Una copa en Phillies

hoper

Nighthawks de Edward Hopper

 

Autor: Antonio Cobos Ruz

A lo largo del día, una continua cadena de personas hormigueaba desde un extremo a otro de una distinguida calle, comercial y bulliciosa. Los vehículos, a velocidad reducida, avanzaban en ambas direcciones haciendo resonar sus cláxones ruidosos cuando parecía ineludible el atropello de un peatón, ajeno a su imprudencia. En esas horas, en Phillies, dos filas de clientes apurados se disputaban, circundando la barra, un imprescindible café con impaciencia, para seguir afrontando la ajetreada vida de la Gran Manzana.

A última hora de la tarde, la registradora de la tienda de enfrente recogía las ganancias del día, clausuraba su caja y cerraba con llave la puerta de un establecimiento solitario y oscurecido. En pocos minutos, el panorama callejero quedaba completamente despejado y la luz desbordante de la cafetería comenzaba a adquirir un protagonismo exterior, inexistente durante la anterior parte del día. La amplitud de sus cristaleras y la intensidad de su desbordante luminosidad inundaban unos espacios vacíos, envueltos en penumbra, en ese barrio financiero de New York, en el que no  permanecían abiertos muchos establecimientos a esa hora.

A pesar de su profusa iluminación, la clientela nocturna de Phillies solía ser exuberantemente escasa, y casi, se reducía, a algún exiguo personal de paso. Y en aquellas horas profundas de la parte oscura del día, era raro que recalaran allí, noctámbulos, insomnes, o halcones de la noche. En esa fecha, en concreto, recuerdo que mientras tomaba un whisky rebajado, ensimismado en mis problemas y de espaldas a la calle, entró una pareja que se situó en silencio frente a mí, y que tras la breve petición de dos cafés por parte de aquel hombre de nariz afilada, continuó callada indefectiblemente.

Durante horas, nadie más entró en Phillies y no existió palabra cruzada alguna entre aquellas dos personas taciturnas. Él, jugueteaba con un cigarrillo entre su dedos y ella, movía algún papel verdoso entre los suyos, algo que bien podría ser un billete de papel moneda, o el ajado tique de un espectáculo concluso. Dialogando con mi whisky y mis problemas, concluí que aunque mi soledad era ciertamente dolorosa, era mucho peor una incomunicación acompañada, y por primera vez, comprendí, el acierto de mi esposa, al decidir marcharse de casa, para que cada uno de nosotros viviéramos por nuestro lado, con nuestra soledad a solas.

Dejé de beber, duermo mejor y he conocido a un grupo de personas a las que me encanta hablarle y a las que me extasía escuchar. Me va mejor en el trabajo, y a ratos, me parece que casi entiendo, lo que significa ser feliz. Gracias a aquella silente pareja, que entró en escena con la intención de quedarse, salí del cuadro de Hopper y abandoné para siempre su Nighthawks.

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