Monseñor

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Dibujo de Pilar Sanjuán Nájera

 

Autora: Pilar Sanjuán Nájera

El retrato de su tío-abuelo, el Papa Inocencio X, presidía el salón sobre la chimenea. No era el auténtico, el que le hizo el gran pintor español Diego Velázquez, pero era una copia muy exacta, que había logrado expresar todo lo que Velázquez descubrió en aquel rostro: recelo, sagacidad, desconfianza, inteligencia; la mirada era por demás astuta, inquisitiva, casi siniestra. Monseñor Mancini sabía -porque se lo había contado su tío- que cuando Velázquez acabó el retrato y se lo mostró, él se quedó muy sorprendido y le dijo: “¡Demasiado verdadero!” Estuvo a punto de rechazarlo; sin duda, ver su alma al desnudo no le satisfizo demasiado, pero al fin lo aceptó y regaló al pintor una cadena de oro.

El puesto de Monseñor Mancini en el Vaticano, como Camarlengo, o sea, Administrador de los bienes Pontificios, se lo debía también al Papa Inocencio X, que sentía adoración por su sobrino-nieto, tan inteligente, tan distinguido, tan desenvuelto. Ante la envidia de muchos, que se creían con más derechos, fue aupando a su sobrino, que ascendió rápidamente de simple sacerdote a la dignidad de Camarlengo con sólo treinta y cinco años. Cuando el Papa Inocencio X era Cardenal, ya lo llamó a su lado y lo tuvo con él, además, los once años que duró su papado. Su avispado sobrino aprendió a la perfección las intrigas necesarias para vivir en aquel mundo lleno de recovecos, envidias, zancadillas e hipocresía. Se doctoró en todo ello.

Las aguas del Vaticano en aquella época, bajaban turbulentas y hasta embravecidas, sobre todo por los problemas que daba en Francia el Cardenal Mazarino, en oposición frontal al Papa. Pero Inocencio X con su sagacidad salía triunfador de todo cuanto se le pusiera por delante.

Mirando el retrato de su tío-abuelo, Monseñor se dio cuenta de que tenía mucho en común con él ¿Obedecía esto a que llevaba la misma sangre o por el contacto de tantos años?

Monseñor reflexionó sobre ese tiempo y recordó lo arropado que se sentía, los privilegios de que gozó. La moral vaticana se vivía de forma muy relajada, sobre todo en lo tocante a ciertos Mandamientos, que para la Curia eran muy permisivos y para los Seglares muy estrictos.

Ahora, pasado el luto de rigor después de la muerte de su tío, sentía necesidades que antes estaban satisfechas. Se encontraba muy solo y recordó lo que la Biblia explicaba sobre Dios cuando creó a Adán; dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Por algo lo diría. Los votos de castidad por entonces, y más dentro del Vaticano, estaban tan diluidos que habían desaparecido casi por completo de aquellas mentes acomodaticias. Así pues, Monseñor pensó que ya era tiempo de darle alguna satisfacción al cuerpo. El espíritu no le pedía nada en forma tan acuciante.

Recordó que, al servicio de su tío-abuelo, hubo una joven llamada Teresina, del mismo pueblo italiano del Papa, cuya familia era muy humilde. Cuando recibieron el recado de Inocencio X sobre la necesidad de que enviaran al Vaticano a Teresina para entrar a su servicio y recibir estudios y educación, aquella familia se sintió honradísima y se apresuraron a enviar a la joven, que además de lista, era bellísima, cualidades ambas de las que no debía estar ajeno el Pontífice. Para Monseñor, la relación entre su tío y Teresina siempre tuvo sus lados oscuros. Lo que sí notó es que al poco tiempo de llegar la joven, los astutos ojillos del Papa, tenían un brillo especial.

Pues bien, Monseñor pensó que Teresina debía seguir educándose y cultivándose en el Vaticano, ahora a su lado, así que envió un emisario para que hablase con su familia y se trajera a la joven. Ésta, que comenzó su andadura como pupila de su tío con diecisiete años, y que había estado siete a su servicio, ahora tendría veinticuatro. Lo que no sabía Monseñor era que Teresina había estado enamorada secretamente de aquel sobrino del Papa al que veía de vez en cuando y del que admiraba su piel tersa, su distinción, su alta estatura y su elegancia moviendo como nadie los manteos y ropas talares al andar.

Los padres recibieron la buena nueva alborozados y Teresina vino a la Corte Papal llena de alegres perspectivas.

El día de su llegada, Monseñor la esperaba en un gran salón, sentado cómodamente en un sitial de terciopelo rojo; quería deslumbrar un poco a la joven. Al oír unos golpecitos suaves en la puerta, dijo:

Entró la joven, y de pronto, todo se iluminó; aquella jovencita de cabellos rubios y ojos azules inmensos, despedía luz. Avanzó hacia Monseñor y como la estancia era grande, tuvo tiempo de lucir unos andares desenvueltos, una figura esbeltísima, unas ropas bien elegidas que resaltaran esa figura y un escote generoso, sobre un justillo que apretaba su cintura y sus redondeces de forma por demás insinuante. Monseñor perdía por momentos la seguridad en sí mismo. Turbado, se puso de pie y ofreció a la joven su mano derecha, cuidadísima. Ella hizo una pequeña reverencia y al agacharse, mostró aún más a las claras su escote. Luego besó la mano que se le ofrecía. Al notar Monseñor el contacto de aquellos labios gordezuelos y tibios sobre su piel, un estremecimiento lo recorrió de arriba a abajo; enrojeció, notó que algo se removía bajo su sotana y azorado, se volvió de espaldas simulando coger un objeto de la mesa que había al lado. Con disimulo, se secó el sudor de su frente y cuando se repuso, se volvió hacia Teresina. Ésta, mientras Monseñor estuvo de espaldas, sonrió triunfalmente. Sabía el impacto que había causado en él. Al volverse éste y quedar frente a ella, cambió rápidamente aquella sonrisa por una expresión entre pícara e ingenua, que terminó de desconcertar a Monseñor. Ella esperó que hablase y él, un poco alterado todavía, dijo:

  • Teresina, he pensado que entres a mi servicio, ayudando a sor Clementina. Pero también deseo que cultives tu espíritu con estudios, lecturas, educación y todo lo que contribuya a hacer de ti una dama. Supongo que estarás de acuerdo.
  • Gracias, Monseñor. Me siento muy honrada y espero no defraudarle, ¿cuándo empiezo?
  • Mañana mismo. Ya he encargado al aposentador que te prepare habitaciones junto a las mías, para más comodidad.
  • Muy agradecida Monseñor. Con su permiso me retiro y hasta mañana.

Teresina miró su mano con intención de volver a besársela, pero él la retiró poniéndola a su espalda porque se sintió desfallecer si volvía a notar el roce de aquellos labios.

La joven caminó hacia la puerta, después de hacer otra reverencia, y con el porte de una diosa se fue alejando, moviendo su cintura graciosamente. En el ambiente quedó flotando, además de su perfume turbador, una como sutil presencia que a Monseñor le produjo desasosiego.

Cuando la puerta se cerró tras la joven, él tomó asiento y aturdido aún, pensó:

  • Mañana será otro día. Otro día… bien diferente.
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Un pensamiento en “Monseñor

  1. Mis felicitaciones a Pilar Sanjuán por el dibujo y el magnífico relato, tan bien argumentado, y el sentido del humor con el que nos sorprende tan gratamente.

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