Amor de madre

 

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Autora: Inmaculada L. Melguizo

Soy Ana, madre soltera estresada de una niña hiperactiva de cinco, Violeta.

Podría decirse que trabajo para un ser diminuto que con seis kilos y setenta centímetros monopoliza mi vida. Todo gira en torno a crear las condiciones perfectas para su desarrollo físico y emocional. Eso sin contar con el asesoramiento a tareas y asegurar su asistencia a innumerables actividades extraescolares.

Mi expareja, un director alemán de orquesta y profesional en sacarme de quicio, reside en Madrid. Pero en la distancia organiza la agenda de nuestra mini Merkel. Se empeñó en matricularla en una escuela de música y por supuesto sugirió  la percusión ¡cómo no! y que  la niña fuera políglota. Gracias a su brillante idea tengo convalidado cuarto de tortura auditiva y reacciones de mala madre acumuladas como para unas siete vidas. Reconozco con desdicha que no ha heredado el oído paterno sin embargo sí su habilidad para perturbarme en al menos ya dos idiomas.

Como cada día de mi existencia, Violeta es prioridad. Así que ese día contaba con diez minutos de parada técnica en boxes para prepararme antes de acudir a mi visita anual al ginecólogo. Me aseé como pude en el bidé y me fui directa a la consulta. Una vez allí, me acerqué tímidamente a ese sillón ginecológico de reminiscencias inquisitoriales.

—Ponga aquí sus piernas —dijo la enfermera señalando una especie de grilletes de metal tan fríos como incómodos— Y  desplácese hacia abajo, al filo.

Nada más levantar mi  bata la reacción del doctor no se dejó esperar.

—¡Dios bendito! Es la primera vez que vez que veo a alguien tan cuidadosamente preparada-comentó con tono jocoso.

Dada la edad del doctor y que me había hecho una depilación integral  no le di mayor importancia. No obstante, con cierta incomodidad pregunté si todo estaba bien.

—Nada, nada, tranquila. Relájese  que la veo muy nerviosa y para la citología su cuello uterino parece habérsele ido a la garganta.

—Normal, doctor. Tengo una hija de cuatro años hiperactiva, soy madre soltera y he tenido que hacer malabarismos para poder venir aquí. ¿Cómo quiere que esté? —dije conteniendo las lágrimas.

 —Tranquila, todo está bien. Solo que en cuarenta años de profesión nunca me he encontrado algo así. Descuide, todo está bien.

La exploración acabó sin más incidentes. No obstante,  al llegar a casa y sentada en el inodoro cogí un espejo y lo dirigí a mis partes íntimas tratando de escudriñar alguna razón para su comentario. No me pregunten cómo, pero mis genitales estaban decorados con  purpurina y estrellitas. Avergonzada traté de reconstruir la escena. Busqué a la culpable  y allí en el  toallero mirándome con cierta sorna estaba la toalla. Violeta la habría utilizado  para limpiarse sus manos después de las tareas escolares de Navidad y yo no me había percatado de nada.

Así que ahora  para la Seguridad Social soy Ana, madre soltera estresada, sin tiempo para respirar pero que adorna con estrellitas sus genitales antes de ir al ginecólogo, así  como si nada… por el simple gusto de sorprender.

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