y exclusivo techo; sólo Mambú y otros dos o tres sirvientes lo disfrutaban. Esa prebenda sólo la pudieron alcanzar tras demostrar hasta la saciedad su mansedumbre y su sometimiento al amo. Todos los demás, es decir, la inmensa mayoría de los esclavos negros de la hacienda, permanecían encerrados durante la noche en barracones atestados de seres sudados y malolientes, que se distribuían en el espacio interior y oscuro según su pertenencia a los distintos grupos familiares o se les asignaba un hueco entre familias. Sólo en ciertas ocasiones festivas los amos los dejaban reunirse a su albedrío sin encerrarlos en sus barracas respectivas para obsequiarles con una noche de asueto: una vana sensación de libertad camuflada tras la oscura finalidad económica de que procreasen. La choza de Mambú, en cambio, siempre estaba abierta.

 Mambú, siendo un muchacho, había llegado a Cuba hacía ya muchos años procedente de la Costa de Calabar. Llegó hacinado en un barco portugués y fue adquirido en el mercado oficial de La Habana tras un corto regateo. Desde el principio se había esforzado al máximo, trabajando hasta la extenuación de sol a sol, satisfaciendo a señores y mayorales hasta en sus últimos deseos. El anciano negro tenía ya mucha edad para seguir laborando al mismo ritmo que los jóvenes, pero continuaba esforzándose en la medida de sus posibilidades y era respetado por ello y por su historia anterior. Con su abultada descendencia había facilitado un buen número de nuevos brazos a sus amos. No sólo había facilitado hombres corpulentos y fuertes a los campos sino que la mayoría de las mujeres que trajinaban en la mansión de los señores procedían también de la familia de Mambú; tal era el caso de Rosita, la joven negra que cuidaba a la hija pequeña de sus dueños. Esta servidumbre femenina disfrutaba de algunos privilegios exclusivos, como tomarse las sobras de los amos o utilizar su ropa desahuciada. Pero también sufrían sus pesares… Mambú nunca había planteado o insinuado siquiera queja alguna a sus señores durante su larga y sacrificada vida en la finca, y a veces, propietarios o capataces recurrían a él para solucionar conflictos con otros negros díscolos y rebeldes para no tener así que recurrir a ciertas medidas disuasorias, como el cepo, que aunque solucionaban el problema creaban una situación temporalmente tensa en la hacienda.

Mambú fue bautizado y lo llamaron Miguel pero los esclavos lo nombraban usando su antiguo nombre o su diminutivo: Bú. Él y su mujer, a la que todo el mundo llamaba Ma y que fue cristianizada con el nombre de María, le dieron veintidós hijos a los amos y, de ellos, sobrevivían más de la mitad.

Hasta los cinco años los niñitos negros permanecían pegados a sus madres y teóricamente no trabajaban. A partir de esa edad, se asociaban a la labor de los hombres y comenzaban a ayudar a los mayores. A los esclavos que pasaban a la situación de confianza, como Mambú, se les permitía fundar una cabaña propia en la que reunir a su familia, incluyendo a pequeños y mayores, de los que se tenían que responsabilizar.

 Aquella noche, en la mansión de los amos se oyeron gritos. La más tierna heredera de toda aquella riqueza, enojada porque no conseguía aprender una pieza de piano, no quiso tomar alimento alguno para la cena y displicentemente coceaba y voceaba a todo el mundo incluyendo a sus padres. Sus chillidos inundaban la explanada. Poco después, el amo, alterado y medio borracho, fue a desfogar su ira a la cabaña de Mambú. Abrió la puerta y gritó un nombre: ¡Rosita! Y esa noche los murmullos en la choza tras la salida de la atemorizada joven negra pudieron considerarse como un segundo postre.